Debes aprender a ganar, pequeña…

Fui un niño enfermizo que un día, ya adolescente, se dio cuenta de que podía correr y ya no paró de hacerlo. Fui el único niño del mundo occidental que enfermó de tosferina en los ochenta. Durante los cuatro meses siguientes los médicos no supieron identificar la enfermedad porque “estaba erradicada” decían. Y ella lloraba y yo tosía durante horas cuando trataba de correr cada vez que salía a la calle a escondidas porque necesitaba hacerlo y saber que aún, contra todo pronóstico, estaba vivo.

No lo sabes, pero llevé un aparato corrector dental hasta que un día lo destrocé jugando al fútbol. Aquella noche decidí quedarme sentado en el banco de un parque por eludir la inevitable bronca que me dedicarían mis padres. A las once regresé a casa muerto de frío, y ella me abrazó muy fuerte y me dijo lo que nunca había escuchado, que yo era su pequeño milagro.

Tú eres mi pequeño milagro. Y aunque no soy un gran premio, como ves, recorro Madrid en busca de tiendas de mariposas para ti y gominolas en forma de estrella. Y te propongo fantasías en lugares lejanos que difícilmente se cumplirán. Y ríes, con tu risa entrecortada, y tu corazón enorme crece hasta salirse de su sitio.

Debes aprender a ganar, pequeña.

Cada día un poco más despacio,
pero sin embargo siempre vuelvo a comenzar…
después de una frase bonita al oido como cualquier aspirante desconocido me pongo a llorar.
Inesperada sensación la de estar sola con tanta gente alrededor…
lo de antes, lo de siempre,
lo de ahora, todo junto, me hace delirar.
A borrachera diaria se me olvida
que hay que regresar.

Cuando mueren las malditas golondrinas ya no vuelven nunca a la ciudad.
Los montones de momentos que pasé contigo a solas ya no volverán.
Cuando mueren las malditas golondrinas ya no vuelven nunca a la ciudad.
Los montones de momentos que pasé contigo a solas ya no volverán.

“Es que no entiendes que en la vida, princesita, también hay que aprender a ganar”; me dijo un caballero inglés perdido en Buenos Aires que ahora vive en Madrid

Yo le dije al invierno que en otoño algunas estrellas ya las vi pasar,
desnuda por la calle en primavera, ya no hay flores que plantar.

Cuando mueren las malditas golondrinas ya no vuelven nunca a la ciudad.
Los montones de momentos que pasé contigo a solas ya no volverán.

Como un potro desbocado, indigente, denostado y sin aire ya…alargando al máximo cada suspiro en las subidas de felicidad.

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