El Consuelo…

Una noche estabamos haciendo el idiota, pronunciando discursos de aceptación de un premio imaginario…

¿A quién se lo dedicarías?

A mis padres, a ti y a la niña que vamos a tener.

Su cara expresó cierta sorpresa y nada disimulada felicidad cuando dije aquello. Los días posteriores buscamos un nombre que conjugase con el de mi madre y el de una tía suya que ella adora. Después, dejamos de hacerlo. Esa niña no nacerá, aunque deseo que lo haga otra en su lugar. Ella será madre, su mayor anhelo, de una niña mágica como lo es ella. Estoy seguro de que ocurrirá y yo no estaré allí.

Un vez me preguntó por qué tenía que ser una niña. Le contesté que era lo que yo deseaba y lo que mi madre siempre quiso tener en sus brazos: una nieta.

Los chicos están bien pero las niñas tienen algo especial. Pero eso tú no lo entenderías.

Claro que lo entiendo. Me crié entre mujeres, con pocas referencias masculinas a mi alrededor, y me sentí afortunado por ello. Me gusta cómo se mueven, como hablan, como piensan, como huelen. Me gusta que su mundo esté dos grados lejos del mío. Me gusta que sean complicadas y contradictorias. Me gusta cómo escriben y las redondeces de sus letras. Y que adornen sus mesas con objetos que las convierten en universos con vida propia en los que un hombre jamás se fijaría. Me gusta que los colores cambien en función de sus días, y calzen zapatos rojos un lunes y que sean rosas los viernes.

Un día de finales de julio de 2005, me rompí el ligamento de mi tobillo derecho una vez más. Seguí corriendo hasta que la cojera y el crack que había oído minutos antes me indicaron que no se trataba de una simple torcedura. No fui al hospital aquella noche. No me dolía demasiado, de modo que preferí ver “Lost” con el pie sumergido en agua con sal. Por la mañana, la hinchazón se había multiplicado por dos. Ella llegó, me miró, meneó la cabeza y me secó el pie antes de vendarlo. Él me agarró por los hombros al bajar las escaleras. Los tres escuchamos al médico decir que el ligamento estaba muy castigado y no había más remedio que operar si yo lo quería. No quise. Como consecuencia, estuve escayolado dos meses y un traumatólogo mastuerzo me advirtió de que una nueva fractura podría dejarme cojo.

Todo eso es accesorio y no importa. Porque mi recuerdo me lleva al momento en que las muletas hicieron sangrar a mis codos. Me rendía, decía que no podía más, y él y ella me alentaban. Me volvía a rendir al cabo de unos metros y él me decía:

Si te caes yo estaré detrás de ti

Y llegué lo más lejos que pude sin volverme a quejar a pesar del dolor.

Ella (sobre todo ella) y él son el consuelo. Las únicas personas que me querrán incondicionalmente.

Tras dos noches sin dormir, le dediqué una a él por completo. Ellos siempre estarán. Por lo demás, el contador está a cero.

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