Nieve…

Son las siete y media de la mañana. Me levanto. Me siento en la silla del PC que está al lado de mi cama y me pregunto, cada mañana, por qué pegué aquel horrible calendario de Ferreteria Torres al lado del monitor. Lo veo y compruebo como los días avanzan pero mi vida se mantiene estancada. He aprendido a racionar los vasos de zumo de naranja para que el cartón dure un mes en lugar de medio. Un euro más ahorrado que tal vez venga bien. Después cojo el tren y luego el metro, y cuarenta minutos después ella está sentada frente a mí. Me invitó a su fiesta de cumpleaños casi sin conocerme, cómo no la voy a querer. Cada mañana desplaza la mampara que nos separa “porque quiero verte”. Desde el tercer día la ayudo en su tarea porque quiero verla a ella. Le hablé hace una semana de que al carecer de objetivos mi única misión vital consiste en hacer realidad el sueño de mi abuelo de pisar el polo sur. Se unió al proyecto de inmediato sin pensar en las consecuencias. Pero (siempre hay un pero) me hizo prometer que si alguno de los dos se descabalga del proyecto el otro no hará preguntas. Como en “Tú y yo”, vamos. Imprimí un mapa más o menos preciso de la Antártida hace pocos días. Aprovechando la media hora del café, hemos trazado una ruta que nos llevará hasta el centro geográfico del polo sur en poco más de dos meses. Incluso hemos llamado a la Federación Española de Deportes de Invierno preguntando por posibles compañeros de viaje con resultados positivos.

Ayer le hablé de Cherry-Garrard y de su loco viaje antártico en busca de unos pocos huevos de pingüino emperador (por entonces considerados un tesoro). En su aventura le acompañaban Wilson y Bowers, quienes morirían un año después al lado del capitán Scott. Su trayecto fue suicida. Llegaron a creer que su muerte era segura, pero consiguieron esos huevos que llevaron consigo de vuelta a Gran Bretaña. Y una vez allí los científicos los despreciaron. Nadie les prestó la menor atención. El relato de cómo Cherry-Garrard cede los huevos a una reputada academia inglesa es sangrante. Recuerda al final de “En Busca del Arca Perdida”, cuando Indy es testigo impotente de cómo la burocracia almacena el Arca de la Alianza en un hangar sin darle la menor importancia a todo su esfuerzo.

Y ella ríe y dice que puede que seguramente nunca pisemos la Antártida pero que nadie nos podrá quitar las horas de ilusión planificando tan loco viaje.

Y recuerdo abril:

“Quería regalarte esto por si no encontrabamos nieve allí arriba. Sólo quería que la vieses, aunque fuese dentro de una bola de cristal”

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2 pensamientos en “Nieve…

  1. Una entrada preciosa, sin duda. Me ha encantado. Aunque nunca lleguéis al Polo Sur, merecerá la pena intentarlo, como todo.

    Este es mi primero comentario, no recuerdo ni cómo llegué aquí, pero me quedé.

    🙂

  2. Gracias, aunque no hay mucho que admirar, la verdad. Una historia que se repite cada día, sin más. Llegar al Polo Sur es una quimera, me temo. Pero que nos quiten la ilusión.

    Bienvenido/a, sea como sea que llegases hasta aquí.

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