From Vetusta with Love…

Es jueves por la noche y estoy agotado. Ha sido un día largo. Suena el móvil. Nunca suena (con mucha suerte una vez a la semana) y tenía que hacerlo ahora que mi cabeza está embotada y mis piernas no responden mis órdenes. No puedo creer lo que escucho. Llevo más de dos años sin oír su voz y tiene que llamarme precisamente el día que menos fuerzas me quedan.

¿Cómo estás?

Estoy bien, ¿y tú?

Preguntas absurdas entre quienes han tenido tanta intimidad. Veinte minutos después, me pregunta:

¿Has conocido a alguien?

Eres la segunda persona que me pregunta lo mismo en los últimos quince días. Conocí a alguien, sí. Y desapareció en pocos meses. Luego apenas tuve contacto con ella. No tengo mucho más que contar.  ¿Y tú?

Salí con alguien durante casi un año. Lo dejamos en octubre.

Un rato después me ofrece tomar una copa el sábado en plan amigos. No puedo ir, le miento. No consigo ver a alguien a quien he querido como a una amiga. Insiste y repito la misma excusa. Tras la tercera intentona desiste. Me llamará el domingo por la noche, me dice y le contesto que siempre estaré para ella y para unas pocas personas más a las que yo les importo un pimiento.

Vuelvo a sentarme en el sofá. Son las once y media.

Y recuerdo que…

Oviedo, verano de 2006…

El día que llegué, hablé con el padre de ella hasta bien entrada la madrugada. Nos sentamos el uno frente al otro en unas sillas incómodas coronadas por una mesa sobre la que se situaban unos vasos tan pequeños que debías vaciar hasta cinco veces una lata de cerveza para apurarla. Me habló de aquella secuencia de “El Hombre que Sabía Demasiado” en la que el maquillaje del hombre que muere se queda en las manos de James Stewart. Yo le repliqué con la secuencia silenciosa en la que Stewart sigue a Kim Novak a través de la ciudad de San Francisco en “Vértigo”.  Quince apasionantes minutos sin que se pronuncie una palabra. Y habría seguido hablando con él hasta el amanecer porque hablabamos de Hitchcock, de sus historias, de sus películas, de las claves secretas que ocultan, de sus miedos, de sus no muchas alegrías… Lo estaba pasando tan bien que apenas presté atención al reloj. Serían casi las cuatro de la madrugada cuando ella apareció, puso sus manos en mi espalda y dijo:

“Ya está bien, ¿no? Dejadlo para mañana”

Él era (y seguirá siendo, espero, desde entonces no tengo noticias de él) un tipo entrañable con una gran capacidad de empatía. Intuía lo que los demás necesitaban y el momento en el que debía aplicarse la cura. Y yo, aquella noche, necesitaba hablar del gordo inglés para ahuyentar por unas horas preocupaciones situadas a cientos de kilómetros de allí.

Me levanté tarde la mañana siguiente, serían las once. Ella y sus tetas espectaculares (nunca usaba sostén, ni falta que le hacía), había salido a comprar el periódico y algo para comer, me dijo. Me lo había encontrado en el salón, al bajar. Admiré el que se hubiese levantado casi sin tocar la cama. Él le quitó importancia. Y allí estaba, con un libro enorme entre sus manos. Al decirme que lo había comprado aquella mañana de viernes para mí, me emocioné. No es algo que me ocurra a menudo. El regalo se trataba de una edición limitada y exclusiva lanzada por el ayuntamiento de Oviedo sobre la vida y obra de Hitch. El libro debe ser carísimo, fue lo primero que pensé. El dinero me trae bastante sin cuidado, pero fue lo primero que pensé. Es mucho más que un regalo. De hecho, es además un libro imprescindible para cualquier fanático de Hitch.

En los días que siguieron a aquello, me tumbé en la hierba muchas veces y cerré los ojos confiado y me columpié en un parque de las afueras de la ciudad. Fui feliz. Creo que fue la última vez que fui feliz de un modo pleno. Al menos lo fui hasta que una llamada, cinco días después de mi llegada, lo abortara todo.


El jueves por la noche, tras colgar, me levanté, cogí el libro y comencé a leerlo por tercera vez. Antonio Weinrichter, Guillermo Cabrera Infante, Miguel Marías, Juan Cobos, Carlos F. Heredero… no son malos compañeros de insomnio. Serían las tres cuando el sueño llegó…

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13 pensamientos en “From Vetusta with Love…

  1. Interpreto los recuerdos como una putada. Los malos duelen y los buenos también porque te llevan a épocas o momentos felices que se esfumaron. No estoy muy seguro de eso que dices. La nostalgia está implicita en el acto de recordar. Y el dolor, bueno, de algún modo te hace sentir vivo. Lo mejor es que cuando recuerdas algo especial la sonrisa termina por brotar. A mí me pasó el jueves y me sentí bien.

