Cuestión de tetas…

Cuenta Boris Izaguirre en “El armario secreto de Hitchcock” una anécdota, acaecida durante el rodaje de “Recuerda”, en la que la conocida libido del director inglés se desató como nunca.

Según parece, Ingrid Bergman solía acudir a los rodajes sin sostén, al igual que hizo Tallulah Bankhead durante el rodaje de “Naúfragos” (para solaz del equipo técnico encargado de echarle cubos de agua por encima y sin pausa). El inevitable bamboleo ejercido por la gravedad sobre busto de la actriz sueca nubló la razón del director que, en un momento dado no pudo evitar avalanzarse sobre él. Osease, (y como diría Boris) que le tocó una teta… o las dos. Este incidente, que bien le podría haber costado la carrera de haberse producido hoy día, quedó en nada gracias al caracter bondadoso de la Bergman, quien le quitó importancia al asunto dando como buena la explicación de Hitch “lo siento, no pude contenerme…”. Prueba de ello es la amistad que mantuvieron hasta la muerte del genio inglés. Bergman fue, de hecho, una de las últimas personas en verle con vida al visitarle, cuando nadie le llamaba siquiera, en su casa angelina poco después de su ochenta cumpleaños. Donald Spoto, en su monumental biografía dedicada a Hitch, recogió aquel encuentro en boca de la actriz: “Tomó mis dos manos y las lágrimas rodaron por sus mejillas, y dijo: Ingrid, voy a morirme, a lo que yo le contesté: Por supuesto que sí, todos moriremos algún día, y por un momento la lógica de todo aquello pareció hacerle sentirse más en paz”

Más conocidas son las miradas que le dedicó la Loren al escote sin fin que lució Jayne Mansfield durante una entrega de premios, allá por los cincuenta…

Qué mala es la envidia…

Pues bien, resulta que hace pocos días se entregaron los Directors Guild of America Awards. Premios a los que acudió la turbadora Leelee Sobieski con todo su poderío por delante…

Pinchen abajo y disfruten de las vistas…

Leelee

La noche alcanzó su momento álgido cuando a la Sobieski le tocó el turno de entregar uno de los premios…

Al parecer, el murmullo en la sala (cosa del público masculino supongo, somos así qué le vamos a hacer) fue tal que la siguiente presentadora, la maravillosa Maria Bello, no pudo evitar hacer un chiste al respecto…

… llevandose las manos a los pechos, dijo algo así: “Lo siento señores, esto es lo que hay…”

Hay quien tiene clase, hay quien no… a la Bello le sobra. Las carcajadas que su comentario generó en la sala lo confirman.

Con esa asombrada expresión, el rapero, y actor ocasional, Puff Daddy también fue “cazado” mientras echaba una mirada al balcón de Jessica Biel. Apropiado instante para hacerlo, ya que se produjo en los momentos previos a la entrega de los Globos de Oro.

Por mi parte, sigo pensando que lo mejor de la Biel se ubica en su tramo posterior, sin olvidar su kilométrica lengua, of course.

Pero fue el caso del incontinente Stanley Tucci el que más revuelo levantó en Tinseltown en el último año. Anne Hathaway, compañera de reparto en “El Diablo Viste de Prada”, se quejó amargamente del acoso al que se sintió sometida por el actor, quien, al parecer, no quitó el ojo de sus pechos durante el rodaje de la película.

“Los miraba lascivamente a cada momento. Me dijo que estaba fascinado por mis senos. Un día, durante una escena, terminó por darme un codazo en el pecho. Entonces me giré y le dije ’Stanley, ¿podrías mantenerte alejado de mis tetas?’, a lo que él respondió ‘Qué quieres que haga, con esos melones revoloteando a mi alrededor todo el día. Es como si fuera temporada de cosecha’. Se comportó como un viejo verde.”

Finalmente, el director de la película, David Frankel, consiguió restablecer la paz y el rodaje pudo terminarse sin mayores incidentes.

Aunque… ¿Creen que Stanley aprendió la lección?

Echen una mirada a una foto de la premiere de la película y compruébenlo ustedes mismos…

Nada, que no hay remedio.

Pues eso. Otro día otra tontería.

Publicado originalmente el 13 de febrero de 2007.

Consejos para el camino…

A finales de marzo (¿o fue a principios de abril?) de 2002, recibí una llamada de teléfono minutos después de que terminase el primer capítulo de “A Dos Metros Bajo Tierra”. No recuerdo qué dije, pero sí la respuesta que recibí: “Te siento raro”.

Los seis minutos finales de la serie son de obligada visión cada cierto tiempo. Se trata de celebrar la vida, así de sencillo. Y se trata de sentirlo en las tripas, aunque a veces duela. Puede que por esa razón nos vemos obligados a complicarlo todo para sentir que somos dueños de nuestro destino. Y lo somos. Tal vez por esa razón casi siempre elijamos los caminos más escarpados y menos iluminados.

