El Soldado…

Antes de abandonar este lugar a su suerte sucedieron muchas cosas. Una de las más relevantes duerme en este momento a escasos tres metros de mí. Además publiqué un libro del que me siento muy orgulloso pese a ser consciente de sus limitaciones. De vez en cuando presento una película en la Filmoteca de Navarra. No soy un orador brillante, sin embargo al menos en media docena de ocasiones quedé contento de mi trabajo. Incluso escribí durante un par de años en una revista digital y fui entrevistado en un par de programas de radio. Así, leído de modo aséptico, podría parecer que han sido años fructíferos profesionalmente hablando. No lo han sido. Muy al contrario, han sido frustrantes en parte porque abandoné a su suerte este lugar en el que fui feliz.

En una escena de la extraordinaria “Tierras de Penumbra” un profesor le cuenta a su alumno el motivo por el que ama los libros: “Leemos para saber que no estamos solos”. Subo la apuesta metiendo en el saco a las películas. Cuando en 2004 comencé a leer blogs de cinéfilos se amplió mi horizonte mental de modo inimaginable. Compartir tus filias y fobias con otros, siempre con respeto y empatía, te hace mejor y aleja el complejo de endogamia y ombliguismo que acecha a todo cinéfilo. Llegar a conocer personalmente a algunas de las personas que conocí a través de este lugar fue aún mejor. Después llegó el apagón (en cierto modo, el sacrificio) forzado por la mejor de las causas: mis hijos. El amor que siento hacia ellos va más allá de todo lógica, sin embargo este lugar, de vez en cuando, se abría camino entre pensamientos de horarios de comidas, paseos y pañales.

Durante el apagón he recordado a menudo a ese genio de la magia argentino llamado René Lavand. Un mago propio de ser representado por Danny Rose: demasiado viejo, manco y contador de historias. Tengo grabada en mi memoria una de aquellas historias que convertían sus trucos en actos de fe poéticos. La historia del soldado que tras la batalla quiso volver al frente para encontrar a su mejor amigo. “Está muerto. ¿Para qué quieres volver?”, le dijo su superior. “Debo volver”, contestó el soldado. Su superior le repitió varias veces que su viaje era inútil y peligroso. “Está muerto”, decía uno, “Debo volver”, contestaba el otro. Y el soldado se marchó. Varias horas más tarde regresó con el cuerpo de su amigo cargado sobre sus hombros. “Te lo dije, está muerto”, señaló su ufano superior. “No lo estaba cuando llegué”, contestó el soldado. “Llegué a tiempo de escuchar sus últimas palabras”. “¿Qué dijo?”, preguntó su superior. El soldado enjugó sus lágrimas y con voz quebrada contestó: “Sabía que vendrías”.

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Cuatro cuentos y una canción de Navidad…

Han pasado doce años desde que en este blog se celebra la navidad con una reunión de amigos contando historias alrededor de una hoguera virtual. Nunca pensé que fuese a durar tanto, y este año (tortuoso) está suponiendo una prueba esa convicción. De hecho, en esta ocasión la logística ha sido tan compleja que la publicación de los cuentos se ha desplazado del día de nochebuena a la noche de reyes, día con menos pedigrí pero suficientemente evocador.

Lo cierto es que ya no somos los mismos. Envejecemos y mostramos los cambios que experimenta nuestra alma a través de cuentos que deben leerse entre líneas. Las huellas de nuestra trayectoria vital se encuentran en nuestros cuentos. Nuestros momentos vitales están ahí, ocultos entre las letras. La navidad es el pretexto perfecto para vaciarnos un año más.

Pero antes de leer, escuchemos una canción. Desencantada y melancólica como lo es la navidad, como lo son los cuentos de este año. Una canción tan hermosa que no parece carcomer por dentro cada vez que  Tom Waits lanza una andanada de su voz cavernosa directa a nuestro flanco más vulnerable.

Sean felices. Feliz Navidad a todos…

 

UN LUGAR EN EL MUNDO

Por Mycroft.

El mundo nos rompe a todos, más después, algunos se vuelven fuertes en los lugares rotos.”

(Hemingway)

“Cuando comparas los dolores de la vida real con los placeres de la vida de la imaginación, nunca querrás volver a vivir, solo soñar para siempre”.

(Alexandre Dumas, El conde de Montecristo)

No se puede simplemente idear una buena historia; tiene que ser destilada”.

(Raymond Chandler)

*

Crujía la habitación con el frío, crujían los azulejos de mosaico de las paredes, crujía el cabezal de la cama de madera carcomida, crujían las ventanas con barrotes y cristales rotos, crujían hasta las magras sábanas

En ocasiones ella se despertaba y no sabía donde estaba, o más bien creía estar en otro lugar. Creía sentir el peso de las mantas lejanas de la habitación de su infancia, sentir el calor confortable del viejo cubil, cuando todos no estaban todavía muertos o perdidos por el mundo. Era una sensación espectral, como un miembro fantasma que le pica a un tullido, un cálido espejismo que se desvanecía para dejarle con el frío crujiente de la calle o del sanatorio.

