Pumares y yo de madrugada…

Cuando era un crío escuché durante muchos años a un tipo bajito, con mala leche y superviviente a toda costa. Colocaba en un hueco de la cama el aparato de radio grande que un día desecharon mis padres por otro más moderno y manejable, y le escuchaba hasta quedarme dormido. Me identifiqué rápidamente con él: dirigía uno de los pocos programas de cine de la época y sentía por el cine la misma pasión que sentía yo.

Una noche, tras emitir TVE “La Calumnia” de William Wyler, me atreví a hacer realidad el propósito de llamar a su programa que mantenía desde hacía tiempo. Esperé pacientemente a que los habituales llamadores de primera hora, con sus listas interminables y absurdas, pasasen para decidirme a pulsar el número de teléfono de la emisora. Era la primera vez que llamaba a un programa de radio, estaba tan nervioso que no escuché al tipo del otro lado decirme que colgase que ya llamarían ellos. Y pareció que no llegaría mi turno, porque el tipo que estaba en antena en aquel momento hablaba de gachas y de huevos fritos y ese tema le fascinaba al pequeño gruñón. Al llegar mi turno, por fin, mi madre grabó la conversación en una cinta sin que yo lo supiese. Estuve fatal: balbuceaba y le preguntaba incoherencias ante su indiferencia. Hacia el final, pareció que despertaba su interés al citarle a Fassbinder. Entonces se puso a gritar que él había discutido con el director alemán (y casi llegado a las manos) durante un festival de Cannes creo recordar. Luego colgó o colgué y se acabó.

Olvidé el tema y mis futuras presencias en programas de radio cuando mi hermano sacó aquella cinta durante la navidad. Las carcajadas fueron antológicas, yo mismo no me reconocía. Y así fue mi cuarto de hora con Carlos Pumares.

Pecaba por exceso en cada de sus programas. La pasión le consumía. Una vez habló de Méliès y de cómo había terminado sus días mendigando. Como buen histrión se podía sentir su dolor fingido pero real. En otra ocasión, durante su apática respuesta a una de aquellas interminables listas, el oyente sacó a relucir “La Guerra de los Rose” de Danny de Vito.  “Me encanta”, gritó. “El amor no existe, y esta película lo prueba”. Lógicamente en aquel momento discrepé de aquella afirmación que el tiempo está validando.

Cuando su programa “Polvo de Estrellas” (bautizado así en honor de aquella maravillosa canción de Bing Crosby) fue cancelado, sobrevivió de emisora en emisora y de historia en historia. Ha hecho de todo: ha presentado programas de cine prometedores que apenas duraron en antena, ha escrito libros, ha escrito en blogs, ha hablado de medicamentos prodigiosos (mítico momento aquel de Fibergraaaaan), ha aparecido parodiándose a sí mismo en programas basura de televisión. La cuestión es sobrevivir a toda costa porque nunca sabes que ocurrirá tras la esquina.

Aquella noche se despidió de mí sobre las tres y media de la madrugada. Era mi primer año de instituto. A la mañana siguiente les conté a mis amigos lo que había ocurrido la noche anterior, pero no me creyeron. Y ya no puedo demostrarlo, porque aquella cinta de cassette, que misteriosamente siempre aparecía en navidad, se perdió hace años. Ni siquiera mi memoria puede recordar demasiadas cosas. Recuerdo, eso sí, que le cité que acaba de ver “La Calumnia” con Audrey Hepburn en el papel de disimulada lesbiana. Y él pareció sonreír ufano del otro lado. Tenía doce o trece años entonces, ha pasado tanto tiempo…

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5 pensamientos en “Pumares y yo de madrugada…

  1. … Y todo eso lo podía haber escrito yo, punto por punto… hasta lo de la radio debajo de las mantas. Y es que el cine, si no se ve como lo describía Pumares no merece la pena, deja de ser experiencia mágica y se convierte en simple entretenimiento. Yo nunca llamé, me sentía incapaz, pero tuve interminables monólogos conmigo mismo acerca de las llamadas ajenas, que al igual que los comentarios en los blogs, eran el verdadero sostén y la salsa del programa.
    ¡Qué recuerdos!
    ¡Ah! ¿Y qué me dices de esos irrepetibles y surrealistas momentos en los que le preguntaban por la misma película tres o cuatro veces? decía él en voz alta que colgaría al próximo que lo hiciera y… ¡VA EL TÍO Y LO HACE! Ya no se hacen cosas así, todo es peloteo y babeo; oferta y demanda, págame y hago lo que quieras… Pumares era un genio y punto.

  2. No hay otro modo de ver cine ni de vivir, diría yo. Claro que te das cuenta sólo cuando te cruzas con tipo excesivo y pasado de tuerca como es Pumares.

    Lo de las listas forma parte de la leyenda imposible. Por más que él se quejase más listas le recitaban. Daba igual que se repitiese veinte veces la misma película que siempre habría una vigésimo primera. Aquellas noches forman parte de mi memoria sentimental, y él, como bien dices, en un genio.

  3. recuerdo a un viejo amigo que le profesaba devoción.

    yo apenas escuché aquel programa de cine unas cuantas veces mientras me quedaba dormido.

    siempre me pareció un prepotente que se dedicaba a avasallar a los osados que llamaban, habitualmente ufanos, y que él dejaba tirados en la primera cuneta.

    locuacidad a gritos.

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