Corriendo a 0º como Zátopek…

Correr para mí es necesidad, aunque tenga que hacerlo en circunstancias extremas y a temperaturas bajo cero como ha ocurrido hoy. Y lo cierto es que mientras duren las obras del parque en el que corro desde adolescente, no debería hacerlo. La mejor prueba la obtuve el pasado lunes, cuando me estampé contra una valla invisible (no hay apenas farolas que iluminen el camino), lo que terminó con mis huesos en el barro. No me asusta correr entre hormigoneras y excavadoras. Me he roto el ligamento del tobillo derecho tres veces y las fibras de las piernas otras tantas. Me he caído en montones de ocasiones y he sobrevivido a heridas en la cabeza, en las rodillas, en los brazos, en el pecho… Tampoco me asusta el frío. He corrido a 4 y 6 grados bajo cero y lo he hecho con gruesas capas de nieve cubriendo el trayecto. Lo que jode en realidad es el viento, que con tanta frecuencia azota Cucumberland, y que a veces hace que los árboles parezcan caer sobre ti.

Esta noche he sentido cómo el frío hacía que los pulmones se me contrajeran y dolieran según iban cayendos los kilómetros. Y para soportarlo he recordado aquel grito de ánimo que Shackleton repetía a sus hombres: ¡¡Aguanta!!. Y luego he pensado en Abebe Bikila corriendo descalzo por las calles de Tokio, y en Alberto Juantorena rechazando las liebres que le ofrecían para batir records (“Si no soy capaz de hacerlo por mí mismo no lo haré”) y en Emil Zátopek cabeceando en busca de la línea de meta.

Zátopek odiaba el ejercicio físico. Sus padres estaban preocupados porque su chico no corría como lo hacían los demás niños. Era un adolescente cuando comenzó a trabajar en la fábrica de zapatos de Bata en Zlín. Pasaron los meses y el joven Zátopek parecía haber asumido la vida gris que esperaba a todo checo. Hasta que una mañana las sábanas se volvieron plomo y Emil despertó media hora más tarde de lo habitual. Para no llegar tarde, y ganarse una fuerte bronca, corrió con toda su alma para llegar a la fábrica. Aquel día se dio cuenta de que corriendo era feliz.

Su carácter independiente y orgulloso le impedían contratar a un entrenador. Él quería correr y batir records pero no a cualquier precio, quería hacerlo por sí mismo. Comenzó a entrenar a la salida del trabajo, en los bosques de Moravia cuando los nazis ocupaban por su ciudad, lo que hacía complicado conjuntar horarios que evitasen el toque de queda. Todos se burlaban de él y de su método de entrenamiento. Había pensado de un modo simple que si corría 25 veces a toda velocidad 400 metros podría correr los 10.000 más rápido que nadie. En 1944, con 22 años, batió el primer record del mundo. Cuando le preguntaban por qué para él era tan importante correr, respondía que no lo sabía. Sólo quería correr, le hacía sentirse bien.

Fue apodado como la locomotora humana por los mismos que se burlaban de él pocos años antes. Su técnica era penosa: cabeceaba y braceaba como un poseso estrujándose el alma en cada zancada. Sin embargo, en los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952 ganó los 5.000 metros, los 10.000 metros y el Maratón. Era intocable.

Se casó con Dana Zátopková, de la que se enamoró perdidamente un día de abril y ascendió rápidamente hasta el grado de coronel en el ejercito checo. Su vida parecía no tener topes… hasta que empezó a perder carreras. En un principio no le dio importancia, pero tras una derrota llegaba otra. Su técnica seguía siendo lamentable pese a los esfuerzos del régimen por imponerle un entrenador. Corría como un molino, braceando enloquecidamente y lo acompañaba con muecas de fatiga desde los primeros metros, no sabía correr de otro modo. En 1955 quiso demostrar que no estaba acabado batiendo el record del mundo de los 10.000 metros en su pista favorita (la checa de Stara Boleslav) y acompañado por su gente. Como liebre eligió a Ivan Ullsperger, su mejor pupilo. Le pidió que tirase todo lo fuerte que pudiese y así lo hizo. Ullsperger tiró tan fuerte que mediada la carrera Zátopek a punto estuvo de caer exhausto. Humillado y sin record, Zátopek se retiró tres años más tarde sumido en la mediocridad y convencido de que su gente le había dado la espalda por no haber sabido estar a la altura.

En 1968, cuando los rusos invandieron el país y aplastaron la Primavera de Praga impulsada por Dubcek, su primer objetivo consitió en destruir los símbolos del orgullo checo, y Emil Zátopek encabezaba la lista. Fue expulsado del ejercito (Zátopek fue un entusiasta seguidor de Dubcek) y obligado a barrer las calles. Los rusos pensaron que si el pueblo veía la humillación a la que era sometido su ídolo conseguirían doblegar su voluntad. Pero la primera mañana que cogió una escoba, montones de checos salieron a las calles con cepillos para solidarizarse con Zátopek. Indignado, el comandante en jefe del ejercito de ocupación decidió imponer un estricto toque de queda y obligar al atleta a barrer las calles de madrugada como escarnio. Y la primera noche que lo hizo Praga no durmió. Los habitantes de cada calle desafiaron la prohibición para barrer conforme el cepillo de Emil avanzaba hacia ellos.