Era más piadoso llamarlo sanatorio que manicomio. Sus muñecas despellejadas por las correas palpitaban a la luz de la luna, un dolor sordo, pulseras ceñidas teñidas de sangre seca, sangre vieja, sangre antigua, de horas, días, ¿meses? Pasados,

Soy un peligro para otros y para mi misma. Soy un peligro para otros y para mi misma. Un ejercicio de cambio de conducta prescrito por los sabios de bata blanca. Escríbelo mil veces en tu cuaderno. Al finalizar, escríbelo mil veces más, hasta que dos mil veces se vuelven diez mil veces, y cúantas diez mil veces hacen una vida entera, con los lápices de punta roma, nunca afilada, requisados cada noche, porque la pluma es a la vez una espada, y los renglones pueden torcerse en versos por los márgenes del papel pautado en líneas azules e infantiles, líneas que la definen. Un peligro.

En ocasiones ella despertaba y pensaba que seguía en la calle, un fardo en el suelo cuyo pecho rítmicamente se movía como un fuelle, mientras soñaba con una libertad basada en la falta total de expectativas. En una brújula rota, en un reloj parado que había sido toda su herencia. La calle significaba precaución, especialmente en los últimos meses que veían la década de los sesenta morir.

Despertar de pronto y notar una mano encallecida, marrón, de largas unas ennegrecidas taparle la boca mientras su par le subía la falda, sabedora de la impunidad de joder a una paria, a alguien que es nadie para todos. Los grupos de idealistas y buscadores de una vida auténtica de unos años antes habían aumentado en manadas de gentes desconcertadas, famélicas, y desesperadas, adictos a las drogas, y con ellos habían venido los proxenetas, los dealers, los salvajes, rompiendo el sueño, rompiedo a la gente.

Negarse a moverse de un parque cuando un policía le había zarandeado como a un muñeco en el aire, como quien lanza piedras a un perro para que se aleje. Resistir, reivindicar su derecho a vagar libre, sin rumbo, a no ser un objeto útil de la sociedad, un ama de casa, una secretaria, una madre, un papel en una película que no hubiera escrito, se tradujo en un golpe que le saltó cuatro dientes, se tradujo en el internamiento. Histeria primero. Sociopatía después. Etiquetas que colocar a un abrigo viejo que se entierra en el desván.

-Tengo frío- se escuchó decir.

-Yo también- dijó habitación 36. Habitación 36 era la chica del habitáculo contiguo.

**

-Dos chicas de Las Hermana Caritativas de San Francisco han desparecido. Una de ellas, pobre saco de huesos, una vagabunda. La otra la heredera del imperio de ketchup Heiss. Psicótica. Como una cabra.

Phillipp Chandler escuchaba al policía recitar con voz monótona la historia, mientras liaba un cigarrillo. Como todas las historias, uno no puede fiarse del narrador. Especialmente de un narrador desganado. Smith Jones había decidido subcontratar el caso, porque exigía demasiada imaginación.

-No me gusta, Chandler. Dos habitaciones cerradas con llave, ventanas con barrotes. No me gusta. Y no quiero ser el que señale con el dedo a nadie.

-Eso me lo dejas a mi, claro.- Acabó de cerrar el cigarrillo lamiendo el papel y lo dejó junto a otros tres en su escritorio. Tal vez más que un vicio era un hobby basado en las manualidades.

-Por un precio- ¿Por qué tenía la bofia que ser siempre tan despectivos? Como si ellos no tuvieran cada mes un cheque.

-Por un precio- Repitió Chandler entornando los ojos, levantando el mentón y señalando con la cabeza el mueble bar con botellas a sólo dos tragos de ser vaciadas- Sé que soy un cliché de las películas de RKO, pero ese mueble bar no se llena con sonrisas y buena voluntad.

-Ponte en marcha. – Smith hizo un vago ademán con la mano- Puede que hallan enterrado en ese antro a la loca del ketchup, pero es malo para los negocios que además de tener una tarada por hija, se sepa que la has abandonado. Heiss nos anda jodiendo todo el día.

-Y eso fastidia tu fabuloso ritmo de trabajo, tu rédord de cero casos resueltos por hora.- Phil esbozó una sonrisa mordaz

-Jódete Chandler- escupió Smith.

-El aprecio es mutuo- dijo el sabueso mientras se ponía el sombrero fedora cubriendo su grasiento y escaso pelo.

***

Ellas pasaron la noche calentándose en el fuego de la esperanza en el que tantos han ardido y perecido, Habitación 35 y Habitación 36 susuraban secretos hendiendo el silencio con palabras como dagas. Habitación 36 creía todavía que era posible salir de allí, creía que su abuela materna no permitiría que aquello durara más. Aunque en su fuero interno dudaba de que la voluntad de aquella mujer que le acarició el pelo en noches de historias familiares, de cuentos de la guerra civil, de canciones navideñas, fuera tan firme, y que su decrépito estado le permitiera un rescate. Sin embargo intentando convencer a Habitación 35, casi conseguía convencerse a si misma.

-Ha estado enviándome mensajes en postales.-su voz temblaba- Vendrá.

-¿Y cómo han pasado la censura?- Objetó 35.

-Estaban en clave.- 36 parecía segura- Sólo yo podía entenderlos.

-Claro, estaban en clave- Habitación 35 casi sonrió.

-Vendrá. Aprovechará que es temporada de visitas. Tiene un plan.

-Tiene un plan- 35 hizo esfuerzos por no sonar burlona- Bueno, es más de lo que tenemos nosotras. ¿Tu también estás atada?

-Si- dijo escuetamente 36- Duele.

-¡Silencio!- El guardia entró violentamente en la habitación 35, con sus grandes zancadas, con sus brazos gigantes- ¡Calláos!- Apretó las correas de 35, hundiendo la carne de sus muñecas surcadas de marcas como lechos de ríos secos de tiempos antiguos.- Jugáis con fuego, niñas, jugáis con fuego.- dijo de forma cruelmente condescendiente, en su mente paternal- Estáis a una frase para que os apunte a la excursión al doctor Lobotomía.

