Cover…

Hubo un tiempo en el que Bob Dylan no ejercía de idiota a tiempo completo. Por entonces se enamoró de una chica preciosa llamada Sara. Se casaron poco después de conocerse y convivieron durante doce años. Su traumático divorcio, tras una serie de desencuentros en los que se insinuaron múltiples infidelidades por parte de Sara, no impidió que Bob la recordase hace pocos años como “La mujer de mi vida”.

A ella, y a los días que compartieron cama en el mítico Chelsea Hotel (cuna de millones de historias), le dedicó unos versos incrustados en una canción:

I can still hear the sound of the Methodist bells

I had taken the cure and had just gotten through

staying up for days in the Chelsea Hotel

writing “Sad Eyed Lady Of The Lowlands” for you

De su unión nacieron cuatro hijos. El menor de ellos, Jakob, heredó (para su fortuna) la belleza de su madre y el talento de su padre.

The Wallflowers, el grupo fundado por Jakob, versionó (incluida en la banda sonora de “Zoolander”) el clásico de los Bee Gees titulado “I Started a Joke”. A mí me gustan las dos versiones. La de los Wallflores más casual. La de los Bee Gees más afectada.

Enorme canción…

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500…

Pasé la meridiana, pese a todos los pronósticos en contra. 500 posteos que puede que no sirvan de mucho, pero que me mantuvieron a flote el peor año de mi vida. Todo empezó en septiembre de 2008 y aún sigue, a pesar de un intento de autoinmolación, de las ausencias, de un invierno espantoso y frío y de algunas cosas que nunca debieron ocurrir. Aquí estoy,  gracias a los milagros y a la magia que rara vez se da.

500 delirios seguidos por un pequeño puñado de personas  que, no sé por qué, siempre estuvieron ahí. Apenas cinco personas a los que les importa que el viento sople a mi favor.  Para ellos va dedicada esta canción. Es de Phil Collins. A pesar de ello disfrútenla (en el vídeo sale Richard Widmark para compensar)…

Ergo…

Un claro en un jardín oscuro o un pequeño espacio de luz entre hojas negras. Allí estoy yo, dueña de mis cuatro años, señora de los pájaros celestes y de los pájaros rojos. Al más hermoso le digo:

-Te voy a regalar a no sé quién.

-¿Cómo sabes que le gustaré? -dice.

-Voy a regalarte -digo.

-Nunca tendrás a quien regalar un pájaro -dice el pájaro.

Niña en Jardín – Alejandra Pizarnik

Insaciable Warren…

Abogado: Y volviendo a la fiesta en casa de Katzenberg, ¿recuerda qué pasó a continuación?

Mickey Mouse: El pato Donald se emborrachó y le tiró los dejos a Nicole Kidman. Fue bochornoso, porque entonces Tom Cruise y ella aún estaban casados. Donald estuvo bastante hostil con Tom, recuerdo. En su opinión, ofrecían a Tom todos los papeles que quería él. Recuerdo que el señor Eisner se llevó a Donald al jardín para tranquilizarlo.

Abogado: ¿Recuerda qué sucedió después?

Mickey Mouse: En el jardín de la casa del señor Katzenberg, Donald conoció a Petunia. La encontró guapísima y muy interesante, y me consta que les apasionaban los mismos grupos musicales. Y Donald siempre ha tenido problemas para controlar la ira. Llevaba años tomando Prozac, convencido de que su carrera se había estancado y pronto terminaría en la carta de un restaurante cantonés. Pese a desaconsejárselo el señor Eisner, Donald empezó a verse con la novia de Porky a escondidas.

Abogado: Por lo que usted sabe, ¿cuánto tiempo duró la aventura?

Mickey Mouse: Alrededor de un año. Entonces, Petunia dijo a Donald que no podía seguir viéndolo porque se había enamorado perdidamente de Warren Beatty, y él de ella. No sé si recuerda que Warren la llevó al Festival de Cine de Cannes.

Pura Anarquía – Woody Allen


Arena…

Mi agradecimiento a Troyana, impulsora de este posteo…

Al margen de aquella afirmación cierta de Carlos Pumares sobre el western (el único género puramente cinéfilo), la arena sin fin y el celuloide suelen generar grandes ensoñaciones. Éstas son algunas que mi menguante memoria ha sabido rescatar…

SAHARA

La desconcertante cinta dirigida por Antonio R. Cabal, que nadie vio, guarda algunos momentos memorables. Y uno de ellos es su ectoplásmico final.

Basándose en una historia real, la de la epopeya de tres jóvenes en el desierto del Sahara, Cabal se entrega a la pasión que debieron sentir en su desesperada agonía. El irregular resultado no consigue nublar la bella escena final. Pura delicatessen sólo apta para degustar en momentos de crisis.