  2. Cada vez que veas el libro piensa en esos días y en la escasa necesidad de sujetador de la moza y piensa en su padre y piensa en todo lo que viviste y que todavía está, porque está, claro. Y uno puede acudir a ese lugar en cuanto quiera.
    Curioso, Álex, que se me haya quedado en la memoria el detalle de las tetas pluscuamperfectas y no otros tal vez más hondos y de más importancia que nombras. Tendrás que abrir otra vez el posteo de los actores de porno muertos. Era así, no ???

  3. Aquella noche fue una de las mejores noches de mis últimos ocho años. Lo pasé bien, fui feliz. Lo que, ya digo, no deja de ser una putada o una feliz putada.

    Que su pecho fuese perfecto es algo anecdótico, Emilio. Recuerdo todo de ella: su modo de hablar arrastrando las eses, que odiaba el color amarillo, el olor de su pelo rubio… Creo que en el año y medio que estuvimos juntos no la supe ver ni ella a mí. Llevo dos días redescubriéndola.

    A ver si retomo mi rutina posteadora y aparco lo personal. Este blog cada vez es menos de cine y más de mí. En realidad, es más o menos como siempre, sólo que antes disimulaba mejor.

  4. Alex,cúantos recuerdos,espero que todo ese bagaje emocional no te impida seguir avanzando,porque no serías el primer caso que conozco de primera mano…
    En cuanto a lo de disociar lo personal del cine,yo no estoy tan segura de que se pueda hablar de cine sin implicarte personalmente,en cada reseña,en cada reflexión,en cada observación vas dejando un poco de ti…
    bss

  5. Nunca he pensado que avanzar sea una palabra aceptable en una relación. Pienso que lo es en el terreno laboral pero no en el personal. Me gusta más “vivir”. Vivir a la otra persona y dejar que ella viva en ti. En cualquier caso, llevo más de un año en una deriva circular que confío acabe algún día.

    Pienso como tú sobre lo que dices de que nuestra huella está impresa en cada cosa que hacemos (o escribimos). Que siempre lo impregnamos de algún modo con algo de nosotros. De hecho, yo siempre decía en mi viejo blog que se trataba de una página personal que contaba mi historia de modo cifrado usado el cine, la literatura o la música como pretexto. Pero es que en mi nueva tontería virtual disimulo fatal.

    Besos, Troyana.

    En mi caso es así, Random. La nostalgia, en cualquier caso, no tiene por qué ser algo negativo. Muchas veces es confortable. 🙂

  6. Alex,no sé si me he explicado bien,lo que pretendía decir es que los recuerdos no te impidan experimentar nuevas emociones,a eso me refería con avanzar.
    Y sí,cuando escibimos de cine,o reflexionamos en voz alta a través de nuestras reseñas o nuestras notas,un poco de nosotros se vierte en cada palabra.
    bss

  7. Entro por primera vez en este blog y ……..veo un libro sobre una colcha de cuadros verde. Recuerdo otro blog con una foto parecida de un libro ¡Sobre la misma colcha! .Luego ya me fijé en la firma jajajaja eras tu …
    Perdoname la familiaridad pero te leí durante un tiempo en otro lugar que me gustaba mucho.
    Saludos

  8. Qué alegría saber de ti, Oli. Te cité una vez en un posteo, hace meses, de modo que puedes tomarte la familiaridad que desees.

    Sí, hubo otro blog dedicado a dos personas que ya no están y a las que quiero locamente. Después, a finales del pasado verano, decidí recuperar lo virtual por no perder contacto con varias personas muy apreciadas (a algunas de ellas las pude conocer en persona).

    Cualquier presencia tuya por aquí, con o sin comentario, es siempre estimada.

    Saludos, Oli.

  9. Yo también veo los recuerdos del mismo modo que tú. Pero lo que llevo fatal es que se me difuminan con el tiempo.
    Un gran abrazo. Por lo que cuentas de ella, me da la sensación de que había muchas más cosas pluscuamperfectas, aparte de su pecho 🙂
    Me parece genial que disimules fatal en este blog.
    Un abrazo muy muy grande

  10. El tiempo termina por borrar caras y voces y muchos recuerdos, pero algunos (los más intensos) siempre quedan.

    Ella tenía (tiene) infinidad de defectos, pero quieres a alguien no eres capaz de verlos. Y disimulo de pena, sí. Cada vez peor.

    Abrazo fuerte, Ulyanov.

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