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9 pensamientos en “Corriendo a 0º como Zátopek…

  1. He corrido poco, Álex. Nada, si somos estrictos y ponemos las cosas en su verdadero sitio, pero siento admiración por quienes lo hacen. Es una actividad espartana, de una épica absoluta en estos tiempos en los que se corre por algo. Y precisamente correr por correr no precisa de un empeño, no hace falta tener una meta aunque la meta (muchas metas) están ahí a buen recaudo al final de la línea. Un amigo corría para batir marcas. Las escribía en una libretita que mimaba como yo mimo un cuadernito en el que manuscribo ideas que me surgen y de las que luego salen cosas (cuentos, poemas, ¿posts?). Mi amigo dejó de correr porque se dio cuenta de que el objetivo (batir marcas) ya no le satisfacía. Hace que no le veo, pero le imagino fondón y aburguesado, hecho a no moverse más de lo necesario, de los que van en coche al trabajo y son perezosos en casi todo para compensar todo ese esfuerzo ímprobo que mantuvieron durante años y que fue el motivo de charla de todos los que estábamos cerca.
    Mi admiración por el atletismo quedó en Cram y en Coe. Veía yo entusiasmado aquellas carreras y disfrutaba en los meetings que la TVE2 bendita ponía de vez en cuando. Los 1500 era la prueba reina, nada de los 100, que terminan en un plisplás y miden otras cosas. El atletismo escondido en los 1500 era una proeza de resistencia y de inteligencia: como una partida de ajedrez invisible, sudada, convertida en arte…
    (me voy al curro, my friend, corto de raíz, pero sigo después, esta tarde, cuando vuelva: será el primer comentario con dos partes, toma ya…)

    -……………………………………………………………………………………………….

  2. Me apasiona correr, pero el frio me paraliza. Soy capaz de correr en agosto a las 14.00 a 40 grados, no importa el calor, el calor es mi amigo, pero el frio me hace rezagarme, me congela las ganas, miro a mi alrededor, el mundo se escarcha, mis pasos se congelan en estelas de hielo imaginario.
    No, no puedo. Llega finales de noviembre y yo me apunto al gimnasio, y hago lo que puedo.

  3. Mi caso es el contrario al tuyo, Emilio. He corrido sin parar desde niño. Lo hago por necesidad, porque me siento bien al hacerlo. Cuando tenía 14 años contraí la tosferina. Es la vez que más tiempo he estado sin correr. No pude hacerlo en los 15 meses siguientes y fue una tortura. Cuando creía que estaba bien y comenzaba a dar las primeras zancadas sin asfixiarme era inmensamente feliz, pero al cabo de 300 metros, puede que antes, empezaba a toser y ya no paraba de hacerlo en horas. Entre aquello y mis habituales lesiones de tobillo impidieron que corriese con tipos de mayor nivel. Mala suerte, para variar.

    Cram era demasiado débil mentalmente para ser una amenaza sólida. Su reinado fue breve si fue. Coe es otra historia, su rivalidad con Ovett es legandaria. Coe corría para ganar títulos y batir marcas. Era un ganador de los que llenan páginas en los periódicos. Ovett corría por rabia y orgullo, no necesitaba ganar carreras. Era un rebelde sin causa al que correr aliviaba su ira. Nadie entendía su comportamiento, de hecho, ni siquiera lo entendía él.

    Dediqué a esta historia un posteo en mi vieja Antártida…

    http://antarcticastartshere.wordpress.com/2008/01/23/run-forrest-run/

    Aquí, en la taiga, los inviernos son duros. Desde niño te acostumbras al frío. A veces pienso en que debería apuntarme en un gimnasio, pero no lo soportaría. No soportaría el estar encerrado ni correr en una máquina que por mucho que alargues la zancada siempre te mantiene en el mismo lugar. Y en el fondo el frío no me desagrada, aunque las manos se me congelen (tiendo a ello) incluso en verano.

  4. Es cierto que jode mucho mas el viento que el frio en si mismo. Pero yo corro en el cauce de un rio, que quieras que no, transformado en jardin y lo que quieras, es humedo hasta decir basta. Así que no importa que no te pares, o que te abrigues bien: Te cala. Si uno es friolero, no puede correr asi.

  5. Bueno, Mycroft, Cucumberland es un gigantesco lago desecado. La humeda cala también aquí, aunque es seguro que menos que a la vera de un río. A veces llego a casa con tal cantidad de sudor en la camiseta que no puedo creer que tenga tanta agua dentro del cuerpo.

  6. Vaya Alex, tengo un amigo que corre habitualmente, y relata el mismo entusiasmo que tú, es fácilmente comprensible, creo, tendré que probar algún día…

    La historia de Zatopek es preciosa, hace años vi un documental sobre su vida, muy emocionante, y este post me lo ha recordado…

  7. Hazlo (si piensas volver a correr) con mucha precaución, Amaya. Poco a poco. Hacerlo de algún modo te restaura. Te vuelve a construir. Es difícil de explicar lo que se siente cuando la agonía del agotamiento te invade.

    Los detalles sobre la vida de Zátopek los saqué de la biografía que le dedicó Courir. Una vida intensa la suya. El momento en el que toda Praga saca escobas a la calle para unirse a él es precioso.

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