Notas para el viaje…

«Quería deciros que si elegí el oficio de maestro fue porque guardo un mal recuerdo de mi juventud y porque no me gusta la forma en que se trata a los niños. La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella, ojo, endureceros no ser insensibles. Por una especie de extraño equilibrio, aquellos que tuvieron una infancia difícil están generalmente mejor dotados para enfrentarse a la vida adulta que aquellos otros que disfrutaron de protección o de un exceso de cariño. Es una especie de ley de compensación. Más adelante tendréis hijos, y yo espero que vosotros los queráis y que ellos os quieran. En realidad, ellos os querrán si vosotros los queréis. Si no, traspasarán su amor o su afecto, su ternura, a otras personas o a otras cosas. Porque la vida está hecha de ese modo: no podemos vivir sin querer y ser queridos»

La Piel Dura (1976)

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Diablogo…

Alex: ¿No serás una de esas chicas enamoradas de sus padres?

Lucy: Quería conocerle.

Alex: Bien, ya le conoces. ¿Es cómo imaginabas?

Lucy: Le imaginaba más alto y con más pelo. Siempre pensé que sus manos serían suaves y no lo son.

Alex: Estás decepcionada…

Lucy: No, no lo estoy. Me sentiría decepcionada si fuese como le imaginaba.

Alex: Anoche volviste con un chico…

Lucy: Un tío inglés que conocí en una fiesta.

Alex: ¿Te acostaste con él?

Lucy: No.

Alex: ¿Por qué?

Lucy: Estabas escuchando al otro lado de la puerta.

Alex: ¡No es verdad!

Lucy: Te escuché murmurar: Mañana habrá luna llena.

Alex: ¿Por qué iba a hacer eso?

Lucy (besándole): Buenas noches, Alex.

Belleza Robada (1995)

Cartas, butacas vacías y astillas de madera…

Helen: La ópera ha sido interesante, George. Buenas noches.

George: ¿Sabías que cuando se estrenó Tosca los enemigos de Puccini intentaron sabotearla? Se levantó el telón y comenzó a entrar gente que llegaba tarde y tuvieron que volver a bajarlo. Sucedió una y otra vez porque Puccini insistió en que todo el público la viera desde el principio hasta el final. Lo que trato de decirte es… por muchas veces que vea subir y bajar el telón, jamás abandonaré mi asiento porque sé que cuando empiece será maravilloso.

Helen le mira sorprendida.

George: No lo estoy haciendo bien, ¿verdad?

George se da media vuelta y camina en busca de su coche. Se girá a los pocos metros. Helen permacene de espaldas.

George: Quiero que sepas que estoy deseando besarte, pero supongo que no es un buen momento. Esperaré a que se alce el telón.

Helen se gira. George no está.

The Love Letter (1999)


Todo en hora y media…

Esta tarde fue como si me hubiese rociado con aquel invento de Steve Urkel que bautizó como Eau de Caña, osease, a toda leche.

Recibí una llamada de mi hermana pequeña sobre las siete.

“Mi conexión a Internet lleva todo el día caída. Tú entiendes algo. Si tienes tiempo, ven a ver si la puedes arreglar”

Sobre las siete y cinco salgo de casa y llego allí cinco minutos después (afortunadamente vive cerca), arreglo la conexión, le enseño cómo puede hacerlo ella misma, juego con mi sobrino unos minutos aprovechando un parón publicitario de los dibujos animados, salgo de allí para comprar unas cervezas y algo para picar durante la final, me cambio y me pongo ropa deportiva, salgo de allí, echo a correr en un lugar temerario sembrado de coches y con un puente que me cuesta subir, bajar es fácil lo malo es frenar, corro cuatro kilómetros y reservo parte de mis fuerzas para muscular mis brazos, pero las pesas están en un lugar algo lejano y debo llegar y llego, cincuenta flexiones pecho, otras cincuenta de brazo, otras cincuenta de abdomen, una chica con mallas negras me dice: “tranquilo, te va a dar algo”, salgo escopetado de allí en busca de una ducha, diez minutos después el agua resbala sobre mi cara, me vuelvo a cambiar, cambio el agua de los canarios, consulto el correo, abro una cerveza, trato de ponerme cómodo, el Barça marca, aún resoplaba por entonces…

Al final veo a Pep Guardiola paseando por el cesped completamente solo. Y recuerdo que la última vez que jugó con el Barça, cuando todo había acabado y el estadio estaba vacío, pidió al club que le dejasen corretear por la hierba del Camp Nou unos minutos. Sólo su mujer y un empleado del club le observaron desde la grada aquella noche.

