Y todo acabó así…

– Ya sé que debías estar durmiendo -dije-, pero no cuelgues hasta que hayas oído lo que tengo que decirte

– ¿M.S.? -Su voz sonaba sofocada, aturdida-. ¿Eres tú, M.S.?

– Estoy en Chicago. Sol ha muerto hace una hora, y no había nadie más con quien pudiera hablar

Tardé un buen rato en contarle la historia. Al principio no me lo creía y mientras le iba dando más detalles, comprendí cuán improbable sonaba todo. Sí, le dije, se cayó dentro de una tumba abierta y se rompió la columna. Sí, de verdad que era mi padre. Sí, ha muerto esta noche. Sí, estoy llamando desde un teléfono público del hospital. Hubo una breve interrupción cuando la telefonista intervino para decirme que metiera más monedas y cuando se restableció la línea, oí que Kitty estaba sollozando.

– Pobre Sol -dijo-. Pobre Sol y pobre M.S. Pobres todos

– Perdóname por llamarte. Pero me parecía mal no decírtelo

– No, me alegro de que me hayas llamado. Pero es tan duro de encajar… Dios mío, M. S., si supieras cuánto tiempo he esperado tener noticias tuyas

– Lo he estropeado todo, ¿no es verdad?

– No es culpa tuya. No puedes remediar sentir lo que sientes, nadie puede

– No esperabas volver a saber de mí, ¿verdad?

– Ya no. Durante los dos primeros meses no pensé en otra cosa. Pero no se puede vivir así, no es posible. Poco a poco, dejé de esperar

– Yo he seguido amándote cada minuto. Lo sabes, ¿no?

Una vez más hubo un silencio al otro lado de la línea y luego la oí empezar a sollozar de nuevo, unos sollozos entrecortados y angustiosos que la dejaban sin respiración.

– Cielo santo, M.S., ¿qué estás tratando de hacerme? No sé nada de ti desde junio, luego me llamas desde Chicago a las cinco de la madrugada, me desgarras el corazón contándome lo que le ha pasado a Sol… ¿y luego te pones a hablarme de amor? No es justo. No tienes derecho a hacerlo. Ya no

– No puedo soportar estar sin ti por más tiempo. He tratado de hacerlo, pero no puedo

– Yo también he tratado de hacerlo, y sí puedo

– No te creo

– Ha sido demasiado duro para mí, M. S. La única manera de sobrevivir era volverme igualmente dura

– ¿Qué tratas de decirme?

– Que es demasiado tarde. No puedo exponerme a eso otra vez. Casi me matas, ¿sabes?. Y no puedo arriesgarme a que vuelva a ocurrir

– Has encontrado a otro, ¿no?

– Han pasado meses. ¿Qué querías que hiciera mientras tú atravesabas medio país tratando de decidirte?

– Estás en la cama con él ahora, ¿no es cierto?

– Eso no es asunto tuyo

– Pero es así, ¿verdad? Dímelo

– La verdad es que no estoy con nadie. Pero eso no significa que tengas derecho a preguntármelo

– Me da igual quién sea. Eso no cambia nada

– Basta, M. S. No puedo soportarlo, no quiero oír una palabra más

– Te lo suplico, Kitty. Déjame volver contigo

– Adiós, Marco. Sé bueno contigo mismo. Por favor, sé bueno contigo mismo

El Palacio de la Luna – Paul Auster

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4 pensamientos en “Y todo acabó así…

  1. Ocurrió algo (y el sábado fue frenético) que redujo los dos o tres meses de parón clandestino a una semana. Actualizaré menos, tal vez, pero seguiré por aquí mientras pueda. Hay personas con las que no me gustaría perder contacto.

  2. Auster me ha sido un referente en algunos momentos importantes. Por eso me duele, me fastidia y me entristece ver cómo últimamente se ha envilecido publicando obras de calidad tan baja.
    Las páginas iniciales de “El Palacio de la Luna” las releo en muchas ocasiones. El piso, las cajas-mueble… Y ese “sé bueno contigo mismo…” Necesito pensar y escribir sobre eso.
    Un gran abrazo, de todo corazón.

  3. Identifico tres partes muy diferenciadas pero compatibles en el libro. La primera parte, que como dices necesita releerse con frecuencia para recordar los detalles de la asombrosa fluidez que alcanza Auster. La segunda, cuando aparece el señor Effing, lúgubre y luminosa. Y la tercera, con Sol en segundo plano, en el que Marco toma decisiones de las que luego se retracta pero continúa caminando hacia delante, a sabiendas de que puede que no haya nada por encontrar. Es un libro maravilloso que al leerlo la primera vez me resulto familiar, pero es que hoy día lo puedo considerar la historia literal de mi vida. Me encanta esa parte, al final, en la que un rabino le dice a Marco: “Eres un muchacho muy desequilibrado”. Hace dos meses me dijeron algo muy similar. El libro es casi por completo mi último año. Y da mucho miedo, sí, que alguien la describiese muchos años antes con tanto detalle.

    Un abrazo, Ulyanov.

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