Las palabras de pronto se secaron en las gargantas de ambas, y la llama de la esperanza se volvió azul como una vela en una habitación cerrada cuyo oxígeno menguante parece sofocarlo todo. Porque sabían que era una excursión de la que no volvía nadie.

Hicieron patéticas promesas de sumisión, ruegos, muestras de contricción que provocaron una sardónica sonrisa satisfecha del enfermero.

-De todos modos, tengo que informar a las Hermanas. Sabéis, Caritativas sólo lo son en el nombre que cuelga de ese muro de ahí fuera. Todas vosotras necesitáis mano dura- concluyó, satisfecho de su lección- mano dura es el único lenguaje que entendéis.

****

Smith y Chandler examinaron las habitaciones. Los celadores aseguraron que estaban cerradas con llave. Las ventanas, aunque rotas, algo que dejaba poco a la imaginacióan acerca de la calidad del lugar, tenían los barrotes intactos. Era el clásico enigma de la habitación cerrada. Pero la calle Morgue quedaba a miles de kilómetros de distancia.

-Bonita pulsera- Chandler tocó el cuero de las correas. Smith miró a uno de los dos celadores e hizo un gesto vago con la cabeza. Desaparezcan, pareció indicar. Lo hicieron.

-¿Qué opinas?- Smith masticó despacio las palabras dando a entender que tenía su propia opinión.

-Alguien miente. No es que me sorprenda. Pero o bien salieron por la puerta con ayuda y la negligencia está siendo tapada. O bien salieron por la puerta, con otro tipo de ayuda. O son las hijas secretas de Houdini.- Chandler hizo una pausa- No es exactamente el Ritz, y cuando entramos por la puerta, no me pareció que nadie estuviera recuperando el juicio aquí. Especialmente los loqueros- Smith se acariciaba la barbilla pensativo.

-No voy a decirte cómo hacer tu trabajo- Dijo despacio Smith- Pero te voy a decir algo. No voy a golpear un panal de abejas con un bate. Tú estás en el caso. Me ocuparé de que tanto si descubres algo, como si no, sea tu nombre en negrita en los diarios el que tenga la culpa.- Smith suspiró- Tienen un bonito negocio aquí montado.

-Ya pensaba yo que un caso como este la policía no me lo mete en el bolsillo por solidaridad profesional- Chandler chasqueó la lengua- me rompes el corazón.

-Si tuvieras uno que romper…- Smith hizo una mueca- eres mayorcito, ya sabes sobre Papa Noel.

-Ahora si no las encuentro…

-Cuando no las encuentres quieres decir- aclaró Smith

-Cuando no las encuentre, los Heiss tienen mi nombre en una diana de dardos y la policía de San Francisco puede quejarse amargamente de los amateurs…

Smith se encogió de hombros- Viene con el trabajo.

Chandler concedió con un ademán de la mano derecha, mientras con la izquierda acariciaba todavía el áspero cuero de la correa de contención.- Me he fijado en que las camas estaban hechas. ¿Te importa ir tirando, y, a la salida, firmar por mi?

-Claro, te has ido antes que yo. De hecho, ya no te veo. Buen truco.- Smith se dirigió a la puerta.

-Voy a velar a un par de fantasmas.- Smith se paró en el humbral. Iba a decir algo, pero simplemente se fue.

*****

El círculo de sillas era un quién es quién de juguetes rotos y lo que una aprendía la primera semana era en que aquella era la herramienta más eficaz para hacerles daño. Todos los secretos que pudieras soltar con la guardia baja en un momento de hipotética catarsis terapéutica serían utilizados en tu contra, figurarían en tu expediente, serían diseccionados, delicadamente fundidos para fabricar balas de plata para derribar al monstruo que habían etiquetado con tu rostro.

Sin embargo, había que dar la apariencia de estar abriéndose, y proporcionar material falso al Dr. Lobotomía, que era quien últimamente presidía el tribunal, quién utilizaba todos los trucos de psicología de programación de las sectas y cultos destructivos. Y se le daba muy bien. La clave era mezclar la metira con trazas de verdad, agazapar las esperanzas con las que llegó a Calfornia huyendo de la violencia del hogar, con su guitarra y un puñado de canciones folk, y hablar eso sí como la esperanza puede romprese cono la madera de un instrumento de músico callejero, hacer crac, y no recuperarse nunca.

Lo que era más inquietante era que últimamente, los viejos rostros iban desapareciendo, la rotación de rostros era mayor, y poco a poco las figuras conocidas se iban desvaneciendo en el horizonte del ayer como un sol de atardecer que no es nunca dos veces la misma estrella.

Nadie comentaba si habían sido dadas de alta. Lo cual significaba que con toda seguridad no había sido el caso. El momento se hacía cada vez más desesperado para 35 y 36.

-A veces pienso que si soy como ellos dicen, que este es mi lugar- susurraba 35.

-¿Cómo te ingresaron aquí?- Preguntó 36 con suavidad. Sabía que en ocasiones, las preguntas como esa son dedos hundiéndose en las llagas más dolorosas.- ¿Fue tu familia?

-Un policía- 35 siseó- Una noche en que me atacaron unos niños ricos. Se divirtieron un poco conmigo.- Cogió aliento- Por turnos. Conseguí agarrar una piedra. El último de ellos no volverá a comer otra cosa que sopa de pollo.- sonrió en la oscuridad- Pero la poli no me creyó. Yo no era nadie.

