El Segundo Aliento…

Es una fuerte tormenta la que cae sobre Cucumberland el lunes. Relámpagos por todas partes que presagian lluvia. Y allí estoy yo, dispuesto a tomar la salida. La lluvia ya es torrencial cuando doy las primeras zancadas. Los incautos que aún están al raso corren a esconderse tras las copas de los árboles. Y por un momento me siento como el Tim Robbins de “Cadena Perpetua”…

No levanto mis brazos al cielo, es demasiado pronto me quedan siete kilómetros por delante y debo ahorrar esfuerzos. Al cabo de tres kilómetros empiezo a sentirme mal. Me falta el aire, la cabeza embotada, las piernas pesadas como el plomo. Es una sensación familiar que se repite cada día… y entonces aparece lo que los maratonianos definen como el segundo aliento. Levanto los brazos (tímidamente) justo cuando la luz se va y siento como reaparece Bob Schul, el hombre de los tobillos de cristal, para reclamar su trono de agua.

Robert Schul creció en una granja de West Milton (Ohio). Pronto destacó como fondista, pese a la fragilidad de sus tobillos, lo que le facilitó su ingreso en la universidad. Sin embargo, su estancamiento debido a las lesiones, se mantuvo durante sus años universitarios. Desalentado, que no vencido, se alistó en la Fuerzas Aéreas al licenciarse. Allí siguió entrenando… y siguió sin mejorar sus marcas. En 1961, cuando se le consideraba una promesa truncada, conoció Mihaly Igloi, entrenador húngaro que le dedicó todo su tiempo y esfuerzo. A su lado, y pese a que las lesiones se fueron sucediendo sin parar, mejoró su rendimiento sin dejar de ser una mediocridad más en el cocierto del medio fondo mundial. Así, tras ganar pesadamente su billete en los trials de su país, se presentó en los Juegos Olímpicos de Tokio.

Nadie apostaba por él. Era el cero a la izquierda, el relleno, el secundario necesario para que la película se desarrolle. Con muchos apuros consiguió colocarse en la final de los 5.000 metros lisos. De hecho, en la ronda previa, logró la clasificación por tiempos. Vomitó al llegar a la meta. Su imagen demacrada no pasó desapercibida para el horrorizado público del estadio olímpico. Alcanzado lo que él creía su tope, sus rivales en la final se veían inaccesibles para él: el keniata Keino había marcado un crono sensiblemente inferior al suyo; el alemán Norpoth era una máquina engrasada para ganar medallas que nunca mostraba síntomas de debilidad; el neozelandés Baille era una promesa que presagiaba al gran Ron Clarke, y estaba el ruso Dutov y sobre todo el favorito, el francés Jazy, al todos consideraban heredero directo de Zatopek.

La lluvia arreciaba aquella tarde en Tokio. Jazy estaba inquieto, muy nervioso, como si tuviera prisa por coronarse. Los demás tenían miedo, todos menos Shul, él no tenía nada que perder. Comenzada la carrera las escaramuzas se sucedian sin que el francés pudiese plantarle cara a todas ellas. A falta de dos vueltas para el final, Shul se mantenía milagrosamente entre los primeros, pero Jazy parecía dominar la prueba con apuros. Su impaciencia le pudo. Harto de los sucesivos ataque sufridos, tiró con todas sus fuerzas cuando quedaban trecientos metros para la meta. Se vació demasiado pronto. Entonces apareció Schul. Recordó las tardes de verano, siendo niño, en las que corría bajo la lluvia y los relámpagos y su padre le gritaba: “Esquiva los relámpagos, Bob”… Los esquivó y ganó de un modo épico. Mientras todos sus rivales se retorcían de cansanció, él seguía corriendo, consciente de que se trataba de la carrera de su vida.

“Corría sin pensar. Entonces noté que no sentía mis piernas pero podía acelerar. Corrí y corrí… nunca he sido tan feliz”

Era feliz. La expresión de su rostro al cruzar la meta denota su gran felicidad, no tanto por ser campeón olímpico como por haber sentido el segundo aliento. El lunes, por tercera vez en mi vida (curiosamente siempre con lluvia), me ocurrió a mí. Y como él, pude esquivar los relámpagos un día más.

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