La noche antártica dura 300 días…

En realidad dura menos, como 130 días, pero debía cuadrarlo con el posteo…

La última película de mi año ha sido “My blueberry nights” de Wong Kar-Wai. Iniciático viaje por carretas sin final y sentimientos desbordados. Elizabeth (Nora Jones) llega por azar al bar de Jeremy (Jude Law) una noche de desamor en quiebra. Con él traza una línea discontinua de sentimientos perdidos. Le relata su historia y él le ofrece un envase en el que depositar las llaves de su fracaso. El tarro está lleno de historias de lo que pudo ser y no fue. Saturada, Elizabeth inicia un viaje a través del país para tratar de olvidar su dolor. En Tennessee conocerá a un sheriff loco de amor (David Strathaim) que no puede olvidar a una chica (Rachel Weisz). Ella ha decidido que el mejor modo de pasar página consiste en buscar un hombre distinto por noche. Él, por su parte, se oculta tras miles de copas de alcohol que tratan de ofuscar sus sentidos para no tener que pensar en ella. Su problema consiste en que no puede olvidarla.

El problema de ella consiste en que quiere y no puede olvidarle a él. El pecado de él consistía en que la quería demasiado, su amor la asfixiaba. Pero cuando él le faltó…

“Sólo quería que me dejara ir. Y ahora que lo ha hecho me duele más que cualquier cosa en el mundo”

El amor es contradictorio, Wong Kar-Wai lo sabe y lo explota. En su historia Elizabeth huye y Jeremy trata de encontrarla. Le sigue el rastro tras los huellas que deja en los bares del país en los que trabaja.

La segunda historia de la que Elizabeth será testigo es la de Leslie (Natalie Portman). Leslie es una jugadora de poker profesional que cree saberlo todo y cree conocer a todo el mundo. Todos le han fallado, de tal manera que se ha convertido en una cínica que desprescia el contacto humano. De su error nacen sus derrotas. La muerte de su padre, de la que no formará parte, le hará darse cuenta de que tal vez esté equivocada. Su historia duele por lo inevitable de su desenlace. Ella misma lo ve venir y es incapaz de ponerle solución.

“Querido Jeremy…

En los últimos días, he estado aprendiendo en como no confiar en las personas. Me alegro de haberme equivocado.”

No es, desde luego, la mejor película de Wong Kar-Wai. Incluso al principio, cuando Elizabeth duerme en brazos de Jeremy, llega a utilizar la inolvidable melodía de “Deseando Amar”. Elizabeth es consciente, como lo es Jeremy, de que no puede ayudar a los demás por mucho que lo desee, pero puede ayudarse a sí misma. Y de ese modo acabará, trescientos días después, dormida en la barra de un bar. Y Jeremy la besará, como llevaba deseando hacerlo trescientos días. Hay historias que nacen y hay historias que mueren a cada momento.

Último posteo del año para la última película que he visto este año (tal vez la mejor, no lo sé). No han sido demasiadas en 2008, como una décima parte del cine que suelo ver. Tal vez el año que entra sea mejor. Tal vez…

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Doce escenas para doce uvas…

Bueno, este posteo es más viejo que la tos. Lo colgué un 23 de diciembre de 2005. Echando en vistazo a mi viejo blog me encontré con él y pensé que era el apropiado para dar capetazo definitivo al año. Y no, no pienso vomitar toda mi bilis sobre Santa y sus renos. No odio la navidad (el decir esto públicamente hoy día casi equivale a ser políticamente incorrecto), me deprime como a casi todo el mundo, pero no la odio, como mucho me pone tonto. Y supongo que para eso (y para derrochar la paga de tres meses) fueron creadas. Asocio las navidades a la melancolía. Al recuerdo de días mejores. Pero como esto va de cine (cada vez menos), he aquí 12 fotogramas navideños. Intentaré ser original y no colocar más de dos o tres de las referencias estacionales obligadas…

CORAZÓN INDOMABLE

Bueno, supongo que todos tenemos una película fetiche. Ésta es la mía. Hasta cinco veces fui a verla (en un cine que ya no existe) el verano del 93. La taquillera, al verme acercarme a la ventanilla, ya tenía preparada la entrada para sala dos. Era muy joven y estaba colado por Marisa Tomei (de hecho, aún lo estoy), además de sentirme peligrosamente identificado con el friki de su protagonista. En fin, vista objetivamente, la película con suerte llega a correcta. Pero yo soy incapaz de ver las cosas objetivamente.