36, la heredera de los Heiss, suicida, depresiva, delirante, había deseado no ser nadie desde que era niña. Estar fuera de los focos, y tal vez, sólo tal vez, sin los focos sobre ellos, recibir algún tipo de afecto de su padre y su madrastra. Tras su segundo intento de suicidio, seguía siendo una Heiss, pero aparacada en donde no pudiera estorbar, estaba definitivamente fuera de los focos. Estaba comenzando a ser una nadie. Excepto para la abuela.

-Nuestro momento llegará. Ella vendrá- dijo con voz queda.

-Eso espero- replicó 35.

******

El abrecartas, una daga estilo cimitarra con rubíes de imitación en el puño dorado, serviría. Chandler se había quedado en el cuarto de baño, subido a la taza, tratando de no estropear sus zapatos buenos (no nos engañemos, su único par de zapatos en realidad) y había esperado al cierre del sanatorio. Sólo quedaban los celadores de guardia. Ahora estaba en el despacho del director, el doctor Bob Ritter. Llamado por los internos dr. Lobotomía.

El cajón cerrado con llave del escritorio tenía un escueto contenido. Una lista de nombres de pacientes tipografiada con unos símbolos manuscritos adjuntos, un manojo de llaves y una pistola Luger.

La puerta del despacho se abrió de pronto y entró un tipo con una pistola. Chandler silbó admirado.

– Una Sig Sauer P226.- exclamó- Se la he pedido a Papá Noel pero creo que he sido un chico malo este año.

– Cállese. Silencio- dijo de forma alarmantemente calmada el tipo, que llevaba una bata médica.

– El doctor Livingston, supongo- Chandler bromeó, aparentando una calma que le faltaba.

– Ni se le ocurrrra cogerrr la Lugerrrr- Dijo Ritter con un fuerte acento alemán.

– Déjeme adivinar- Chandler trataba de ganar tiempo para ver si se le ocurría una genial idea. Las geniales ideas parecían eludirle, sin embargo. Además del arma, el buen doctor tenía la complexión de un jugador de fútbol americano- ¿Operación Paperclip?- soltó sólo para mofarse del acento alemán.

Sin embargo, toda la sangre de la cara de Ritter pareció coger un billete de vuelta a Baviera. Por edad, no era imposible. La Agencia se había traído a cuántos científicos chiflados habían podido echar el lazo. Habían pasado muchos años, y algunos pecados habían sido lavados con años de buena vecindad americana, cohetes de Von Braun, y un nuevo puñado de pecados para una nueva patria.

-¿Dónde están la señorita Heiss y la señorita Rutledge, Fritz? – Era una pregunta casi retórica, existencial, lanzada para ver la expresión facial del doctor, que era como un folio en blanco tallado en una hoja de granito.

– ¿Que parrrte de “Silencio” no entiende, picapleitos? -dijo el médico- Y no soy alemán, soy amerrrricano.

– Por supuesto. No lo dudo. Apuesto a que sus antepasados recogían algodón en Alabama y en su casa aún tienen un retrato del buen señor Abraham Lincoln- Un simple paso que pareció abarcar toda la habitación puso al gigante alemán a esasos centímetros de Chandler y un certero, rápido y seco golpe con la culata de la pistola lo dejó sin sentido.

*******

Una no piensa en un flamante Camaro Z/28 del 68, blanco como la nieve, como el coche que conduciría tu abuela, con la radio a tope y “Everybody’s Been Burned” de los Byrds atronando por la radio a la autopista de la noche, con destino a los desiertos de Palm Springs. Era un coche del demonio, comía millas rápidamente con la elegancia y la poca discreción con que un misil atraviesa territorio enemigo.

Habitación 36 había escuchado la cerradura de su habitació abrirse y había visto a una mujer vestida como una de las monjas que hacían las veces de enfermeras y ayudantes del demonio, pero que normalmente por la noche fiaban su misión a las correas, los celadores, y al Dios vengativo del viejo testamento.

Si parecía una enfermera, se movía con el sigilo de un ninja. Se llevó un dedo índice a los labios, y comenzó a liberarla, primero una muñeca, luego la otra, y entonces los problemas empezaron. Hacía muchas lunas que no había visto su rostro y no estaba segura de poder recordarlo, pero había algo peor.

No había modo de saber si aquello estaba ocurriendo de verdad, o seguía atada a la cama y su mente había decidido que ya había tenido demasiada realidad que digerir. No había modo de saber si seguía en el infierno en la tierra, o se abría una pequeña rendija por la cual escaparía no del fuego y del azufre, sino de aquello que los hombres están dispuestos a hacerse a ellos mismos.

No había objecto en preguntárselo- Mi amiga, tenemos que llevarnos a mi amiga- Habitación 36 habló con urgencia en voz baja, pero que no daba pie a ninguna negociación. Hizo una pausa- Gracias- Dijo cansada, enormemente cansada, pero con esperanza.

Abuela hizo una seña hacia la llave como diciendo, y a mi qué me cuentas, bastante difícil ha sido conseguir esta a cambio de un buen fajo de pasta. Desde la habitación contigua sonó una voz- ¿Hola? ¿36?

Abuela cerró los ojos, contó hasta diez, y decidió improvisar.- Toma- le dijo a su nieta, que seguía sin saber si estaba alucinando o no. Le alargó un hábito de monja.- Cámbiate en el cuarto de baño del personal. Al final del pasillo la puerta de la derecha- susurró- Y trata de no cruzarte con nadie. Ve rápido, y ve con cuidado. Como un conejo en temporada de caza.

