Tardes de quince horas…

Una vaca de mentira mugía y por unas horas nada más importó. Y hasta las nubes perdieron su forma. Lo racional fue una calle empinada sin final con una bolsa sin lados. Fue el tener compañeros de mesa encarcelados desde hace cuarenta años en San Quintín. Lo racional fue imaginar que lo imposible es una certeza más allá del universo de un lapicero y un papel… Pero lo racional recuperó su lugar cuando amaneció, y todo lo anterior se rehubicó en el rincón oscuro que le pertenece.

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