He sustituido la canción que suena de fondo por el “Glosoli” de Sigur Rós. Al fin y al cabo se trata de celebrar y la canción de los islandeses fue escrita para ilustrar el final de una de las más puras joyas que han adornado mis intestinos.

El Festín que nunca se dio Louis…

Transcurría tranquila la ceremonia de los Oscar de 1988 cuando llegó el turno de entregar el premio a la mejor película extranjera. La clara favorita era “Adiós Muchachos”, bello canto del cisne del veterano director francés Louis Malle. Tenía todas las papeletas para conseguir el premio: era un director prestigioso, la película a concurso era emotiva (además de tener judíos y Holocausto de por medio), había rodado en los States durante casi diez años e incluso estaba casado con una estrella local (Candice Bergen). Todo estaba dispuesto para la coronación de Malle. Sin embargo, el nombre que sonó en el Shrine Auditorium aquella noche no fue el de su película sino el de “El Festín de Babette”, modesta película danesa dirigida por Gabriel Axel. Entonces Malle, encabritado, tomó de la mano a su esposa (lástima de vestido que apenas pudo lucir la Bergen) y se marchó de la ceremonia soltando improperios a todo el que cruzaba su camino…

En la península de Jutlandia, dos hermanas ancianas, hijas de un pastor extremadamente rígido, se afanan por mantener viva su memoria y su legado en la pequeña comunidad en la que viven. Una noche de lluvia de junio de 1871, una extraña mujer aporrea su puerta. Se trata de Babette Hersant, parisina que huye del terror revolucionario en busca un lugar que le dé asilo. Tras explicarles, con sumos problemas, su odisea y la muerte a manos de la turba de su marido e hijo, suplica a las hermanas le presten asilo a cambio de su trabajo. Posee referencias difusas y una carta en la que se puede leer: “Babette sabe cocinar”.

Pasan los años y Babette continua reservando una pequeña cantidad de dinero que envía misteriosamente a su país cada primero de mes. El año en que se celebra el centenario de la muerte del pastor padre de las hermanas, la pequeña comunidad pretende celebrarlo de modo austero, siguiendo las enseñanzas y el carácter de su guía espiritual. Poco antes, a través de la carta de un amigo, Babette se entera de que la cantidad de dinero que envía cada mes se ha convertido en 10.000 francos. Al parecer, la exiliada mantenía su abono de lotería y ahora se ha convertido en una mujer rica. Las hermanas, convencidas de que van a perderla, esperan un último gesto antes de su marcha, y éste llega en forma de convocatoria para la que será la mejor cena que aquel recóndito lugar había conocido.  Durante las semanas posteriores al anuncio se sucenden la entrega de los pedidos solicitados por Babette: carretillas repletas de botellas que contienen los mejores vinos de Francia, España e Italia; patés de aromas embriagadores; especias desconocidas; lechugas de la Lombardía; caracoles normandos  e incluso una tortuga viva de las Galápagos. La comunidad, anonadada, se resigna a cenar esos extraños alimentos con gran expectación. Entre los comensales, se encuentra un general retirado, recién llegado de París, que en su tiempo cortejó sin éxito a una de las hermanas y que más tarde mantendría su soltería desengañado. Él será el que más disfrute de la cena servida por Babette: sopa de tortuga acompañada de vino amontillado; Blinis Demidoff regados con champagne cosechado en 1860 en Rennes; codornices en sarcófago; ensaladas exóticas y para terminar, fruta fresca: uvas, melocotones, higos… Extasiados por el festín, los invitados no aciertan a encontrar las palabras que puedan agradecer el esfuerzo de Babette, que hace tiempo desapareció de escena sin que nadie se diese cuenta. Pálida y fuera de sí, las hermanas la encuentran en la cocina a tiempo de que ella les confiese su secreto: En otro tiempo fui cocinera del café Anglais. El mejor restaurante de París. Puede que el mejor restaurante del mundo. Las hermanas le prestan auxilio y le suplican que continúe con ellas, a lo que Babette responde afirmativamente.

¿Y qué ocurre con los 10.000 francos que ganaste?

¿Qué quieren ustedes que les diga? Una cena para doce en el café Anglais cuesta 10.000 francos.

Basado en un delicioso cuento de Karen Dinesen, esta maravilla sacó de sus casillas a Louis Malle hace veinte años. Y dice la leyenda apócrifa, que el día que murió seguía maldiciendo los fogones de su, irónicamente, compatriota Babette.

Palabros a patentar…

Blogorrea.

(Del latín reus y el anglicismo blogo)

1. Dícese de la incontenible costumbre del usuario de blogs por colgar posteos de un modo continuo, interesen o no a alguien.

2. Prisionero de la red (Internet)

Cocacolicidio.

(Del latín homicidium)

1. Muerte voluntaria (no siempre conseguida) provocada por la entrega masiva a refrescos carbonatados tras una fuerte decepción.

2. Vicio incontrolable por determinada bebida gaseosa.