Habitación 36 se dirigió a la puerta con el corazó latiéndole a mil, se volvió, y vió a su abuela haciéndole la cama, como cuando era niña y pasaba un fin de semana en su casa. Le hizo un gesto con la mano apremiándola.

Era el momento de saltar al vació sin mirar si había red debajo. Y si no era real, al menos podría escapar en sus sueños.

********

Aquello era un zulo. Algún tipo de fábrica abandonada, llena de hierros oxidados, antiguas máquinas echadas a perder, y al parecer, ahora era un trastero donde poner seres antiguos humanos oxidados, echados a perder.

El dr. Lobotomía hacía honor a su nombre. Habrían allí unos 25 individuos. En distintos estados. Ninguno en buena forma. No había rastro de Ritter, pero si de su material médico, y en un apartado del hangar, una pequeña e insalubre parodia de quirófano donde el alemán hacía su magia buscando al paciente perfecto. Una pista, no lo había encontrado todavía.

Chandler tardó un rato en descartar la presencia de las desaparecidas allí. Las sucias caras y los ojos sin vida hacian difícil la tarea. No habían correas, ataduras, salas de contención. No tenían objeto. Los pobres diablos parecían sufrir el encantamiento de una bruja mala. Descansaban en futones, o sentados en el suelo en posición fetal. Otros simplemente vagaban con pasos tambaleantes como alguien que ha olvidado de dónde viene y hacia dónde va.

Él esta atado a una tubería, y estaba preparado para hacer un ejercicio de contorsión hasta la navaja automática que guardaba en el calcetín. Todo el mundo buscaba una pistola de repuesto en la tobillera, porque han visto demasiadas películas de detectives, pero nadie se pone a registrar los pies. Hay que apuntar que no es una idea estupenda, una vez la navaja se abrió por si sola cuando corría tras un objeto de interés. En el hospital aún le conocen como el tipo que se apuñaló a si mismo.

Así que trató de pensar. Ritter hacía experimentos con los pacientes de los que nadie iba a acordarse. Los viejos hábitos de la vieja patria. El complejo de Dios. O el simple hecho de ser un nazi hijo de perra y un sádico. O bien aquellas dos desdichadas habían escapado de veras, o, más probablemente, habían servido de conejillos de indias a Ritter por un tiempo y ahora descansaban bajo el sol del desierto esperando a los coyotes.

Ahora iba a ser su turno de perder absolutamente toda consciencia. Aquello que hacía que Chandler fuera Chandler. Y no había estado toda su vida cultivando sus malos modales, y labrándose una carrera a pase decibir culatazos de pistola y acumular deudas, para simplemente desvanecerse.

Pero lo que realmente hacía que Chandler se afanase desesperadamente por hacerse con la navaja no era los rostros tristes, silenciosos y mortecinos, ni el dolor en la cabeza, ni el ansia de venganza, ni las dos chicas posiblemente muertas, ni la copa de zumo de malta fermentado de su apartamento para uno con gato y refrigerador vacío.

Era el pánico sordo de la conclusión a la que había llegado estando entre la espada y la pared. Si desapareciese por completo, si Ritter llegase esa noche y le abriese un hoyo en la cabeza, nadie iba a echarle de menos.

Chandler consiguió cortar sus cuerdas, y se dirigió a buscar una salida. La encontró, ni siquiera estaba atrancada.

– Chicos, Chicas, podéis salir- gritó. Le miraron sin comprender. Dejó la puerta abierta, pero la verdadera prisión seguía cerrándoles el paso hacía el aire fresco de la noche, hacia la libertad.

– ¿Y dónde coño estoy?- Preguntó al viento. Y comenzó a andar.

*********

Una monja anciana abrió la puerta. Parecía haber estado luchando con la cerradura con una llave que no acababa de encajar. Cerró tras de si y dijo en voz muy baja- Cállate. Vamos a sacarte de aquí.- Soltó sus correas y le dijo:

– Desnúdate- Mientras comenzaba a quitarse la ropa. Parecía cansada y triste. Así que la cosa por sorprendente que fuera, no iba con la proverbial pasión de la Iglesia Católica por la carne y el sexo no consentido. Habitación 35 comprendió: Era la abuela de 36.

Cuando se reunieron en el baño, la escena comenzó a ser demasiado surreal para 35. Ahora su abuela vestía como una interna y venía acompañada de una monja. Le costó todavía un momento reconocer a Habitación 35, a quién sólo veía en la Terapia compartida del círculo de sillas. No estaba todavía muy segura de que aquello no fuera un escapismo onírico de una mente que ha sufrido demasiado.

– ¿Qué significa esto?-susurró.

– Siento no haber venido antes, cariño. Yo tampoco era libre del todo, ¿sabes? No estaba en un sitio tan malo como este pero tampoco estaba en casa- La abuela abrazó a 36.

– Gracias, gracias, gracias…- 36 estaba al borde del llanto- ¿Qué vamos a hacer?

– Sólo podéis salir por un sito querida.- sonrió la anciana- Por la puerta, mañana por la mañana. Vestidas como esas brujas que gobiernan esto con mano de hierro…

– Pero abu, sólo tenemos dos hábitos…- imploró 36, que sospechaba la respuesta que iba a recibir.

