Sí, debo creer…

“Pero usted pertenece a la clase obrera. Tiene que votar al partido democrata”

“¿Y qué más da a quién vote? Mañana tendré que levantarme a las cinco para limpiar la mierda de gente como usted que vota al partido democrata y contrata criadas bolivianas para que le limpien la casa. Mi vida no va a cambiar gane quien gane”

White Palace (1990)

Un día, mi padre llegó a casa, rebuscó en los cajones de la habitación que compartía con mi madre y tomó los carnets del partido comunista y del sindicato afín. Después, se dirigió al cubo de la basura y los depositó allí. No volvió a votar hasta el día 14 de marzo de 2004. Votó por el partido socialista. Según me dijo, se pierde la fe en la gente pero no los ideales. Además, le hacía feliz contribuir a la caída del poder de los peperos. Aquel día yo era presidente de mesa electoral (paradójico para alguien que nunca ha votado) y fui el encargado de recoger su voto. Nunca olvidaré sus ojos vidriosos cuando entró en la sala del brazo de mi madre. Como nunca olvidaré los conatos de agresión mutua que se dedicaron los delegados peperos y los sociatas. Ni el sarcástico modo en que me despidió el primero de aquellos cuando me negué a depositar mi papeleta en la urna.

“Pues vota en blanco”, me dijo

“No voy a votar”

“Sabes que eres un mal ciudadano”, añadió con media sonrisa irónica recorriendo su ancha cara

Desprecio a los políticos y al circo mediático que les acompaña. Esos medios, rendidos a sus respectivos amos, que se dedican a ensalzar o atropellar los gestos de unos u otros, como buenos esbirros que son, tomando los hechos según les convenga. Creo en la justicia que merecen y no tienen los que más la necesitan. Esa justicia que unos enarbolan, mientras conceden mareantes ayudas económicas a los bancos, pero no evitan los miles de desahucios de los que no tienen casi para comer.

Creo en algunas personas honestas (muy pocas). Pero no puedo creer en los políticos ni en los que les siguen ciegamente. Me resulta difícil creer que una persona mínimamente formada se trage un eslogan como: “Yes, we can”, más allá del entusiasmo que pueda generar el artificioso mito pop en el que ha sido convertido Barak Obama en apenas un año.

Pero debo creer en él, porque aún no está contaminado. Porque aún cree que el ciudadano medio (desgraciadamente sólo de su país) tiene derecho a la felicidad, como proclama su constitución. Porque ha prometido bajar los impuestos a los más pobres y subirselos a los más ricos. Porque ha jurado que la educación y la sanidad pública de su país dejará de ser tercermundista. Porque la inexperiencia que muchos le achacan es la misma que arrastraba Georgie Bush jr. (de hecho, la del nefasto presidente saliente se resumía en estrellar un coche, completamente borracho, contra el rancho familiar), y que no impidió que ascendiera a los altares de la alta política. Y sé que me equivoco creyendo pero debo creer. Necesito creer o el cinismo me invadirá y los que proclaman que las élites deben guíar al mundo y que las masas deben limitarse a soportar su peso, serán felices. Debo creer porque personas a las que quiero creen y ellos no pueden estar equivocados. Debo creer o los seguidores de Leo Strauss ganarán y conseguirán recolectar un alma más.

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4 pensamientos en “Sí, debo creer…

  1. Se suele confundir libertad de elección a elegir por cojones. No, no se elige por cojones. Si alguien ha decidido algo tiene derecho (¡ojo!) hasta a equivocarse, reflexionar, retroceder y cambiar de opinión ¿por qué no? ¿quién tiene esa verdad absoluta que no existe? Yo no quiero poseerla, prefiero quedarme con aquella preciosa frase, de cuyo autor no recuerdo ahora el nombre y que venía a decir “No estoy de acuerdo con sus ideas pero moriría por defender su derecho a expresarlas”… o algo así. Y viendo cómo está la ciudadanía actualmente ¿qué quieres que te diga?, algunas veces desearía estar excluido de lo que considero un juego sin igualdad de condiciones.
    Saludos.

  2. Mi decisión fue la de no votar y así la mantendré hasta que alguien me convenza de que estoy equivocado. Es mi decisión y no siempre es respetada. Para unos soy un facha y para otros un rojo. Y en realidad no soy nada de eso. Mi balanza bascula clamorosamente hacia la izquierda (jamás votaría por un partido de derecha) pero soy demasiado crítico con la política en general para depositar mi voto por nadie.

