Entre lo cruel y lo inesperado…

La neoyorkina Nancy Savoca ya había conseguido cierto prestigio al debutar en la dirección con “True Love” (Luna de Miel en Manhattan) cuando filmó su mejor película, “Dogfight” (La Última Apuesta). Con River Phoenix como protagonista, Savoca relata las últimas horas en Nueva York de Eddie, un chico de pueblo camino de la guerra de Vietnam. Una cruel apuesta le llevará a conocer a Rose (Lili Taylor), poco agraciada camarera con la que pasará la noche y descubrirá sentimientos nunca antes experimentados. Tras volver de la carnicería asiática, un envilecido Eddie regresa al lugar en el que conoció a Rose. Posiblemente el único recuerdo puro que le aguarda entre los muchos escupitajos e insultos que recibe su uniforme.

La película no es redonda, ni mucho menos. A Savoca le falta contundencia tanto social como emocional. Sin embargo, consigue dotar de consistencia a la historia de amor fugaz entre Eddie y Rose. Quizás su mayor logro consista en hacer que River Phoenix abandonase su permanente hieratismo en la última escena cuando atraviesa las puertas del bar en el que trabaja Rose. En aquella mirada, entre confusa y esperanzada, se resumen las dos horas de su metraje.

Un día de primavera, hace muchos años…

Discutía amablemente con una amiga sobre si era mejor el libro de Robert James Waller o la película del tío Clint (“Los Puentes de Madison County”). Al final coincidimos en que el libro contiene más información y la película más emoción. Luego me preguntó por qué había visto tantas veces la película, y le contesté que era algo involuntario. Que al salir de casa, los pies recorrían el camino hacia la sala de modo automático. Continuamos camino hasta una céntrica cafetería, y allí afirmé que Robert Kinkaid era feliz cuando se despidió de Francesca. Mi amiga no estuvo de acuerdo. Entonces le recordé un detalle de la famosa escena bajo la lluvia: el va a buscarla y asiente, con media sonrisa cruzando su cara, cuando ella decide no bajar del coche…

El resultado nos hace complices de aquella sensación. Los momentos en los que Robert y Francesca se conocen en aquel club de jazz semiperdido; el modo en el que ella se acuesta junto a él y le abraza cuando la vecina cotilla abandona su casa; la forma de mirar por la ventana, como tratando de impedir que el tiempo avance, de Robert en casa de Francesca…

Algunos de los diálogos de la película son sencillamente insuperables, cuando no terriblemente certeros en sus sentencias…

“No quiero necesitarte porque no puedo tenerte”

¿Crees que lo que nos ha pasado le pasa a cualquiera? Lo que sentimos el uno por el otro… Ahora puede decirse que ya no somos dos personas sino una sola. La mayoría se pasa la vida buscando algo así sin encontrarlo, y otros ni siquiera creen que exista”

“Sólo lo diré una vez. Esta clase de certeza sólo se presenta una vez en la vida”

Bueno… he recuperado el vídeo que monté en su día con la dolorosa escena final. Espero que los tipos de Youtube no me lo borren. Dura sólo un minuto. Échenle un vistazo si disponen de tiempo…

El Rayo Verde…

Dice la leyenda que aquellos que vean el rayo verde juntos conocerán el verdadero amor

Caminaba sin rumbo, con tres mochilas y un cuadro, completamente perdido en Donosti a finales de julio pasado. Serían las cuatro de la tarde cuando entré, agotado, en un bar con la intención de comer algo. Y un tipo, pasados los cincuenta, con amplia barba cana y potente voz me dijo…

“¿Qué llevas en la bolsa?”

“Un cuadro. Me lo han regalado en Barcelona”

“¿Eres de Barcelona?”

“No. Soy de Madrid”

“¿Puedo ver el cuadro?”

“Claro”

Le gustó el cuadro del Rayo Verde que me regaló Mary Kate. Me dijo que había visto el rayo en una ocasión. Nunca olvidaré la sonora carcajada que soltó cuando le respondí: “Yo he leído la novela”. Supongo que captó la involuntaria ironía. Luego se empeñó en ayudarme a encontrar el lugar que buscaba desde hacía horas, pero se me hacía tarde y tenía que tomar un tren…

Tren similar al que pretende tomar la protagonista de la película de Rohmer “El Rayo Verde”. Jules Verne (qué manía con hispanizar su nombre real) escribió la novela original en 1882. Poco más de cien años más tarde, en 1986, este libro llegó a mis manos…

Lo leí de inmediato y ya quedé prendado de la leyenda del rayo verde para siempre…

La novela (seguramente la mejor y una de las menos celebradas de Verne) cuenta la historia de Elena, una joven consentida que viaja junto a su familia a las costas de Escocia en busca de contemplar el fenómeno atmosférico. A ellos se unirá Oliver, pintor de poco éxito del que se enamorará Elena. Muchos incovenientes impedirán que los expedicionarios vean el rayo verde, hasta que (no lean si no han leído la novela y tienen intención de hacerlo)…

“Por fin sólo quedó un ligero segmento del arco superior flotando en el horizonte.

