Por entonces, pasaba mis días junto a su cama porque era donde quería estar. Un día 15, ella me envió varios folios con poemas nunca publicados, un libro de color de piedra y un pompero para un niño que aún lo conserva y sigue preguntando por ella.

Mi silueta, siempre vestida de negro, es bien conocida en aquel lugar. Hoy, desde allí, se veía la montaña cargada de nieve. Pero ella no estaba dibujando un ángel en el suelo.

Y una bola de nieve con un tren y un diminuto jefe de estación.

Y una canción que no voy a poner.

Y su cabeza en mi hombro.

Y su voz, tan dulce como su rostro.

Y su pelo rizado (que huele tan bien).

Y un billete de tren que acaricio cada día por sentirla a mi lado aunque esté tan lejos…

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