25 Folios…

A ti, que nunca me has conocido. Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue tuya aunque nunca lo supiste

Así comienza la carta que le dirige una desconocida a un joven escritor vienés. En ella, le confiesa su desesperado amor, ahora que ha dejado de vivir y no espera su respuesta. “Carta de una Desconocida” es con seguridad una de las novelas más dolorosas jamás escritas. Su autor, Stefan Zweig, describe con delicadeza la obsesión de su protagonista por un hombre que no la corresponde, que ni siquiera sabe de su existencia. En su anhelo se sacrifica constantemente (de un modo físico y mental) por estar algún día cerca de él: duerme en el suelo en pleno invierno, llena noches de vigilia frente a su ventana con el único objeto de perseguir su sombra, acelera el paso al sentirse cerca de él para evitar que su debilidad se muestre… El amor loco cincuenta años antes de que la Nouvelle Vague lo resucitara.

Sus palabras hieren porque es consciente de que una vez muerto su hijo y con la certeza de que nunca verá correspondido su amor, no tiene motivos por los que vivir. Recuerda al Joyce apesadumbrado de “Los Muertos” que no concede resquicios para escapar de un triste destino.

Mi hijo murió ayer por la noche -ahora volveré a estar de nuevo sola, si es que tengo que seguir viviendo-. Mañana vendrán unos hombres desconocidos vestidos de negro, toscos, cargados con un ataúd y colocarán dentro a mi pobre hijo, mi único hijo. Quizá también vengan unos amigos y le pongan unas coronas de flores, pero, ¿qué sentido tienen unas flores en el ataúd? Me consolarán, me dirán cualquier cosa, palabras, palabras; ¿de qué me servirá? Sé que después tendré que volver a estar sola, y no hay nada más terrible que estar sola cuando estás rodeada de gente

Amar no es suficiente y el amor del escritor está dividido en demasiadas personas (especialmente mujeres, lo que a ella le atormenta doblemente). Tal vez el momento de más luz en tan sombría historia llegué cuando la protagonista (aún niña) vea la casa del objeto de su deseo. Al pisarla, se recrea en cada objeto, en cada mota de polvo sobre su muebles. Ver su mundo le permite imaginar su rutina: cuándo abandona la cama, cuándo escribe, cuándo lee una carta…

… y así pude ver el interior de tu piso -no podrías imaginar con qué respeto, con qué devoción-: tu mundo, el escritorio donde trabajabas con un jarrón de cristal azul, tus armarios, tus cuadros, tus libros…

El breve relato (contenido en menos de 70 páginas) culmina de un modo trágico. Zweig era consciente de que la vida y los sueños pertenecen a mundos opuestos. Años más tarde, en 1948, Max Ophuls dirigió una obra capital inspirada en el libro del autor austriaco. En la última escena a su protagonista (Louis Jourdan) le tiemblan las manos hasta dejar caer la carta de aquella íntima desconocida. A ella (Joan Fontaine) también le temblaron cuando escribió su confesión. Vivir duele, sí, pero sentir duele mucho más…


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