¡El Rayo Verde! ¡El Rayo Verde! -exclamaron al unísono los hermanos Melvill, la señora Bess y Partridge, cuyos ojos se había impreganado por un cuarto de segundo con aquella incomparable tonalidad del último rayo del sol. Únicamente Oliver y Elena no habían visto nada del fenómeno que acababa de producirse, después de tantos intentos infructuosos. En el momento en que el sol lanzaba su último rayo a través del espacio, sus miradas se cruzaban olvidándose de todo en la mutua contemplación.

Pero Elena había visto el rayo negro que lanzaban los ojos del joven; y Oliver el rayo azul que se había escapado de los ojos de la muchacha.

Tres Historias…

ETERNAL SUNSHINE OF THE SPOTLESS MIND

La estación de tren de Montauk un día cualquiera. Y una chica con el pelo azul que te mira en el andén…

LOST IN TRANSLATION

Tokio. Soledades acompañadas que encontrarán su lugar por unos días. Sólo por unos días…

IN THE MOOD FOR LOVE

Hubiese bastado con tan poco. Sólo un gesto…

Esta tarde me he dado cuenta de que en la anarquía que reina entre mis películas, éstas tres estaban juntas. Curioso. He extraído algunos fotogramas de su metraje. Cuentan tres historias. Una acabaron bien (más o menos), otras no comenzaron…

¿Comedia Ligera?

Obra menor, tal vez, pero ¿comedia ligera?… Resulta curioso que la mayor lucha de los Coen les enfrente a parte de sus defensores. El más frecuente calificativo que define su última propuesta, “Quemar después de leer”, es el de comedia ligera en contra de los que tachan a la cinta de fallida, cuando no de una porquería de dimensiones bíblicas. Y dudo mucho de que los hermanos sean conscientes del significado de la palabra “ligera”. La comedia, siempre hermana pobre de todo género, debe cargar con semejante palabro que algún día un crítico aburrido inventó para definir una comedia que ni le defraudó, ni le entusiasmó. Sin embargo, nadie osará nunca a encasillar un western, una película bélica, y no digamos un drama, como ligero. Puede ser decepcionante para muchos, pero nada hay de “ligero” en “Quemar después de leer”. De hecho, y en homenaje al cine frenético de Howard Hawks en el que sus personajes nunca dejaban que su vaso posase la mesa, sus protagonistas son presentados tal y como son…

Nunca abandones una copa aunque tu vida esté en juego… Dijo Hawks que el desarrollo de una película no debía tener pausas. Por ello sus personajes casi siempre tenían vasos o pistolas en la mano. Osbourne Cox tiene ambas opciones asidas.

La película echa mano del azar (tan frecuente en la filmografía de los Coen) para narrar la historia de Linda (Frances McDormand), empleada en un gimnasio que encontrará solución a sus problemas de liquidez gracias al hallazgo, por parte de su compañero Chad (Brad Pitt), de unos papeles clasificados perdidos por el ex-agente de la CIA, Osbourne Cox (John Malkovich). A raíz de ello, se sucederán los equívocos con el único objetivo, por parte de los Coen, de mostrar la naturaleza humana en toda su bajeza y relativo esplendor.

Los Coen filman una comedia de media sonrisa y tintes negros en la que los inocentes pierden y los pícaros ganan. Si es que alguien gana, porque su poso final es tan amargo como su desarrollo. Los agentes de la CIA son presentados como inútiles paranoicos que ven conspiraciones donde no hay más que una mujer insegura en busca de una operación de tetas. El resto de los personajes no sale mejor parado: Osbourne Cox es un cascarrabias atrapado por un matrimonio infeliz que vacía las botellas de ginebra a las diez de la mañana. Harry Pfarrer (George Clooney) un infiel crónico (liado con las esposa de Cox) que se revelará como un niño asustado en cuanto las cuestas arriba comiencen a sucederse. Y Linda Litzke (Frances McDormand) una mujer que se enfrenta a la madurez física con una inmadurez emocional digna de su compañero de trabajo Chad (Brad Pitt). Los Coen se burlan de dos de los grandes totems de la cultura popular americana: los gimnasios y el sexo. No es casual que Linda y Chad (los bobos que desencadenan la maquinaria del azar) trabajen en un gimnasio, como no es casual que todos los personajes sean infieles. No son casuales los detalles que los Coen incluyen, como el que el necio Harry Pfarrer duerma en almohadones adornados con la bandera estadounidense durante sus “aventuras”.