Fe…

En una escena de “Horizontes de Grandeza”, Gregory Peck (un tipo del este) es ridiculizado tras rehusar montar un caballo salvaje. Su novia (Carroll Baker) se avergüenza públicamente de su cobardía y se lo reprocha delante de un grupo de curtidos vaqueros. Al llegar la noche, cuando nadie mire, Peck se enfrentará al caballo con la luna como único testigo. Vi aquella película de niño y grabé aquella escena en mi memoria. De hecho, he tenido tiempo de poner en práctica su filosofía: Lo que no se ve es lo realmente importante.

Cuatro años antes de que William Wyler rodase aquella película, la selección alemana de fútbol se enfrentaba a los húngaros mágicos de Puskas en la final del mundial de Suiza. Hungría llevaba más de cuatro años sin perder un partido. Alemania había tenido serios problemas para reunir un equipo tras las matanza de la II Guerra Mundial en la que la mayoría de sus jóvenes talentos había muerto. Todo el mundo odiaba a los alemanes; además de provocar aquella demencia una década antes, su fútbol era rugoso y poco vistoso. Sin embargo, ver jugar a los húngaros era como asistir al ballet.

En la primera fase del campeonato, Hungría había goleado a los alemanes (8-3), de modo que las apuestas tenían un único ganador. Los alemanes tenían miedo, ningún premio en caso de ganar y escaso orgullo. Las cartas estaban echadas.

El día antes del partido, Adi Dassler (propietario de una por entonces modesta empresa de calzado llamada Adidas), se presentó en el hotel del equipo alemán con un invento que él consideraba revolucionario: Botas con puas de aluminio en los tacos. Tras diversas pruebas, había comprobado que la estabilidad del jugador aumentaba en un campo de hierba, más en caso de lluvia. Los técnicos alemanes accedieron a probarlas siempre y cuando lloviera el día siguiente. Y llovió.

A los diez minutos ya ganaban los húngaros por dos goles a cero. Los alemanes lograron empatar en apenas ocho minutos. El marcador no se movió hasta que a seis minutos del final un delantero húngaro estrelló un balón en el palo. El contraataque alemán terminó en gol de Rahn tras resbalarse el defensa húngaro que debía evitar su remate. La épica se escribe casi siempre con tinta invisible.

Jules Rimet entregó la copa al capitán alemán en medio de un ambiente fúnebre. Pancho Puskas fue el único jugador húngaro en felicitar a sus rivales. Más tarde recordó que se sentía perdido entre aquellas jubilosas camisetas blancas…

“No podía creer que aquello estuviese pasando”

De vuelta a casa, los jugadores alemanes sabían que no cobrarían prima alguna por el improbable título ganado. Su federación ya les había advertido que no tenían modo de pagarles ya que las arcas estaban vacías. Nada más cruzar su tren la frontera alemana, el bullicio de la estación les hizo asomarse por las ventanas. Miles de personas les vitoreaban. Muchos les entregaban cestas de huevos y embutidos. Les presentaban a sus hijas y les invitaban a visitarles cuando quisieran. Así ocurrió en cada pueblo que visitaron hasta llegar a su destino. Un jugador alemán dijo:

“Pudimos ver a Sepp Herberger (entrenador del equipo) bajar del vagón con un cerdo sujeto a una correa. Fue algo increíble. Algunos dicen que devolvimos el orgullo al pueblo alemán, pero se equivocan. Les devolvimos la fe”.



Unicornios…

Nada diferenció este jueves de otro cualquiera de no ser porque una niña de unos cuatro años me saludó mientras sonreía y escondía la cabeza tras su butaca cuando yo respondía. La obra que vi no fue finalmente “El Zoo de Cristal”. “Grease” la sustituyó hace dos semanas. Me enteré al recoger el programa de mi asiento, aunque la presencia masiva de adolescentes en el acceso debió ser suficiente prueba. Los adolescentes no pierden un tiempo que les sobra y les falta con una obra como la que escribió Tennessee Williams. Luego, el tipo que interpretaba a Danny Zuko casi se mata en mitad de una filigrana y el tipo que se sentaba detrás de mí gritó: ¡¡Macho, que eres un macho!!, al tratar de seguir en el escenario pese a la cojera. Al terminar la función, una chica fue obligada a subir a las tablas por sus compañeros para despedirse del público. Caminaba despacio,  sujetada por unas muletas, pero el tipo no gritó: ¡¡Hembra, que eres una hembra!! El valor de las cosas y los convencionalismos…

Me jodió tanto no poder repetir, que al día siguiente pisoteé tres bibliotecas en busca del libreto de “El Zoo de Cristal”. Al fin, encontré una copia editada en el año 1962 que contiene apuntes de Tennessee Williams sobre la que él consideraba su obra más querida. Un pedazo de sí mismo.