CENTAUROS DEL DESIERTO

Sin duda alguna uno de los mejores westerns jamás filmados y el más romántico en la sombra. La breve escena en la que Vera Miles acaricia el capote de John Wayne dice más sobre el amor que todas las babosas cintas románticas rodadas hasta la fecha. Como diría Carlos Pumares: “la pasión en el Valle de la Muerte (lugar en el que se rodó) sabe distinta”.

PARIS, TEXAS

De haberse rodado en la taiga, “Paris, Texas” seguiría siendo una obra maestra pero le faltaría sequedad. Travis no atravesó medio país en busca de la mujer que amaba con anorak.

Una de las más bellas y disléxicas historias de amor que ha dado el cine.

PARADISE

“Paradise” es mala con avaricia, pero nunca un desnudo fue tan intenso y hermoso como el que Phoebe Cates regala en esta prescindible cinta. Inútil rememoración de “El Lago Azul”, sustituyendo islas paradisíacas por un oasis en el desierto que se olvidaría sin dificultad de no ser por la imagen de la Cates desnuda bajo una cascada. Producto destinado a onanistas adolescentes y soñadores de imposibles.

MARRUECOS

Von Sternberg brinda a su musa, Marlene Dietrich, la posibilidad de exhibir todo su malditismo al seducir a un joven e inexperto soldado de la legión extranjera. El Sahara y la imagen de la bestia de piernas perfectas rectando sobre sus arenas harán el resto. Olvidada y pasada de tuerca muestra de amor loco de coordenadas cambiadas.

LAWRENCE DE ARABIA

Brillante y ambigua obra maestra ambientada en la Arabia de la Primera Guerra Mundial que tanto amó Thomas Edward Lawrence. El amor, sincero, se esconde tras las dunas y los látigos del enemigo.

Y Aqaba que está allí, aunque sean pocos los que la puedan ver…

EL PACIENTE INGLÉS

Nacionalidad: ¿Inglés?

El amor no tiene fronteras ni origen. Y el conde Almásy conoció el amor en el lugar y en las circunstancias menos favorables. Ella, Katherine Clifton, era una mujer casada dispuesta a renunciar a todo por él. Y él no supo salvarla cuando ella le necesitó. Las circunstancias siempre son más fuertes que la voluntad. Imprescindible delirio romántico.

EL TESORO DE SIERRA MADRE

El camino es la única respuesta para Huston. No se trata tanto del resultado final como de todo lo andado. Y al final, entre las traiciones y la avaricia, siempre queda la carcajada irónica. Huston odiaba las moralejas, pero involuntariamente alumbró la única que probablemente tenga sentido.

DUNE

Cuando se hizo oficial que la taquilla obtenida por “Dune” era notoriamente inferior a su presupuesto, David Lynch debió sentirse aterrorizado. Él, que va de contracultural, trató de dar forma a la gloriosa novela de Frank Herbert sin renunciar a su propia visión del asunto. El resultado, tras las profundas cicatrices provocadas por las pezuñas de su productor, Dino de Laurentis, fue tan decepcionante que la película puede ser calificada como uno de los mayores fiascos de la historia.

A mí me parece hermosa en su franca decadencia. Pese a Sting y todo…

LA BALADA DE CABLE HOGUE

Posiblemente la gran obra de Sam Peckinpah sea “La Balada de Cable Hogue” (con permiso de “Junior Bonner”). Canto del cisne de un género (el western) que moría, todo ello contado en primera persona. La modernidad (un automóbil) acabará con Hogue del mismo modo que su pasión por la prostituta Hildy se trasladará de una cama a un barreño de agua en mitad del desierto. Nada merece la pena si la dignidad no te acompaña. Y Hogue, puteado por los compinches que le abandonaron, por el progreso que no le guarda lugar alguno y por el amor de alquiler, parece ser feliz al hacer coindicir los relojes negros. Lo mejor del director navajo.

Y fin…

From Lucena with love…

El mes de junio del año pasado, después de pasear por las calles de Córdoba a un costado de Emilio y de su esposa, le entregué un libro de viajes suicidas mientras estabamos sentados el uno frente al otro en una mesa de madera de la Sociedad de Plateros. Dábamos cuenta de dos Mahous (cortesía la suya, pues la cerveza madrileña no deja de ser una intrusa en su tierra) para tratar de mitigar el asfixiante calor cordobés. En la Navidad pasada le regalé un libro de Steinbeck (apuesta más que segura) que devoró en pocos días hasta el punto de pasear por las calles de Cannery Row junto a Doc y saber expresar en su blog lo que allí vio. Pocos días después de recibirlo, el día de Nochebuena, me llamó y de algún modo su voz resonó en aquella casa ahora oscura y por primera vez vacía.

No diré que a cambio me regaló su tiempo en varias ocasiones. No, porque entre amigos no existe la política del trueque. Intercambiamos emociones que no presentes. Por ello, el voluminoso paquete que recibí el pasado sábado no puede ser agradecido de modo alguno.

Perdóname, nunca supe expresar la emoción. Y es mucha la que siento.

Cuídeseme, amigo.