Inconexo tic, tac…

Definitivamente, hoy fue un día rojo vestido de ocre. Llueve ahora. Llovió a las nueve y a las once, y volvió a hacerlo a las cuatro y a las siete. Y me propuse visitar a alguien que me avisó que no estaría en casa. Mi segunda opción (dice el manual que siempre se ha de tener una segunda opción, terrible concepto), también se encontraba ausente. Y ella no me llamó cuando estaba oscuro y deseé que lo hiciera. Fue un día rojo. A las once de la noche salí a dar una vuelta, lo necesitaba y volvió a llover. El dolor de cabeza (intenso desde hace dos días) impidió que sintiese las gotas de lluvia que caían sobre mí en aquella calle sin balcones. Fue el dolor de cabeza o las dos personas que permanentemente habitan en mi memoria. Pensé en ellas de vuelta a casa, en qué estarían haciendo. El timbre de sus voces, tan disonante, resuena en mi recuerdo. Una me dice que me quiere y otra bebe una coca-cola en un bar del centro. Es extraño el universo del pudo ser y no fue.

Por la tarde me dio tiempo de ver “El Apartamento” mientras el sol aún seguía turnándose con las nubes. Y me he dado cuenta de algo que no había querido ver hay hoy: Baxter es un imbécil. Un imbécil al que no le queda otro remedio que escurrir la pasta con una raqueta y levantar la cabeza (pero no demasiado) cada vez que alguien se la hunde en el cieno. La vida misma. Llevo casi dos horas leyendo viejos mails recibidos hace un año. Ahora lo sé,  siempre he sido Baxter. Terrible revelación. Sabido es que todo es susceptible de empeorar, que diría Murphy.

El reloj de la terraza, que un tipo alto regaló a padre hace muchos años, se paró pocos días después de su muerte. No creo en las casualidades. Todo tiene una razón. Debe tenerla. Y el tiempo que se le acabó a él, se me acaba a mí y nada ocurre. Al menos, no ocurre nada bueno.

Por la mañana, estuve atareado transcribiendo un relato de Angéline en una de mis  libretas. Un regalo…

“Después de hacer el amor con G siempre me apetecía cantar. Me refiero a una melodía susurrada, un tarareo sobre sus labios, un murmullo que me llevaba al sueño. Él se pegaba a mi espalda, me acariciaba la pierna, la cadera, subían sus dedos en un zigzag travieso apenas apoyando las yemas a saltos y terminaban tomando la medida de mi pecho. La perfecta, decía, el tamaño de su mano. Jugueteaba con mi pezón unos segundos y terminaba besándome el hombro entre ronroneos. Alguna vez me dormí a mitad de este ritual pero estoy segura de que fue sonriendo. G tenía una voz ronca que era puro éxtasis en mi oído.
A veces llegaba del trabajo muy cansado, jornadas interminables conduciendo hasta casa. Sus besos se enredaban en mis labios, yo le pedía que cerrara los ojos, que se abandonase a mis cuidados. Lavaba su cuerpo con veneración bajo la ducha, nuestro juego era una ceguera simulada y consentida, anticipación de besos hambrientos, intercambio imprescindible de un amor que se renovaba a cada paso. Se dejaba llevar mansamente a la cama, todavía recuerdo aquella sonrisa niña, sus labios finos. Me gustaba desesperarle en ese instante, hacerle desear unas caricias que solo le ofrecía a medias; “pídemelo”, le exigía entre jadeos en su oído,
pídemelo.. lamía su lóbulo produciéndole escalofríos. Y G volvía de su letargo, urgentes sus besos en mi boca, su hábil lengua entrelazada a la mía y dejaba por mi cuerpo el regalo de todo lo que quería para sí. Miel en sus pupilas, mares sólidos que se derretían, jamás nadie me hizo sentir tan plena, tan llena de vida. Su expresión final, esos segundos invictos de increíble dolor en el placer, asomaban una tímida ola de lágrimas a mis ojos, un sentimiento de gratitud difícil de explicar. Cuánto te quise, te soñé tantas veces..
Antes de dormir, me gustaba untar suavemente su cuerpo con aceite aromático, frotaba las palmas de sus manos con mis nudillos y después me enredaba en él, satisfecha. Entonces murmuraba alguna canción que me adormilaba y él la coreaba casi dormido. Abrazados en la oscuridad, como en un rumor de olas, yo le adelantaba una palabra que se rezagaba o él me corregía en un murmullo inconexo,
ojalá las paredes, no retengan tu ruido de camino cansado, ojalá, que el deseo se vaya tras de ti.. Nuestras voces se perdían con Silvio Rodriguez poco a poco en la niebla de los sueños. ¿Cuánto dura siempre? ¿Puede uno ajustar las cuentas al destino? El siempre te querré que figuraba en su anillo se destrozó a la misma velocidad que él en la explosión del atentado”

He pensado que quien caiga por aquí tiene derecho a leerlo. Es un texto precioso. A veces, no muchas, alguien visita esto y no sería raro que le echase un vistazo. Miré las estadisticas ayer. El viernes, este lugar recibió siete visitas. El viernes anterior, recibió tres. No sé cuántas fueron el miércoles, pero una de ellas es inquietante…

Mucho deben aburrirse en el partido de Mariano.

Y su sombra se agranda cada día y hoy las tiendas de mariposas no tenían ninguna de color azul.

Les dejo con Cat Power y me ausento por unos días. Sean felices.

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