LA ESCENA:

Es nochevieja. Adam (Christian Slater) espera sentado en el porche de la casa de Caroline (Marisa Tomei), a pesar de haber sido invitado. Caroline le ve por la ventana y sale a buscarle…

Caroline: “¡¡Estás aquí!! Pero por qué no has entrado a cenar… con unos completos extraños (sonríe)”

El estallido de un cohete les ilumina, es año nuevo. Se besan tímidamente y se acomodan en el banco de madera para observar los fuegos artificiales.

EL NOVIAZGO DEL PADRE DE EDDIE

Habitualmente se la considera una película menor de Minelli. Habitualmente la crítica más sesuda se equivoca.

LA ESCENA:

El padre de Eddie (Glenn Ford), abandona la fiesta de año nuevo para ver cómo se encuentra su hijo. Al subir a su cuarto, le encuentra dormido junto a la ventana semiabierta. Le recoge suavemente y le acuesta en el momento justo en el suena el “Auld Lang Syne” de fondo y el cielo se llena de polvora.

EL APARTAMENTO

Él era un hombre corriente al que todo le salía mal y ella era una chica corriente con tendencia a meterse en problemas. Él no era anímicamente muy fuerte, tendía hacia la melancolía. Ella escondía su fragilidad bajo una fachada aparentemente dura. Así las cosas, la última frase sólo podía ser una: “calle y reparta las cartas”.

LA ESCENA

Cerca de la medianoche de año nuevo, la señorita Kubelik corre en busca de Dexter al darse cuenta de que éste la ha querido en silencio durante años. Al subir las escaleras escucha el sonido de un disparo, desesperada llama a la puerta. Dexter la abre con una botella de champagne recién descorchada en su mano. Juntos comenzarán el nuevo año jugando a las cartas.

MIENTRAS DORMÍAS

En una ocasión, escuché lo que sigue sobre la película: “La dirección es plana, su guión predecible, su trama fútil… Sin embargo funciona. Es más, son los universitarios, gente con un nivel de preparación superior, la mayoría de público”. Evidentemente el tipo que lo dijo era un imbécil, aparte de un snob. Por no hablar de su desconocimiento absoluto de la naturaleza del universitario hispano. Pero tenía razón en algo: la película funciona.

LA ESCENA:

Tras pasar varios días juntos, Jack (Bill Pullman), el desconfiado hermano del durmiente Peter, acompaña a Lucy (Sandra Bullock) a su apartamento. El piso helado, convierte el trayecto en una sucesión de caídas y risas cómplices. Al despedirse, Lucy se vuelve para ver a Jack marcharse, éste a su vez, hace lo propio unos segundos después cuando Lucy ya no está. Acaban de darse cuenta de que se han enamorado. Al final, el día de año nuevo, una bola de nieve con la silueta de Florencia sirve de fondo a un tren que emprende su marcha. A bordo de ése tren comienza una nueva vida.

CUANDO HARRY ENCONTRÓ A SALLY

Película de referencia para toda una generación. Posiblemente la mejor comedia de la década. Guión redondo de Nora Ephron y dirección a la altura de un maestro nunca suficientemente reconocido, Rob Reiner.

LA ESCENA:

A pocos segundos del fin de año, Harry (Billy Crystal) cae en la cuenta de lo mucho que necesita a Sally (Meg Ryan) y atraviesa la ciudad en busca de ella.

MEMORIAS DE ÁFRICA

El canto del cisne de Pollack que difícilmente será superado. Su admirable contención esconde la pasión más pura. Para algunos no llega a la altura de la novela de Karen Blixen. Siento disentir.

LA ESCENA:

Denys Finch Hutton (Redford) se encuentra acompañado por una joven durante la celebración de la nochevieja. Allí se encuentra con Karen (Streep) a quién saluda cálidamente. Se despiden tras intercambiar algunas frases. Karen le observa con tristeza. Finch Hutton lo hace después, cuando ella no mira.


Poco que decir sobre la obra maestra de Chaplin. El vagabundo perdedor sigue su rumbo entre nieve, mineros, amores imposibles y botas comestibles.

LA ESCENA:

Es nochevieja. El vagabundo observa a través de una ventana la magnifica mesa que un numeroso grupo de personas ha preparado. Tras unos segundos, sigue su camino.

FORREST GUMP

A día de hoy, sigo pensando que Robert Zemeckis no es consciente de la alambicada complejidad de la película que dirigió. Se puede interpretar de tal cantidad de formas que dudo seriamente de que la peli que vi yo sea la misma que construyó él.

LA ESCENA:

En un cochambroso bar, el teniente Dan (Gary Sinise) y Forrest (Tom Hanks) celebran la nochevieja acompañados por dos fulanas. Al llegar la medianoche, el lisiado teniente eleva su copa y musita en voz muy baja un desesperado: “Feliz año nuevo…”, entre las canciones, los besos y el alcohol.

