Lo singular y la felicidad…

El río cruza el corazón del pueblo. Mientras el chico se dirige hacia su trabajo en la tienda de pienso, observa el agua moverse lentamente en grandes placas verdes. Piensa en Mina. Sabe perfectamente cómo se llama. Pronuncia su nombre para sí mismo y sonríe. El sonido del nombre le hace reír; le empuja a un pequeño trote y chuta una lata de cerveza aplastada que rueda hacia la orilla rocosa. Le sorprende cómo el simple hecho de pensar en ella le altera la respiración. Empieza a correr hacia la Misión, más allá de la tienda de sillas de montar, pasando por delante del pitbull que siempre se le tira encima, y luego se echa para atrás ladrando cobardemente cuando él se para de golpe y se encara con él. Se ríe de su poder de control sobre los perros y sigue corriendo. Puede sentir la cintura de Mina, sus costillas bajo el vestido fino de algodón, la manera como su espalda empieza a sudar cuando él le acaricia los pechos. Siente el sabor de su cuello y el profundo temblor de su pecho cuando ella se le acerca y lo rodea con la pierna, muy arriba, susurrando en español en su oído.

El Gran Sueño del Paraíso – Sam Shepard

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