Castillos en el aire…

Esta mañana, sobre las nueve, la galerna soplaba con fuerza en Suburbia. Tanta que el aguanieve que caía se evaporaba antes de llegar al suelo. Al pasar, camino del metro, por el parque en el que suelo leer, me he fijado en que el indigente que hace pocas semanas se aposentó unos metros más allá de “mi banco”, ha adornado su rudimentaria tienda de campaña con una especie de torreón de cartón adosado en la parte superior de la entrada. Mi hogar es mi castillo supongo que quiere decir con palabras mudas. Podría haberlo fotografiado, pero no pienso restarle un gramo de dignidad más a los muchos de humanidad que seguramente ya ha perdido.

El cine suele representar a los homeless de modo entre paternalista y compasivo. Gran error, pues nada hay peor que inspirar en los demás el sentimiento de lástima. En ocasiones son dibujados como seres orgullosos e integros. Casi siempre, en cualquier caso, despiertan en el mundo de mentira las mismas simpatías como rechazo experimentan los autenticos desarrapados.

En honor de todos aquellos que duermen en bancos, en paradas de metro o en tiendas de campaña coronadas con torreones de cartón, va dedicada esta galería de desheredados de cine…

AMERICAN HEART (1992)

Con intenciones hiperrealistas poco cuajadas, “American Heart” cuenta la historia de un ex presidiario totalmente envilecido (Jeff Bridges) que trata inútilmente de desprenderse de la presencia de su hijo. Dirige Martin Bell, documentalista buen conocedor de la vida en las calles y del entramado que conforma la basura blanca. El experimento, prometedor, no salió del todo bien. Sin embargo, Edward Furlong (que apuntaba hacia una memorable carrera) debió meterse de lleno en su personaje porque su caída en los infiernos parece no tener fin.

EL SANTO DE FORT WASHINGTON (1993)

Hay muchos momentos de cruda y negra belleza en esta película como el instante en el que una vieja conocida de Matt Dillon se sorprende al verle viviendo en las calles y le dice que él era tan prometedor. El pudo ser y no fue.

Un joven con brillante porvenir (Dillon) recibe un día la visita de la esquizofrenia. Su familia no tardará en deshacerse de él, y él no tardará en escapar del psiquiátrico para vivir en las calles junto a un veterano de Vietnam (Danny Glover) que le adoptará e intentará adoctrinarle sobre lo que le espera ahí fuera. Pero el carácter bondadoso del recién llegado le jugará malas pasadas en un mundo que no concede treguas. Una hermosa y olvidada parábola sobre la ausencia de malicia.

ENTRE PILLOS ANDA EL JUEGO (1983)

Para un cínico con tendencia a reírse de todo como terapia (John Landis) la naturaleza humana sólo puede explicarse de un modo. Y el modo es la historia de cómo los muchimillonarios hermanos Duke juegan a ser dioses, destruyendo vidas y creando otras a su antojo. Sin pausa, cada estadio del alma humana es escrutada con un sonrisa en la boca y una frase memorable que la soporta. Diálogos como: “Los negros son muy musicales” o “He perdido la apuesta. Aquí tienes tu dolar” inciden en que los que tienen el poder carecen de corazón y en muchas ocasiones de cerebro. La base rousseniana de su malévolo experimento consiste en desposeer al que todo lo tiene (dinero, novia pija y bonita, un futuro empresarial brillante) y dárselo a un indigente para probar que el éxito está mediatizado por la cuna. No era necesario gastar un dolar para resolver tal dilema.

TALLO DE HIERRO (1987)

Francis (Jack Nicholson) lo tenía todo: Una bonita casa, era un jugador de béisbol reconocido, estaba casado con la mujer a la que siempre había querido y ahora esperaba un hijo. Nada podía ser mejor de lo que era. Hasta que el niño nació y un día se escurrió de entre sus manos. Tanto él como el bebé murieron en el acto. Sólo que él respiraba y recorría las calles como alma en pena siempre en busca de la redención y con una botella de whiskey adosada a su mano.

La novela es extraordinaria. La película no. Héctor Babenco, su reputado director, no encontró motivos ni claves para conectar con la historia y el gran esfuerzo interpretativo de Nicholson no sirvió de mucho.

JUAN NADIE (1941)

Lo que más le gustaba a Capra era someter a sus personajes a terribles humillaciones antes de redimirlos. En “Juan Nadie” esa obsesión suya alcanzó niveles desconocidos. Como punto de partida tomó a dos vagabundos que no tenían nada que ofrecer y les hizo rendirse ante la idea de un plato de comida caliente. Después les condujo por caminos ilusionantes de quimeras sociales imposibles. Finalmente situó a John en la azotea del edificio del ayuntamiento un 31 de diciembre. Sin concesiones, salvo al final, Capra lanza un discurso sobre la desesperanza y la ausencia de objetivos.

EL REY PESCADOR (1991)


La caída en desgracia de un popular presentador de radio le sirvió como excusa a Gilliam para retratar el mundo indigente de la gran manzana y la influencia del azar.

Parry (Robin Williams), feliz profesor universitario, pierde a su esposa después de que un pirado ametralle a los clientes de un restaurante. Abandonado de sí mismo, acaba en las calles convencido de ser un caballero medieval con una misión que llevar a cabo: encontrar el santo grial. Por su parte, Jack (Jeff Bridges), soporta su propia cruz como instigador involuntario de aquella tragedia. El azar hará que se encuentren y que sus vidas retomen el rumbo norte que una vez se perdió.

MY MAN GODFREY (1936)

Un mendigo residente bajo un puente es el objetivo de la ginkana de dos hermanas ricas decididas a encontrar un pobre antes que la otra. Godfrey (William Powell) observará desde ese día el irreal mundo en el que vive la alta sociedad neoyorkina en plena depresión. Godfrey no quiere limosna, quiere un trabajo e Irene (Carole Lombard) se lo proporcionará. El tiempo hará el resto.