IF YOU BELIEVE

Estimable telefilm que supongo rechazó Antena 3 por superar la media de calidad máxima permitida por la cadena. Terminó pasándolo la 2 una madrugada de la pasada navidad. Empecé a verla con la intención de irme pronto a la cama y terminé acostándome a las cuatro. Cuenta la historia de una desencantada ejecutiva literaria (Ally Walker) que recibe la visita de una especie de fantasma de las navidades pasadas, encarnado en ella misma siendo niña. Al tiempo, un extraño manuscrito cae en su mesa. Las continuas apariciones de su fantasma, ese libro y el tipo que lo escribió alterarán su frágil equilibrio.

LA ESCENA:

A la vuelta del trabajo, con las calles envueltas en el ruído de la navidad, Susan (Ally Walker), enciende el ordenador y se conecta a un chat. La camara retrocede para mostrarnos la terrible soledad de su estampa frente a una pantalla en una casa vacía.

DÍAS EXTRAÑOS

Impresionante ida de olla de la prometedora Kathryn Bigelow con la que trata de denunciar la intorelancia que nos impide avanzar.

LA ESCENA:

Diría que la escena es aquella en la que el camello minusválido se inserta un chip que le hace correr por una playa. Pero en realidad, la escena es la final, en la que en plena celebración del nuevo año, la policía angelina reparte leña a diestro y siniestro.

CINEMA PARADISO

Evocación sentimental de tiempos mejores y salas de cine convertidas en vehículos de la propia vida.

LA ESCENA:

No creo que haya mejor manera de empezar un nuevo año que tirando los muebles por la ventana. Lo viejo muere y lo nuevo, lo que está por llegar cobra vida. Preciosa metáfora.



Ayer, hoy y siempre…

“An affair to remember” envejece y lo hace a ritmo alarmante según críticos y los dominicales de los periódicos. Como lo hace el cine de su creador, Leo McCarey, virulento cazarojos en su vida personal, dotado de un talento poco frecuente en la profesional que le convirtió en uno de los grandes pioneros de esta historia.

Pumares y yo de madrugada…

Cuando era un crío escuché durante muchos años a un tipo bajito, con mala leche y superviviente a toda costa. Colocaba en un hueco de la cama el aparato de radio grande que un día desecharon mis padres por otro más moderno y manejable, y le escuchaba hasta quedarme dormido. Me identifiqué rápidamente con él: dirigía uno de los pocos programas de cine de la época y sentía por el cine la misma pasión que sentía yo.

Una noche, tras emitir TVE “La Calumnia” de William Wyler, me atreví a hacer realidad el propósito de llamar a su programa que mantenía desde hacía tiempo. Esperé pacientemente a que los habituales llamadores de primera hora, con sus listas interminables y absurdas, pasasen para decidirme a pulsar el número de teléfono de la emisora. Era la primera vez que llamaba a un programa de radio, estaba tan nervioso que no escuché al tipo del otro lado decirme que colgase que ya llamarían ellos. Y pareció que no llegaría mi turno, porque el tipo que estaba en antena en aquel momento hablaba de gachas y de huevos fritos y ese tema le fascinaba al pequeño gruñón. Al llegar mi turno, por fin, mi madre grabó la conversación en una cinta sin que yo lo supiese. Estuve fatal: balbuceaba y le preguntaba incoherencias ante su indiferencia. Hacia el final, pareció que despertaba su interés al citarle a Fassbinder. Entonces se puso a gritar que él había discutido con el director alemán (y casi llegado a las manos) durante un festival de Cannes creo recordar. Luego colgó o colgué y se acabó.

Olvidé el tema y mis futuras presencias en programas de radio cuando mi hermano sacó aquella cinta durante la navidad. Las carcajadas fueron antológicas, yo mismo no me reconocía. Y así fue mi cuarto de hora con Carlos Pumares.

Pecaba por exceso en cada de sus programas. La pasión le consumía. Una vez habló de Méliès y de cómo había terminado sus días mendigando. Como buen histrión se podía sentir su dolor fingido pero real. En otra ocasión, durante su apática respuesta a una de aquellas interminables listas, el oyente sacó a relucir “La Guerra de los Rose” de Danny de Vito.  “Me encanta”, gritó. “El amor no existe, y esta película lo prueba”. Lógicamente en aquel momento discrepé de aquella afirmación que el tiempo está validando.