– Vais a esperar aquí hasta que llegue el personal, vais a caminar con la cabeza gacha, vais a salir por la puerta principal, y vais a iros con esto- le alargó a la joven las llaves de un coche- Es un coche blanco, aparcado justo en frente. Mi tiempo ha pasado, mientras yo espero en la zona común que reparen en mí lo menos posible, aguardaré lo suficiente para que pongáis millas de por medio y cuando crea que es seguro, diré quién soy… Aunque no espero que lo crean…

– Abu, este es un lugar…- 36 comenzó a llorar, su cuerpo guardaba memoria, sus muñecas palpitaban, su boca se secó de pronto, y pensó en todas las personas que desaparecían en el aire sin que nadie hiciera preguntas… las lágrimas corrían gruesas por sus mejillas.

– Por eso mismo. Perdóname por no haber sido lo suficientemente fuerte antes- la anciana parecía avergonzada- Pero ahora tienes una oportunidad de vivir. Útilizala.

Como en sueños, como en paisajes surreales, a la mañana siguiente dos monjas salieron quemando neumático con un hermoso Camaro blanco, en dirección Palm Springs, sin mirar atrás.

La noche había sido larga, y ninguna de ellas estaba demasiado segura de qué hacer a continuación. El miedo a ser libres era, sin embargo, menor al terror de estar viviendo en un sueño dentro de un sueño, de ser un par de mariposas que sueñan ser personas que a su vez sueñan ser mariposas.

**********

– Sabes, es una historia divertida- dijo Smith con una cara muy seria- Condenadamente divertida. Criminales nazis y lobotomías. Estás desperdiciando tu talento, deberían meterte en el negocio del cine.

Chandler se encogió de hombros- Es la verdad.

– Tu verdad tiene un incovenciente, Chandler- Smith se sirvió un buen vaso de Whiskey en un vaso que en algún momento fue transparente, pero que no había conocido una rutina de higiene y mantenimiento demasiado estricta en los últimos años. Estaban en el espartano y sorprendentemente luminoso estudio de Chandler. Cálido en verano, fresco en invierno. Con estupendas vistas a un descampado.

– Ya.- Chandler sabía que más que tener un inconveniente, su verdad era un inconveniente en si misma. No había rastro de pacientes o material quirúrjico cuando alertó a la policía y consiguió ubicar el almacén. Había caminado toda la noche, hasta que un camionero le recogió y le acercó al centro. Un camionero que se sintió algo decepcionado por la falta de interés de Chandler. La soledad en los caminos convierte a los tipos más duros en almas en busca de ternura en los cruces más inesperados.

Chandler meneó la cabeza- Creó que Ritter mató a esas dos chicas y las enterró en el desierto.

– No has podido demostrarlo. Y aunque se lo has dicho a la familia Hess, no parece que tu verdad vaya a convertirse en su verdad. Subir la apuesta de una desaparición a un asesinato… No va a pasar Chandler. No creo que vayan a pagarte las minutas- añadió con solidaria tristeza Smith.

– Lo supongo- suspiró Chandler.

– Sabes, esta no es una visita de cortesía- Smith bajó el tono, se mesó la barbilla, caminó por el diminuto estudio dando la espalda a Chandler- De tu denuncia han pasado un par de semanas. Pero… hace unos días que el doctor Ritter ha desaparecido. ¿No sabrás nada?

– Ya no trabajo en el caso, si es lo que preguntas. No he estado siguiéndole.- Chandler acarició al gato, que estaba subido al tocadiscos, echando a perder un vinilo de Chet Baker. Era un espíritu rebelde.

– No estoy preguntando eso- dijo Smith- Alguién como tú, alguién como yo, no tenemos muchos amigos. Pregunto: si encontráramos a Ritter en un hoyo en el Valle de la Muerte… ¿No encontraríamos huellas verdad?

Chandler se encogió de hombros- Si Ritter era de verdad un nazi, y algún familiar, o algún idiota con espíritu justiciero le hubiera dado un paseo sólo de ida, imagino que no sería tan idiota como para usar su propia arma o dejar una tarjeta de visita- Chandler hizo una mueca- Pero… ¿Qué sabré yo? Soy el detective del que se ríen todos los periódicos de San Francisco, ¿Recuerdas?

Smith asintió, se metió la mano en el bolsillo interior de su americana, y le lanzó unos billetes de diez a Chandler- Cómprate un par de zapatos ¿quieres? Los tuyos están manchados de tierra- se dirigió a la puerta con su ademán cansado.

– Smith, ¿Cómo lo habrías hecho tú? ¿Como matarías a un nazi?- Smith se detuvo en el umbral de la puerta.

– Con mucho placer- replicó, y salió del estudio.

***********

Existen varios finales a esta historia. Si uno a de creer al detective Smith, cuando está más que achispado e intenta meter miedo a algún novato, en algún lugar de San Francisco, Habitación 35 y Habitación 36 están atadas a sus camas, babeando, y soñando tal vez con un rescate milagroso que es parte de su delirio, que no ha existido sino en sus mentes, que se han contado noche tras noche para embriagarse del veneno de la esperanza hasta que un científico loco les ha sacado la esperanza y el alma a golpe de sacacorchos.

Si uno ha de creer en un final mejor, habría que buscar un Camaro blanco con dos chicas riendo, charlando, haciendo planes, por las carreteras de Palms Springs, pensando tal vez en viajar a México, en desaparecer, en construir una vida, en vivir sin la sorda rabia de los animales enjaulados, sin buscar venganza, hablando de lo tremendamente valiente que fue la Abuela, de si estará bien, de si podrían avisar a la familia de Heiss de su paradero sin delatarse. De si a los Heiss les importaría en algo lo que le pasara a la vieja dama. Poniendo millas entre su infierno personal y su futuro en algún lugar del horizonte. Buscando un lugar en el mundo. Si es que había tal cosa para ellas.

