243 minutos…

Y esto es para ella…

Viernes 23 de agosto

Le quise dar una sorpresa. Me puse a esperarla a una cuadra de la oficina. A las siete y cinco la vi acercarse. Pero venía con Robledo. No sé qué le diría Robledo; lo cierto es que ella se reía sin trabas, realmente divertida. ¿Desde cuándo Robledo es tan gracioso? Me metí en un café, los dejé pasar y después empecé a caminar a unos treinta pasos detrás de ellos. Al llegar a Andes se despidieron. Ella dobló hacia San José. Iba al apartamento, claro. Yo entré en un cafecito bastante mugriento, donde me sirvieron un cortado en un pocillo que aún tenía pintura de labios. No lo tomé, pero tampoco le reclamé al mozo. Estaba agitado, nervioso, intranquilo. Sobre todo, fastidiado conmigo mismo. Avellaneda riéndose con Robledo. ¿Qué había de malo en eso? Avellaneda en una simple relación humana, no meramente oficinesca, con un tipo que no era yo. Avellaneda lejos de mí, Avellaneda viviendo por su cuenta. Claro que no había nada malo en todo eso. Pero la horrible sensación proviene quizá de que ésta es la primera vez que entreveo conscientemente la posibilidad de que Avellaneda pueda existir, desenvolverse y reír, sin que mi amparo (no digamos mi amor) resulte imprescindible. Yo sabía que la conversación entre ella y Robledo había sido inocente. O quizás no. Porque Robledo no tiene por qué saber que ella no es libre. Qué idiota, qué cursi, qué convencional me siento al escribir: “Ella no es libre”. ¿Libre para qué? Acaso la esencia de mi inquietud sea haber comprobado esto, nada más: que ella puede sentirse muy cómoda con gente joven, especialmente con un hombre joven. Y otra cosa: esto que vi no es nada, pero en cambio no es mucho lo que entreví, y lo que entreví es el riesgo de perderlo todo. Robledo no interesa. En el fondo, es un frívolo que jamás llegaría a interesarle. Salvo que yo no la conozca en absoluto. Bueno, ¿la conoceré? Robledo no interesa. Pero ¿y los otros, todos los otros del mundo? Si un hombre joven la hace reír, ¿cuántos otros pueden enamorarla? Si ella me pierde un día (su única enemiga puede ser la muerte, la maliciosa muerte que nos tiene fichados), ella tendría su vida entera, tendría el tiempo en sus manos, tendría su corazón, que siempre será nuevo, generoso, esplendido. Pero si yo la pierdo un día (mi único enemigo es el Hombre, el Hombre que está en todas las esquinas del mundo, el Hombre que es joven y fuerte y que promete) perdería con ella la última oportunidad de vivir, el último respiro del tiempo, porque si bien mi corazón se siente ahora generoso, alegre, renovado, sin ella volvería a ser un corazón definitivamente envejecido.

[…] Creo que me temblaba la mano cuando hice girar la llave de la cerradura. ‘¿Cómo llegaste tan tarde?’, gritó desde la cocina. ‘Estaba esperandote para contarte la última locura de Robledo, ¡qué tipo! Hacía años que no me reía tanto’. Y apareció en el living con su delantal, su pollera verde, su buzo negro, sus ojos limpios, cálidos, sinceros. Ella no podrá saber nunca de que me estaba salvando con esas palabras. La atraje hacia mí y mientras la abrazaba, mientras aspiraba el olor tiernamente animal de sus hombros a través del otro olor universalmente de lana, sentí que el mundo empezaba de nuevo a girar, sentí que podía relegar otra vez a un futuro lejano, todavía innominado, esa amenaza concreta que se había llamado Avellaneda y los Otros. ‘Avellaneda y yo’, dije, despacito.

El siete de agosto de 2006, Amaya (ex-desconvencida), escribió sobre una novela de Mario Benedetti que no había leído, “La Tregua”. Mi comentario a su posteo fue torpe e idiota, pero recordé, en marzo de 2008, aquella novela que ella aseguraba especial. La rapté de una biblioteca “oculta” y la leí entre marzo y abril de 2008. Y no fue hasta diciembre de ese mismo año que pude agradecerle, de un modo material, el haber llenado mi vida de lágrimas dulces durante un periodo repleto amargura. Luego apareció ella y me contó y me dio y salvó una vida que no vale nada.

Los milagros ocurren dos veces en ocasiones, ahora lo sé. Y es para ella, chica pamplonesa, que me hablaste largamente de este fragmeto una noche junio, para quien va dedicado este posteo.

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4 pensamientos en “243 minutos…

  1. Aquí otra pamplonesa que conoció “La tregua” por las anteriores pamplonesas.
    Y también lloré.
    Y también me reconvencí de que siempre merece la pena arriesgarse a amar.
    Y a vivir!

    • Para mí leer “La Tregua” supuso un sofocón casi insoportable por las circunstancias del momento. Leerla me convenció de que solo el amor puede salvarte, porque en cierto modo amar es vivir. Lo demás es puro accesorio.

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