Cuando su programa “Polvo de Estrellas” (bautizado así en honor de aquella maravillosa canción de Bing Crosby) fue cancelado, sobrevivió de emisora en emisora y de historia en historia. Ha hecho de todo: ha presentado programas de cine prometedores que apenas duraron en antena, ha escrito libros, ha escrito en blogs, ha hablado de medicamentos prodigiosos (mítico momento aquel de Fibergraaaaan), ha aparecido parodiándose a sí mismo en programas basura de televisión. La cuestión es sobrevivir a toda costa porque nunca sabes que ocurrirá tras la esquina.

Aquella noche se despidió de mí sobre las tres y media de la madrugada. Era mi primer año de instituto. A la mañana siguiente les conté a mis amigos lo que había ocurrido la noche anterior, pero no me creyeron. Y ya no puedo demostrarlo, porque aquella cinta de cassette, que misteriosamente siempre aparecía en navidad, se perdió hace años. Ni siquiera mi memoria puede recordar demasiadas cosas. Recuerdo, eso sí, que le cité que acaba de ver “La Calumnia” con Audrey Hepburn en el papel de disimulada lesbiana. Y él pareció sonreír ufano del otro lado. Tenía doce o trece años entonces, ha pasado tanto tiempo…

Más allá del arcoiris…

No es casual que la canción central de “El Mago de Oz” sea trascendental en el desarrollo de “Australia”, la última película de Baz Luhrmann. Los soñadores (como lo es él) tienden a caminar sobre alambres a falta de adoquines amarillos. El problema reside en que si no crees en lo que haces terminás precipitándote en el vacío.

Luhrmann ha coqueteado con el desastre toda su carrera, cosa que le honra, es valiente, pero tarde o temprano debía caer. Lo que no esperaba es que fuese por su falta de fe en un nuevo proyecto descabellado como lo fueron “Romeo + Julieta” y “Moulin Rouge”. “Australia” podría ser mala de no ser porque es peor. Todo en ella huele a rancio, a ya visto, a paladeado miles de veces. Su argumento recuerda la peor novela rosa desvergonzada tan desprovista de pudor (punto a su favor) como de estructura.

La trama sigue los pasos de una noble inglesa que recién llegada al antiguo país prisión, se encuentra con un marido al que no quiere asesinado y con un rancho del tamaño del estado de Maryland que dirigir. El recurso a los lugares comunes y a los personajes estereotipados no faltará. Tenemos al malísimo que no duda en matar a quien le plante cara (David Wenham), al niño repelente que Lurhmann utiliza para insertar su “crítica” social (cuestión que parece importarle un bledo en relación a las cabalgadas de Drover, ese muchomacho interpretado por Hugh Jackman) y, por supuesto, aparecen montones de dóciles secundarios dispuestos a entregar su vida (que por algo son secundarios) para mayor gloria de la pareja protagonista.

En su modo de rodar, el director australiano abusa del efectismo más trivial y de la pose. Lo ha hecho siempre, pero en esta ocasión deja ver sus cartas con demasiada frecuencia. Ni siquiera lo espectacular, cuestión que el domina, lograr sacar del hastío su larguísimo e insustancial metraje. Media docena de momentos remarcables no salvarían de la pira una cinta que ni un bombardeo japonés (parece imposible, pero éste es más aburrido que el rodó Michael Bay en “Pearl Harbour”), ni una estampida de reses (al más puro estilo “Río Rojo”) consiguen dotar de vida. La presumible “decisión” del director (parece que la Fox le aconsejó hacerlo) de cambiar el trágico final previsto por un edulcorado happy end supone la puntilla final para dos horas y media de sufriento enlatado más próximo al mundo de Oz que a las áridas tierras de Kansas.

Tan duro fue el trago que resulta difícil recordar los escasos buenos momentos que atesora “Australia”.  Tal vez el primer e inesperado beso de Drover y Sarah. Tal vez cuando los dos protagonistas buscan refugio final en su rancho antes de la que crecida del río les aísle durante meses del resto del mundo. “Solos tú y yo”, dice Lady Ashley… Y Dorothy canta y une sus pies diciéndo aquello de: “En ningún lugar se está como en casa”. Y cuando cesen las lluvias él volverá a marcharse, pero mientras llueva…

Chocolatinas y Bufandas…

Un malhumorado cartero llamó a mi puerta para, por este orden, reprocharme no estar en casa por la mañana (?) y entregarme una caja llegada desde Barna city. Gracias Mary Kate, por tu gesto y tus palabras. La última vez que alguien me envió algo fue en abril, y lloriqueé del mismo modo al vaciar aquel abultado sobre. Desde hace meses (desde siempre, en realidad) este tipo de gestos me emocionan enormemente. Los gestos definen a las personas, así lo he creído siempre, y el tuyo demuestra lo muy grande que es tu corazón. Gracias.