Tal vez uno puede creer que ese Camaro blanco se cruzó en cierto momento con un desvencijado Ford Lincoln de algún color mate indeterminado cubierto de suciedad, con una pala en el maletero, circulando en dirección contraria, conducido por un tal Chandler, detective privado, para quién las dos chicas, con toda certeza, tienen un par de tumbas sin nombre en el desierto. Un tal Chandler con pose descreída de estar de vuelta de todo, pero a quién este tipo de cosas le importan más de lo que le gustaría, lo suficiente como para cavar una tercera tumba.

Existen varios finales a esta historia y ninguno es ciertamente un final, y tal vez, sólo tal vez, mientras el Ford de Chandler se cruza con el Camaro de las dos chicas, a él le guste fingir que ellas son las dos pacientes que han escapado, y a ellas les guste soñar que a alguien les importa lo suficiente como para hacer justicia con todos aquellos a los que Ritter arruinó la vida, ambos coches se cruzarían sólo por un segundo, mientras en el Camaro suena por la radio una canción de Love, y entonces, la historía no acabaría, seguiría para todos ellos, pero simplemente el sol en Palms Springs está a punto de ponerse, y Chandler está mortalmente cansado, y las chicas sólo buscan un motel para pasar la noche e imaginar un futuro, y de fondo suena “Alone Again Or”.

Y eso es todo.