    Creo que fue Voltaire quien dijo aquello que citas. Y es así como todo debería ser: defender el derecho de los demás a pensar lo que les dé la gana siempre que respeten la opinión de los demás. Yo me consideré excluido desde muy pronto. Y el cinísmo político en realidad es una ventaja: Puedes ver las miserias de todos.

    Necesito creer en Obama porque muchos creen en él aunque me cueste hacerlo. Recuerdo que cuando Clinton ganó se le saludó como a un nuevo Kennedy. Cuando lo único que tenían en común era llevar la cremallera bajada todo el día. De hecho, Clinton fue mejor presidente que Kennedy, pero una mamada traicionera le pasó factura y a él no lo mataron, claro…

  3. Kennedy fue un presidente realmente malo, con un romance con la cámara y la oratoria. Fue un desastre en politica internacional (Cuba, Vietnam), y en nacional incluso un inmoral traicionero como Nixon era mejor (Y Nixon tenia a Kissinger, que era siniestro y sin escrupulos, pero no era tonto).
    Suelo comentar que de las facultades de ciencias politicas (que ahora piso poco con el curro) deberían salir escépticos, no creyentes.
    Uno oye a compañeros de clase defender a Stalin o a Franco. Uno aprende a releer a los clásicos con perspectiva historica, y a desconfiar del marketing politico. Y sobre todo uno comprende que la disciplina de partido mata al pensamiento independiente. Que la democracia es un referendum sobre decisiones que otros han tomado (candidatos que otros han elegido). Que la izquierda en este país es de una naturaleza tal que lo mejor es no votarla. Aunque a veces la derecha tiene un aire tal que asusta, y el voto a regañadientes se da.
    Solo he votado una vez en conciencia. También creo que el voto en blanco debería ser un voto de castigo con un mecanismo mejor articulado para mostrar el descontento.
    Estoy politizado. Lo estoy desde el punto de vista de dotarme de conocimientos de la politica como campo de batalla, como sistema que define y decide como será tu vida: Pero lo estoy al margen de los partidos.
    Mi politica es la de Walter Benjamin, la de Debord, la de Voltaite, la de humanistas que se preocupan por el presente.
    Como decía Lenin, la pregunta es ¿Qué hacer?

  4. Desde luego que Kennedy fue un presidente muy mejorable. No se sí nefasto pero no es desde luego el icono en que se convirtió tras su trágica muerte. De hecho, Lyndon B. Johnson hizo más en materia económica y social que él, pero el ser el tipo que inició la terrible guerra de Vietnam (y creer que él mismo podía participar de las acciones militares) le convirtió en un paria la historia. Pienso que Nixon también mantuvo un idilio con la cámara toda su vida. Le encantaban los gestos para la galería siempre que hubiese un fotógrafo cerca. Otra cosa es que aquella fuese una historia de amor con un sólo carril. Sobre Kissinger no puedo añadir nada que no se haya dicho sobre él. Tal vez que en el infierno le esperan deseosos.

    Regímenes como el nazismo, el franquismo o el castrismo no tienen defensa posible. Un sistema que se fundamente en la superioridad racial o moral sobre el resto no tiene sentido. Y si bien es cierto que la derecha huele peor, la izquierda sencillamente no existe. Se me saltan las lágrimas cuando escucho al presidente Zapatero defender el libre mercado o la monarquía cuando cualquier filosofía progresista negaría ambas posibilidades.

    Lo estuve cuando tenía 19 años, pero hace mucho tiempo que no estoy politizado, aunque en ocasiones la vena estalle. Politizado estaba Camus pero él mantuvo siempre sus prioridades: “Mi única obligación en esta vida es la de amar”, dijo. En ese sentido, y siendo amar la acrobacia más difícil, supongo que la única ideología que mantego es la de la justicia social. Creo en muy pocas personas (personas reales, que conozco), pero lo hago ciegamente. Y luego está mi necesidad humanista. No quiero olvidar que primer párrafo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos estipula que todos los hombres nacen y son iguales. La realidad me corrige siempre, pero nadie derribará esta utopía de dentro de mí. Es la única que se mantiene en pie.

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