Los Coen no son sutiles a la hora de mostrar sus cartas. Linda se rie burdamente con un gag sin gracia en un cine mientras su compañero de asiento (cita concertada por un site de ligoteo de internet) mantiene su rictus inalterable. El resto de la cita (cena y sexo) será tan monótono como era de esperar. Días más tarde, Linda repite carcajada frente a la misma película y el mismo gag pero con un compañero diferente (George Clooney). Durante el resto de la noche todo será diferente. Al final, el primer tipo es mostrado fugazmente en el mismo parque en busca del amor esquivo. A pesar de su cinismo, hay compasión en su modo de mirar el mundo.

Compasión que no se manifiesta a la hora de mostrar lo que el terrible destino que depara a los personajes menos envilecidos. Así, Chad y Ted (maravilloso Richard Jenkins, enamorado inocente y secretamente de Linda) culminarán su lastimoso caminar en el mismo lugar y del mismo modo, mientras que Linda logrará su trivial objetivo que tanto dolor habrá ocasionado a cambio. En la lógica de los Coen el azar no es justo. De hecho, golpea a quien menos palos merece. El sentido de la justicia no forma parte del azul.

Al final, la cámara se alza sobre las nubes. Una historia más en el laberinto de los días. Una película más de los Coen. Quizás de transición (para mí no), pero eso de ligera…

Delirium Tremens (pero tremens)…

Ya sólo le quedan dos meses a este horrible año que parece no querer terminar. El peor año de mi vida que no se enderezará en lo poco que le resta, me temo. Pues bien, ayer rendí la primera de las tres rondas médicas que me quedan: Endocrinología. Y relato esto, que no viene a cuento, porque la doctora me abrazó al ver que ya estoy en los 65 kilos después de haber perdido no 13 ni 15, sino 17 kilos según me contó. Cinco o seis kilos más y ya estarás reparado, me dijo. Su entusiasmo era tal que le faltó poco para soltar una lágrima. Y bueno, así me veía hoy en el espejo de mi casa…

No se ve una mierda, menos con esa manía mía de vestir de negro, pero ya se hacen una idea…

Luego, fijándome en ella (la doctora) me di cuenta del asombroso parecido que guarda con Sarah Silverman (adorable Sarah Silverman). Y recordé los chistes de barrotes y penes que le soltó a Paris Hilton en su cara durante la entrega de unos premios y aquella inolvidable (y cierta) sentencia suya:

“Si te duchas con tu novio, te garantizo que cuando salgas tus pechos estarán relucientes y limpios”

Adoro a esta mujer. Por cierto, estaba especialmente bonita en los alucinógenos créditos de “Algo Pasa con Mary”, en los que se marca un breve solo.

Y todo ello me llevó a pensar en que la comedia de los Farrelly no merece ser recordada del modo en que lo hice ayer. Ellos celebran la vida, ensalzando todas sus miserias y el dolor que pueda surgir trantando de esprimir cada gota de felicidad. Por ello, creo que lo mejor será recordarla con una canción incluida en su espléndida banda sonora.

Ahí están, con inconfundible aire ochentero, los escoceses Danny Wilson (cinéfilo nombre el suyo) con su “Mary’s Prayer”, insistiendo en que sólo el amor puede salvarte con uno de los más pegadizos estribillos jamás escritos:

“Save me, save me
Be the light in my eyes
What I wouldn’t give to be
When I was Mary’s prayer”

Pues eso…

De cómo hacer lo correcto siempre es doloroso…

Ted: Él nunca dijo cosas malas de Warren. Él adora a Warren. Y por lo que me ha dicho por teléfono, también te adora a ti. Es con quien deberías estar.

Brett Fravre: Es cierto, Mary. Sabes que siempre te he querido.

Ted: Me siento como un idiota. Hoy me he dado cuenta de algo. No soy mejor que ninguno de éstos. Ninguno de ellos te quiere en realidad. Sólo sienten fijación por ti, por cómo les haces sentir con ellos mismos. Y eso no es amor, es… no sé lo que es, pero no es amor.

Dom: Por favor, Mary, no se te ocurra hacerle caso. Es sólo otra de sus estúpidas artimañas.

Pat: Oye, Stroehmann, tú no eres más que un fullero de mierda. Vas a tener la cara de decirnos que no estás loco por esta chica.

Ted: Así es. Buena suerte, Brett. Es una gran chica, cuída de ella. Nos veremos, Mary.

Mary: Adiós, Ted.

Ted: Adiós…