La Dedicatoria…

Tengo una cuenta pendiente con Emilio desde hace meses, desde el día que me envió su libro “Cuentos del Astronauta Zurdo”. Libro delicioso compuesto por más de una treintena de breves cuentos que leí en un autobús que me llevó a Barcelona y en un tren nocturno que me dejó en Donosti el pasado mes de julio.

Podría citar fragmentos y señalar mi cuento favorito. Podría decir que es una recolección de sentimientos mezclados de un modo azaroso. Podría, también, afirmar que es un libro precioso y no parecería justo el hacerlo porque él es amigo y sonaría a falso.

Pero debo citar dos dedicatorias.

La que me dedicó a mí…

Para mi amigo Alex Herrera. Por su cercanía. Por saberle detrás de alguna Antártida remota, pero jubilosa. Con el deseo (improbable) de que este librito le recuerde a su autor.

Y debo decir que te recuerdo cada día, Emilio. La burrosfera me proporcionó dos amigos (sí, amigos, sorprendente) y unos pocos meses de felicidad intensa junto a una persona muy especial. No es poco…

Pero es la dedicatoria impresa en el libro la que enternece de veras, la que te pone del revés. Recuerdo que serían las cinco de la mañana cuando veía las luces de la Expo de Zaragoza apuntando al cielo desde una ventanilla al leerla. Una joven ex-monja, que ocupaba el asiento de al lado, encantadora en su extrema torpeza, había dejado caer su cabeza sobre mi hombro hacía un par de horas. No quería despertarla, de modo que me vi obligado a pasar las páginas con el mismo cuidado que se necesita para manipular la nitroglicerina, y en el proceso acabé en el principio por accidente y la leí.

La dedicatoria dice…

Dedico este libro a Toñi, que me ama, soporta, lee y entiende; a Sara y Emilio, mis hijos, que ya conocen el placer de la lectura, y a mis padres, que no me privaron de libros cuando los quise.

Pensé que tan hermosas palabras debían ser mostradas.

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5 pensamientos en “La Dedicatoria…

  1. Es curioso lo de los trenes; he viajado relativamente poco, pero jamás encontré un lugar mejor para perderme en las letras. Consigo un aislamiento perfecto a pesar del ruido o de la gente alrededor. En pocos sitios me ocurre. He leído siempre que he viajado en tren. Y he escrito. De hecho no dejé de escribir (en un cuaderno de anillas, pasta fina, no como ésos buenísimos de ahora) durante el año en que fui de Cádiz a Córdoba casi todos los fines de semana (ida-vuelta) por el pesaroso (jodiente) servicio militar. Escribí y perdí lo escrito, claro está. Hay bares que también me han visto perderme en las letras: leídas, escritas. Muchos. Todo eso es verdad. Lo que no hay son cuentas pendientes. La única (tal vez) es la cercanía (no tan falsa como parece, no tan lejana como induce a pensar) de los blogs y la certidumbre de que vamos a seguir (a pesar de la caducidad de estos soportes) en esto de contarnos escenas de películas, azares de la vida y topografías del porvenir. Lo del libro fue (dedicarte el cuento, digo) uno de los placeres que me permití. También otros. A otros amigos. Me consta que están orgullosos de verse reflejados no en un libro sino en mi memoria y en elegirles, según ellos, cuando podía haber elegido a cualquier otro o no elegir absolutamente a nadie. Todos los cuentos exigen un lector, decía el jodido Borges, y también (al escribirlos, al pensarlos) te mueven a pensar en alguien que de alguna forma podría sentirse cómplice de su lectura, de lo que cuenta. Un buen amigo, Antonio, un grandísimo amigo, hermano del alma, me dijo anoche por teléfono que estaba releyendo El astronauta, como él dice, y que lo tiene en la mesita de noche. Me agradó mucho. Antonio, le dedico uno en donde se juntan palabras. Él es el carismático. DEfinen el carisma de muchas formas, pero a mí me gusta ésa en la que el personaje en cuestión (persona, mejor) promueve afectos y distancias, querencias y reparos, placeres y dolores. ASí es la vida, en el fondo: una mixtura fina, una urdimbre, un rapiñar sensaciones siempre encontradas, Álex.
    Tienes que enviarme (es la segunda vez que te le pido, sms included) tu dirección, que tengo un “detallito” que enviarte. Y no hay nada más que hablar. Y en el correo manda también el fijo, que formateé el ordenador y ahí es donde tenía los teléfonos y todoas esas cosas. Se perdió también (me dolió un día) cincuenta páginas de una novela que llevaba avanzada. No fue terrible porque era una mierda, presentable, tal vez, pero mierda. Me quedo en lo corto, en las distancias cortas es donde una colonia de hombre se la juega, ya sabes, Brummel… Abrazos.
    Lo del tren, lo de la monja, ha estado tierno. Mucho.

  2. Ah, estupendo eso de que mi librito haya pasado al inventario gozoso de los objetos dignos de estar en esa ya mítica, en la burrosfera, colcha a cuadros. Vaya que sí. Jeje.

  3. De hecho, Emilio, tu libro descansa en mi edredrón feo durante todo el día hasta que llega la noche. Mi cama está cubierta de fotos, libros y cajas que sólo retiro cuando la voy a ocupar.

    Te envié mi dirección hace tiempo, Emilio, pero lo volveré a hacer sin problemas. El sábado o el domingo lo hare, palabra. De hecho, y ya en paz conmigo mismo, he vuelto a cargar el messenger, de modo que tal vez algún día coincida contigo por allí. Tu libro es Borgiano al 100 por 100. Y ya sabes lo poco que me gusta Borges y lo mucho que te aprecio a ti. Sin embargo, tu libro me gusta. Te contaré, en el mail que te enviaré, un par de anécdotas curiosas que me han sucedido en los últimos quince días.

    La ex-monja era (es) un encanto, te lo aseguro. Torpe, muy torpe, lo que agrandaba su aura. A los pocos minutos de conocernos se ofreció a desencajar el cinturón de seguridad de mi asiento, y allí estuvo, afanosamente ella, durante diez minutos, con sus manos en mi entrepierna y mi incomodidad palpable… pero ella seguía con lo suyo sin darse cuenta. Ya te hablaré del café (ella tomó colacao) que compartí con ella en Zaragoza. Surrealistas quince minutos. Un encanto, de veras.

    Buff, la burrosfera me proporcionó un año pasado delirante. Tan positivo como negativo en su fondo. Todas las personas a las que he conocido son maravillosas y algunas mágicas. Pero yo no estoy a su altura. Algún día, con tiempo, te cuento cómo fue aquello sin entrar en demasiados detalles, Troyana. Mientras, busca entre mis primeros posteos y verás algunos de los presentes recibidos. Mucho más importante que lo material fue lo que todos ellos me dieron y no se puede ver. Y no fue poco, te lo aseguro. Emilio, en concreto, es un tipo espectacular.

    Gracias, Ramdon. Ya he leído que has vivído una experiencia semejante. Ahora mismo te comento.

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