Duvivier y la rendención de lo fantástico…

Carlos Pumares contó en una ocasión el motivo por el que Luis Buñuel no hizo carrera en Hollywood. La Metro se interesó por él tras el intenso alboroto que provocaron “Un Perro Andaluz” y “La Edad de Oro”. Firmado el contrato, le proporcionaron billetes y una modesta casa en Beverly Hills para vivir.

Pasaban los meses y nadie le ofrecía proyectos. El ocioso Buñuel se aburría y deambulaba por los pantagruélicos estudios del gigante durante sus interminables días. En una ocasión, se adentró en el set de rodaje en el que Greta Garbo rodaba el que sería su próximo éxito. Se sentó, muy al fondo, por no moletar demasiado y observó. Al cabo de un rato, la diva sueca preguntó quién era aquel tipo con pinta de bruto que la observaba sentado junto a la puerta.

“Que lo echen”, dijo.

Y le echaron. Aquello fue demasiado para el fuerte caracter del genio aragonés. Al día siguiente hizo las maletas y regreso a Europa.

No fue el final de su aventura americana. Volvió e incluso dirigió una más que interesante e invisible película (“La Joven”) en la tierra del tío Sam. Pero sus pasos se encaminaron (afortunadamente) hacia el sur de la frontera. En México labró gran parte de su memorable obra.

El caso del francés Julien Duvivier se asemeja en parte al de Buñuel. Tras el rotundo éxito de “Carnet de Baile”, película segmentada en episodios, Hollywood posó su mirada sobre él. Primero adaptaron una de sus películas, y dada la buena aceptación que obtuvo, le reclamaron.

En 1938 dirigó “El Gran Vals”, biopic alterado de Johan Strauss que se estrelló en taquilla. Decepcionado, regresó a su país hasta que la Segunda Guerra Mundial y el martillo nazi le obligó a buscar refugio en Tinseltown de nuevo. Corría el año 1942.

De las cinco películas que dirigió hasta el fin de la guerra, destaca “Al Margen de la Vida”. El decepcionado Duvivier, aceptó dirigir varias películas segmentadas como le reclamaban los productores yankees. Tres episodios independientes conforman la película y es uno de ellos, el primero, el que ilusionó al director francés. En él se cuenta la historia de un tipo que llega a un tienda de disfraces un viernes de carnaval. Ofrece una máscara a su propietaria, mujer amargada y físicamente poco agraciada. Ella le trata con desdén y lejanía. Cuando se marche, presa de la curiosidad, se pondrá la máscara y saldrá, por primera vez en mucho tiempo, en busca de la noche. Amparada por el anonimato, conocerá a un tipo gentil con que vivirá una noche inolvidable. Al terminar, él le pedirá que retire la máscara que cubre su rostro y ella, resignada a perderle, lo hará.

La fábula de la Bella y la Bestia sin bella y sin bestia. Él la ve, más allá de artificios y ella le ve a él. Precioso cuento gótico. Y aunque el mejor episodio (para la gran mayoría) sea el segundo (basado en un relato de Oscar Wilde), Duvivier, el encasillado, el desencantado, se redimió.

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