Gabrielle en camisón, aquella noche…

Michel Ciment: Tanto en “Avanti” como en “La Vida Privada de Sherlock Holmes” hay más románticismo, más ternura, que en resto de su obra.

Billy Wilder: No diga eso. Me da miedo. No quiero que me conozcan bajo ese aspecto. No quiero que me tomen por un blandengue.

Las películas dirigidas por Billy Wilder suelen terminar de modo esperanzador que no optimista. Con frecuencia le acusarón de misógino y de cínico, y al menos la segunda parte de esos dardos era cierta, porque la primera se contesta sola con personajes escritos por él como Sabrina, Irma, Fran Kubelik, Norma Desmond…

La norma del happy end (siempre con matices) se rompió al menos una vez. En pocas ocasiones se ha visto reflejada en una pantalla la terrible desolación que transmite el final de “La Vida Privada de Sherlock Holmes”.

Wilder trató de enmendar a Conan Doyle mostrando al personaje de Holmes (Robert Stephens) como un ser inseguro que yerra con frecuencia. Le desmitifica. Por contra, dota al personaje de Watson (Colin Blakely) de una autonomía de la que carece en las novelas al cuestionar a Holmes, ofrecerle sus opiniones y señalarle caminos inexplorados.

Cuando a la indescriptible belleza del sentimentalismo (que no sensiblería) que transmite la solitaria pareja de detectives se une Gabrielle (Genevieve Page), la fotografía se apaga y la música se rompe. Es entonces cuando Wilder convierte su historia en un retrato de insoportable soledad.

La consigna consiste en derribar el mito y mostrar al hombre. Por ello, el tercio final de la cinta supone la mayor bofetada recibida por el personaje y el mayor empujón hacía su humanización. Holmes entrega a Gabrielle (la única mujer a la que ha querido) a su hermano Mycroft “porque es lo correcto” y es el precio que precisaba mantener el mito en pie, cuando lo correcto habría sido escapar junto a ella a cualquier lugar. Por otro lado, nunca creyó que ella le quisiera de un modo real. Se aferra a esa certeza. Así, su expresión de dolor cuando Gabrielle se despida de él en la lejanía, abriendo y cerrando su sombrilla, es desgarradora. Días más tarde, recibirá la noticia de su muerte, se dirigirá a Watson y le exigirá que le entregue “eso”. Y el mito se desmorona para siempre al cruzar la puerta de su habitación para sumergirme en el paraíso artificial en el que no encontrará a Gabrielle.

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4 pensamientos en “Gabrielle en camisón, aquella noche…

  1. La inteligencia es enemiga del amor, la mente inquisitiva recela de las certezas: Y el corazón solo es presa de una certeza, la necesidad de amar.
    Cuántas veces lucha la cabeza y el corazón, la pasión y la conciencia de que la obsesión es en parte neurosis, en parte soledad…
    Es natural ese final. Lo encuentro perfecto!

  2. Es una de las mejores películas de Wilder y es el mejor final que se ha rodado. Cada vez que lo veo (y van tres) acabo deshecho, inundado por una tristeza terrible.

    El corazón y la cabeza circulan en direcciones opuestas, Mycroft. Querer a alguien, como te dije alguna vez, supone un salto al vacío del que desconoces su fondo.

  3. No la he visto,le pondré remedio,pero el final por lo que cuentas me ha recordado al final de Casablanca.Desde luego,la inteligencia ha de estar en consonancia con las emociones,porque “hacer lo correcto” a veces solo nos lleva a la soledad y el aislamiento.Me parece que Sherlock ahí se equivocó,igual que Bogart,no se puede dejar escapar a la mujer que te quita el sueño,por mucho que sea lo “correcto”, es una sensatez con un precio demasiado alto.
    1 abrazo

  4. Debes verla, es una gran (muy grande) película. A mí la escena final me recuerda “El Halcón Maltés”, con Bogart entregando a Mary Astor. Es evidente que lo hace porque tiene miedo, así lo manifestó John Huston. Boogie se da cuenta de que se ha enamorado y huye de esa sensación entregando a la chica. Él ha construído su vida en torno a docenas de corazas destinadas a protegerle y de repente aparece ella. No deja de ser cómico el diálogo final, cuando él le dice a ella que la esperará pero no duda a la hora de entregarla a la policía. Huston odiaba aquel diálogo.

    Una abrazo, Troyana.

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