Tras el desastroso estreno de su primera obra: Battle of Angels, desalentado y humillado, Williams vagó por el país hasta encontrar empleo como guionista en la Metro. Trabajaba diez horas al día en un régimen cercano a la esclavitud, y por las noches escribía una obra autobiográfica que él temía no se estrenaría jamás: The Gentleman Caller.

La obra avanzaba despacio. Cada noche, el dramaturgo rompía lo escrito la noche anterior. Nunca se sentía satisfecho. En 1943, poco antes de comenzar a trabajar en California, su hermana Rose había sido sometida a una lobotomía prefrontal en St. Louis. Él pudo haberlo evitado, pero no lo hizo. Con la obra pretendía expiar el sentimiento de culpa que le carcomía. Por esa razón, nada era lo suficientemente bueno para describir lo que bullía en su interior.

El día siguiente del de Navidad de 1944, el telón estaba a punto de alzarse en el Civic Theatre de Chicago. Para entonces, la obra había cambiado su título por “El Zoo de Cristal”. Fue un éxito que catapultó la figura de Tennessee Williams hasta lo más alto del universo teatral. La catastrofe del éxito, como la definió el propio autor.

Como ocurre en la obra, Rose era enfermizamente tímida y frágil, acomplejada por la polio que convirtió una de sus piernas en más corta que la otra. La hija de una corajuda y castradora antigua reina de la belleza que la define despectivamente como: “soltera, coja y sin empleo”. Corta el aire el sonido de esas palabras cuando las escuchas.

Al igual que sucede en la obra, Tom (nombre real de Tennessee Williams) llevó un día a su casa a un compañero de trabajo llamado Jim al que definió como: “Un joven corriente y simpático. Un buen hombre. No tenía nada especial, sin embargo era la única salvación para mi hermana. Es fácil hacer feliz a quien nunca lo ha sido”.

Tennessee Williams dejó escritas una serie de instrucciones sobre el modo en que veía la obra. Insistió en la música (él mismo compuso el único tema musical que suena) y en la iluminación.

La luz sobre Laura debe ser distinta a las demás, con una claridad peculiar y prístina que la asemeje a la empleada en los retratos de santas y vírgenes de los Maestros Antiguos. Aquellos en los que las figuras aparecen radiantes en medio de una atmósfera relativamente crepuscular.

Rose cuidaba de un pequeño rebaño de animales de cristal entre los que destacaba un unicornio. Era su figura preferida. No permitía que nadie la tocase. Por eso, el día que vio a Rose poner su unicornio de cristal en las palmas de las manos de Jim, supo que estaba siendo testigo de un momento mágico.

Jim: No estoy seguro de entenderte. ¿En qué consiste esa colección?

Laura: Es una colección de figurillas de cristal… más que nada de adorno. La mayoría son animales, los animales más pequeños del mundo. Madre dice que es un zoo de cristal. Mira, toma una, si quieres verla. Es una de las más antiguas, tiene casi trece años.

Jim abre la mano en la que Laura deposita la figura de un unicornio. Se vuelca hacia un lado.

Laura: ¡Oh, ten cuidado! ¡Se rompe con sólo mirarla!

Jim: Será mejor que no la coja. Soy bastante torpe.

Laura: No te preocupes, confío en ti (Coloca la figurilla en la palma de la mano de Jim). Así, hay que cogerla con mucha suavidad, como estás haciendo. Míralo al trasluz, le encanta la luz. ¿Ves cómo brilla cuando la pones al trasluz?

Jim: ¡Sí que brilla!

Laura: Debería ser imparcial, pero es mi favorito.

Jim: ¿Y qué clase de cosa se supone que es esto?

Laura: ¿No te has dado cuenta de que tiene un cuerno en la frente?

Jim: Un unicornio, ¿eh?

Laura: ¡Eso es!

Jim: ¿No se han extinguido ya los unicornios en el mundo moderno?

Laura: Ya lo sé.

Jim: Pobre, debe sentirse muy solo.

Laura (sonriendo): Bueno, si es así, no se queja. Vive en un estante con algunos caballos que no tienen cuerno y parece que se llevan bastante bien.

Jim: ¿Cómo lo sabes?

Laura (feliz): Que yo sepa no han discutido nunca.

Jim (sonriendo): Conque no han discutido. Pues es muy buena señal. ¿Dónde lo pongo?

Laura: Ponlo en la mesa. Les gusta cambiar de paisaje de vez en cuando.

Jim: Bueno, bueno, bueno (deja la figurilla sobre la mesa. A continuación levanta los brazos y se estira) ¡Mira qué grande es mi sombra cuando me estiro!

Laura: ¡Oh, sí, sí, se extiende por todo el techo!

Jim: Me parece que ha dejado de llover.