Antes de que sea demasiado tarde…

Cuando era niño compraba el TR. Las reseñas que dedicaban a las películas que emitiría TVE (y entonces eran buenas películas) conjugaban lo escueto y lo brillante, haciendo buena aquella sentencia: “lo bueno si breve…”.

Entre los cronistas habituales se encontraba Fernándo Méndez Leite. En una ocasión, en una reseña dedicada a “Las uvas de la ira”, escribió que Henry Fonda era el más grande actor de la historia del cine. Pero al final añadió que Paul Newman era el único que podía hacerle sombra. Con la ventaja para éste último, de seguir vivo.

Se necesitarían mil páginas para repasar su carrera y su vida. Baste con tres momentos puntuales. La muerte de su hijo Scott, que le marcó de una manera indeleble de por vida. Su, en principio alabada y finalmente despreciada, faceta como director, que se cerró con aquel bellísimo harakiri, “El Zoo de Cristal”. Y su papel en “El Buscavidas”.

Robert Rossen tenía claro cada plano, cada línea de diálogo, cada pose. Newman, Jackie Gleason y Piper Laurie le entendieron. De hecho, Newman se dejó el alma en aquel papel que entendía como el más intenso de su carrera. Hasta tal punto llegó la obsesión del director por controlar cada aspecto del rodaje, que quiso supervisar las fotografías promocionales. Y un hecho habitualmente mecánico, terminó por determinar la esencia de los personajes. Rossen pidió a su pareja de protagonistas que interpretasen las poses. Él necesitaba a la chica coja y ella le necesitaba a él. Tenían que demostrarlo. El resultado fue espectacular…

La sensualidad que transmitía la fotografía fue censurada en muchos países. Pero a Rossen le dio igual. Había conseguido que los actores comprendiesen a su personajes.

Ahora le toca marcharse. Morirá rodeado de los que le quieren y a los que quiere. Faltará uno, pero hace mucho tiempo que falta. Por muy dolorosa que sea, ya se ha acostumbrado a su ausencia. Ahora cobran sentido muchas de las cosas que dijo hace un par de años.

Es uno de los pocos actores a los que he visto envejecer en una pantalla. Lo ha hecho con orgullo. Sin avergonzarse nunca de sus arrugas o de su pelo blanco. Le debo tanto. Muchas horas en la oscuridad observando sus mohínes. Escuchando sus palabras. Observando como me observaba su mirada azul.

Ojalá la medicina se equivoque.

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