Un templo de la screwball que dirigió un genio hoy día olvidado, Gregory Lacava. Imprescindible.

PLACIDO (1961)

Con su habitual mala leche, Luis García Berlanga se mofa de la hipocresía y del espíritu navideño que tanto aflora por tan fatídicas fechas. Para ello toma a un grupo de señoras bien de provincias dispuestas a “poner un pobre en su mesa” el día de navidad para demostrar cuán piadosas son.

Mala hostia sin envasar y lista para ser consumida.

MI IDAHO PRIVADO (1991)

Dos jóvenes que ejercen como chaperos para sobrevivir escenifican la puesta al día de la tragedia shakespiriana de Falstaff. Oseasé, hoy somos amigos, mañana no. Todo es cuestión de galones.

Mike (River Phoenix) no tendría dónde caerse muerto de no ser porque padece de narcolepsia, lo que hace que se sumerja en un profundo sueño cuando las situaciones de estrés se agudizan. Scott (Keanu Reaves) es un niño rico que ha optado por vender su cuerpo como señal de rebeldía contra su padre. Scott se enamora de Mike y Mike se da cuenta de que está a punto de perder a la única persona que le ha importado en su vida. Al final, uno acabará dirigiendo las fábricas de papá, otro tumbado en una carretera. Así es la vida.

ESTA TIERRA ES MI TIERRA (1976)

Aplaudido biopic del gran Woody Guthrie ambientado en la época de la gran depresión. Por entonces, Guthrie decidió conocer la realidad de su país y el resultado fue descorazonador. Pobreza, pobreza y pobreza es lo único que encontró. Compuso montones de canciones que elogiaban la grandeza del skyline de los States y muchas más sobre el dolor de los que nada tienen.

CANNERY ROW (1982)

Inspirada parcialmente en la leyenda de Joe “Shoeless” Jackson, David S. Ward dirigió una extraordinaria película maldita basada en los relatos de John Steimbeck. En ella se cuenta la historia de Doc (Nick Nolte), biólogo marino que trata de ocultar su pasado como jugador de béisbol y una vida privada muy adversa. Para evitar ser reconocido, vive en el barrio de las putas, los jugadores y los vagabundos del pequeño pueblo californiano de Cannery Row. En su opaca cotidianeidad, Doc se enamora de Suzy (Debra Winger), prostituta malhablada y de buen corazón. Romperán mil veces. Volverán a unirse otras mil. Entre tanto, no son pocos quienes sospechan de ese tipo extraño que vive en los arrabales.

Más que recomendable película sobre pasados oscuros y futuros por construir. Se dice que en su día fue mutilada docenas de veces. Una pena…

Y fin…

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2 pensamientos en “Castillos en el aire…

  1. Emocionante, Álex.
    Conmueve ver parques alicatados de pobres que encuentran refugio en un banco. Siempre me dolió ver gente así de machacada, pero el dolor no les da techo ni mi dolor puede remediar el desencanto y la miseria, el dolor más grande que deben pasar quienes así viven… Vivimos vidas extrañas, amigo. Se podría decir que si no fuese por la extrañeza, por el retorcido argumento de que el azar da y quita y que a veces uno tiene lo que busca (no estoy del todo de acuerdo) el mundo sería menos hermoso. La literatura de la calle, que ha dado películas muy buenas. No he visto un par de las que citas. Plácido la vi hace bien poco y me encantó. Como antaño. La vi en una sesión matutina del Cine club de la Escuela de Magisterio en Córdoba. La vi solo en una sala enorme (el salón de actos) acompañado de una rubia que no tenía pinta de alumna de Magisterio y que no había visto en mi vida. Al terminar, recuerdo, me dijo si me había gustado. Quise entablar una conversación (Dios y Berlanga saben de lo inofensivo de mis intenciones a pesar de la edad y del repunte venereo que prometía ese momento cinéfilo-glamuroso) pero me dijo (más o menos) que el cine español sólo sabía hacer dramas de lagrimones, o algo así. Me la imagino viendo alguna de Steven Seagal. Tú, hace poco, escribías sobre anécdotas en salas de cine. Esa es la mía con Plácido. Es cosa de ir recordando y hacer un post ad hoc. Saluditos, y abríguese, que me han dicho que en Madrid hace la tira de frío. Pronto, como sabes, toca ponernos las pilas para el sacrosanto cuento navideño de nuestra vieja Antártida.

  2. El mundo de los sin techo es otro. Hay que vivir en las calles para conocerlo. A mí se me hace un nudo en el estómago cada vez que veo la frágil tienda de campaña azul azotada por el viento. Parece como si se fuese a venir abajo en cualquier momento. Una metáfora de quien la habita.

    No es mala tu anécdota, Emilio. Envidiable, de hecho, el poder cruzar palabras con tu compañera de sesión. Muchas veces vi películas con dos o tres personas en la sala y todos distrajimos la vista cuando enfilamos la puerta de salida.

    El cine español es mucho más de lo que se suele pensar. Ya lo discutimos hace tiempo, recuerdo. Son muchos los prejuicios a derribar.

    Hace un frío del copón por aquí. Llevo muchos días con las manos congeladas. No siento los dedos al teclear, créeme. Pocas ganas tienes de encender el ordenador y postear palabras a la nada, pero es una necesidad, como el correr, aunque nadie las lea.

    No he tenído mucho tiempo estos días, pero lo sacaré de dónde sea para escribir mi parte del trato (la menos importante de todas). Habrá cuento navideño a tres bandas, seguro que sí. Y será un placer tener vuestras letras en mi casa virtual, Emilio.

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