De Llamadas de Madrugada y Cenas Improvisadas…

“Sólo llamo de madrugada a la gente que me importa”

¿Quién es Harry Kellerman?

Hablaba hace pocas semanas por teléfono con Emilio sobre lo maravillosas que son esas escenas habituales en la filmografía de Woody Allen en las que varias personas cenan o toman una copa en grupo. Las conversaciones y las miradas se cruzan y todo parece fluir en un ambiente de complicidad que aleja la sensación de desarraigo del recién llegado. Hablamos también (y Emilio me perdonará por hacer pública una conversación privada, aunque sea tan inocente como lo fue ésta), de lo asombroso que resulta el llamar a un amigo de madrugada y que esa persona no sólo no se moleste sino que esté dispuesta a participar del juego. Ocurría en “Misterioso Asesinato en Manhattan”, cuando Woody llamaba a Alan Alda bien entrada la noche para comentarle algo sobre un asunto que le atormentaba mientras comían algo por ahí.

Decía el Dustin Hoffman de “¿Quién Harry Kellerman?” que sólo llamaba de madrugada a la gente que le importaba. Un milagro, y si no prueben a llamar a alguien a las dos de la mañana para salir de dudas. Supongo que todos han recibido llamadas de madrugada de gente a la que quieren. Yo lo he hecho, muchas veces hace seis años y hace unos meses. Ver su número impreso en una pantalla ilumina tu realidad, te hace feliz, y eso el algo que nunca imaginarán los que están del otro lado y temen molestar. Woody Allen lo supo ver y algunos tomaron prestada su idea (Billy Crystal en su ejemplar “Olvidate de Paris”). Y aquellas cenas, como la de “Melinda y Melinda” en la que dos hombres especulaban con dos posibilidades y destinos distintos para un mismo personaje, quedarán para siempre en la memoria.

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5 pensamientos en “De Llamadas de Madrugada y Cenas Improvisadas…

  1. Perdonado, cómo no. De hecho ayer tuve una repetición, con variaciones, con cabriolas semánticas inducidas por la ingesta de licores navideños, de la misma conversación. Era una especie de comida laboral en la que unas 40 o 50 personas, no sé, conversaban arracimados en no mucho espacio, alrededor de una mesa, y en donde la gente iba de flor en flor, libando verbos, picoteando pólenes, sintiendo que eran parte de algo hermoso o de algo alegre. La belleza y la alegría, ya sabes, forman parte del vocabulario básico de la felicidad, y en ésas le comenté a un amigo que Woody Allen tira de cámara y hace prodigios con un rebaño de conversadores como era aquél. Además le comenté que no hacía mucho charlaba por teléfono con un amigo sobre el mismo tema. Eso fue ayer noche, jueves. Hoy leo esto. Volvemos a otra conversación fracturada, fragmentada, repetida, sitiada por la evidencia: existen las casualidades, el azar es un bicho cabrón o es que al final resulta que todo está extrañamente gobernado por algún caprichoso dios de lo invisible que mueve las conversaciones, los gestos, las coreografías humanas sobre el tapete de la vida.

  2. Bérchules es el nombre de un pueblo granadino que había oído tal vez un par de veces en mi vida, que son cuarenta y dos años, tampoco demasiados. Ayer, oh my friend, voluptuosamente, ametralladamente, corridamente, como en orgía semántica, en gran avalancha de fonemas, apareció Bérchules, Bérchules, hasta en tres ocasiones durante el transcurso del día. Y juro, oh sí, sobre el careto de Barack Obama, oh gran salvador de la cosa, que llevaba años en oírlo. Entonces a qué jugamos? es esto un juego? hay una regla oculta? una cadena de transmisión de casualidades que se activa cuando a uno alguien lo enchufa bajo el visor de algún estrambótico aparato de dimensiones y alcances desconocidos por nuestra pequeña y ridícula mente de personitas de a pie? Oh dime, oh habla, oh cuenta, y así compartimos esta zozobra, porque como dice toñi no pasa nada y siempre han pasado estas cosas, pero (ay) yo ya estoy “jartico” de que todo termine hilando el mismo ovillo y termine todo alrededor de la misma jodida evidencia…

  3. El azar tiene reglas desconocidas para mí. No las entiendo, parecen querer decirme cosas pero las interpreto mal o soy incapaz de darles forma. Y no pasa nada, claro. Supongo que la ignorancia en el trato forma parte del asunto.

    La belleza es particular, cada uno tiene su propio baremo. La alegría es universal. Decía un viejo profesor que el tiempo de la alegría caducaba (él era un tipo triste) y por esa razón se debían apurar los momentos felices. Por escasos y raros.

    Perdonado he sido, gracias.

  4. Faro Navideño Formidable My Friend

    Ah, compramos el otro día en Ikea, templo del aturdimiento absoluto, un cuadro para cierto sitio que lo precisa…. ¿Cuál? Un faro, y es que era, con diferencia, el más bonito. Más faros: lo hemos colocado justo encima de la tele, y da su punto iluminador al asunto… Nos llamamos y nos decimos happy christmas y todo eso… Cuídeseme muchísimo

  5. Faro transitorio, Emilio. A ver si encuentro algo mejor. La última vez que estuve en un Ikea (hace unos dos meses) vi el cuadro de un faro que a punto estuve de comprar, de no ser porque mi economía no da para mucho. Puede que sea el mismo.

    A ver si puedo llamarte el martes y charlar unos minutos contigo, Emilio. La felicitación navideña es opcional.

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