Yeah, said it’s all right

I won’t forget

All the times I’ve waited patiently for you

And you’ll do just what you choose to do

And I will be alone again tonight my dear

Yeah, I heard a funny thing

Somebody said to me

You know that I could be in love with almost everyone

I think that people are

The greatest fun

And I will be alone again tonight my dear

UN BUEN HOMBRE

Por Emilio Calvo de Mora

Hace años que no monto el portal de Belén. Lo hacía Sandra cuando recién casados y los niños eran pequeños, entusiasmada en la idea de que éramos una familia y la familia monta el portal de Belén. He buscado un tutorial en YouTube y hay cientos. Decidirme por uno ha sido más costoso que hacerlo. De hecho no estoy satisfecho. Una vez acabado, por más que lo miro, no termino de convencerme. Si se observa con detalle, no hay nada que le falte. Están los personajes y está el decorado. Qué más podría pedirse. Como soy electricista, las luces han quedado espectaculares. Al darle al pequeño interruptor disimulado detrás de una vaca (se encaprichó de ella Óscar cuando no tenía tamaño ni para llegar al escaparate de la tienda)  suena una playlist del Spotify. Va en bucle, hay campanitas y coros de infantes inocentes, así que tengo banda sonora asegurada. Me decanto por el villancico inglés, por mi hija; ella es anglófila y de poco afecto por la cosa popular de la tierra. Por más que traté de hacerla sentir afecto por las tradiciones, no prosperó ninguna de mis invitaciones. Es más, causaron el efecto inverso. Greta, por la Garbo, elección de Sandra nada más alumbrarla a este mundo, es difícil de agradar, digámoslo así. Es áspera como Ninotchka. Hasta fue comunista un tiempo, según me contaron, no he tenido oportunidad de discutir con ella de política. Un buen comunista, aunque ande en horas bajas, no monta portales de Belén, imagino, es lo que barrunta la lógica.
Por si viene alguien a visitarme, he añadido una mesita supletoria con un mantelito alusivo a la Natividad, que bordó mi suegra, en el que he puesto unos vasos cortos, una botella de anís dulce y una bandeja con un surtido variado de mantecados, polvorones, hojaldrinas y unos cuantos bombones de licor. Los hay sin azúcar: no sabes si te visitaran diabéticos. No hay nada si el que viene es abstemio o de la liga antialcohol. El anís es irremplazable. Al pasar me da la tentación de dispensarme un chupito y abrir una pequeña vianda, pero me abstengo, por si me excedo, quién podría reprenderme. La soledad tiene malos amigos. Es para los invitados, me digo con firmeza. Ando así mejor, privándome, no cayendo en los vicios de antes. Algunos más dañinos que otros.
Hoy está el día de un desapacible conmovedor. Es uno de esos días que invitan a sentarse en la mesa camilla y ver tres o cuatro películas de James Stewart. Adoro a James Stewart. Lo adorábamos, puestos a hablar por todos, como a veces hago, por no verme tan solo o por costumbre, ya quién sabe. En cuanto llega la Navidad, sin que yo intermedie en esa intromisión inexplicable, pienso continuamente en él. Mi psiquiatra dice que es por haber visto muchas veces Qué bello es vivir. Usted tiene el síndrome George Bailey, sentencia. Es una película admirable, pero a la larga no es recomendable para personas en sus circunstancias, usted ya me entiende, ha añadido. Las circunstancias a las que se refiere estarán en su cabeza, no en la mía. Por más que se ha obstinado en explicármelas, con la paciencia exigida, no he tenido en ningún momento la impresión de que me pertenecieran, pero le doy la razón en al menos una cosa: he visto muchas veces Qué bello es vivir. Una vez al año, al menos desde hace veinte. A Sandra le encantaba al principio. La programábamos en Nochebuena. Era una copia en VHS en aceptables condiciones que compramos de segunda mano en un videoclub que estaba a punto de echar el cierre. Me encanta el ruido que hace cuando encaja en el aparato. Es el preludio del placer, comentaba. Luego esa copia fue sustituida por una digital. Sandra era de las que piensa que los objetos que amamos duran más que nosotros, pero la convencí de que la cinta estaba en las últimas y accedió a comprar el nuevo formato.
Quizá fuese ahí cuando comenzó a despegarse de mí. Se dice así: despegarse. No se ve ni se oye igual, Jorge Claudio, me decía. A James Stewart le dobla otro, no es lo mismo, añadía. Hasta me parece otra película, ya ves. El ruido no es el mismo. Ni el placer que viene después. El DVD agenciado en el videoclub fue adquiriendo una serie de inconvenientes extraordinarios, así que cuando Óscar y Greta tuvieron edad para verla, nos sentamos todos alrededor de la mesa camilla, cada uno en su butaca.
Fue un corazonada. Las heredé de mi padre. Las hay de una fiabilidad asombrosa. Uno cree en algo y, por lo general, se termina por cumplir en un amplio grado. Me hubiese conformado con que terminaran la película sin moverse y no se levantaran a ir al servicio o a beber agua en la cocina, pero se levantaron y bebieron y cuchicheaban de cuando en cuando, no sé qué se decían, pero me daba que no tenía nada que ver con Bedford Falls ni con George Bailey. A Sandra le iba y le venían los bostezos y yo, más que pendiente de la pantalla, los miraba a ellos, por turnos, convencido de que Sandra y yo acabaríamos por separarnos. Fue una evidencia, no una corazonada. Quizá se deba a la vieja costumbre de no decir las cosas en el momento, cuando se nos ocurren, por no molestar o por creer que no son importantes, el caso es que un día cogí la copia de Qué bello es vivir y la metí en la bolsa de la basura. Para que no se notase su presencia entre los restos de la comida y las botellas de plástico (no estaba extendida entonces la separación de la basura por su contenido) la envolví en una bolsa del súper y la empujé hacia el fondo con intención de que no fuese percibida. A partir de ese día, sentí una mejora considerable en mi estado de ánimo. No es algo que pueda explicarse, ni tampoco hace falta buscarle razones a todo.
Sandra estuvo más cariñosa conmigo, me decía buenos días con una sonrisa bonita como las que ella me tenía antes y volvimos a compartir el gusto por pasear o por ir al cine y después, camino de regreso a casa, comentar la película. Es una pena que haya muerto James Stewart, refirió una noche, al salir de ver una del Oeste, creo que de Clint Eastwood. Me apetece mucho que volvamos a ver Qué bello es vivir, podemos decirle a los niños que la vean de nuevo, recuerdas lo que les gustó, sentenció. Si he de ser franco, me dio un vuelco el corazón. Lo fácil hubiese sido hacer que la buscaba en casa y concluir con la triste noticia de que no daba con ella, pero por otro lado (siempre hay lados, más de los que sabemos contar) me había prometido no mentirle nunca a Sandra. Una cosa es retirar un objeto del patrimonio familiar de objetos y silenciar esa retirada y otra, muy distinta esta otra, es engañar deliberadamente, aunque fuese una de esas mentiras contadas sin trabajarlas, improvisadas, de las que no parecen que contengan el veneno que a veces traen las mentiras. Así que la dejé en casa y con el pretexto (sincero, por otra parte) de comprar tabaco me lancé al barrio a buscar algún videoclub en el que la suerte me abrazara y tuviesen en alquiler alguna copia de Qué bello es vivir.
Era entonces la época dorada del videoclub, ya saben. Luego todos vinieron abajo por unas causas o por otras, todas emancipadas de la verdadera causa, la que lo ha emborronado y desgraciado todo: la gente hoy ya no se divierte con nada. No tienen paciencia para apreciar un buen disco o una buena película, todo lo consumen con prisa, como si se acabara el mundo. Recorrí cuatro o cinco, no sé, la cuenta se me ha perdido con el correr loco de los años, pero fueron muchos con lo que volví a casa maquinando una excusa que justificara la imposibilidad de ver la película esa noche. Porque no podía ser otra. Sandra no tendría interés en verla el domingo o el lunes, sino ese sábado (era sábado, el día en que salíamos solos, cuando dejábamos a los niños con los abuelos) y tampoco valdría ver otra, aunque fuese de nuestro adorado James Stewart. No valdría disuadirla con la evidencia de que no era Navidad, ni ninguna otra. Sandra es muy obstinada, espero que lo sea aún y no fuese una manera de hacer las cosas conmigo, que yo mereciese, a la que yo también obstinadamente me inclinase a merecer. Así que llegué a casa, me puse cómodo y me serví una copa en la cocina.
Sería divertido que se le hubiese ido la idea de la cabeza, debí pensar. No tengo ganas, te he hecho buscarla y ahora no me apetece, podría haber dicho, pero no. Ya estamos todos en el salón, los niños están entusiasmados, he preparado unas pizzas, se están calentando, esta noche tenemos a George Bailey en casa, será una de nuestras maravillosas noches de cine en familia, todo eso debió decir, todo a la vez, unas frases antes que otras o tal vez a estas alturas no recuerde alguna y haya inventado otras, el tiempo no borra los recuerdos del todo, los reemplaza, hace que unas escenas pierden peso y sean ocupadas por otras, lo he aprendido bien. Antes de sentarnos, vamos a fumar a la terraza, sin que nos vean, ya sabes que a Óscar le irrita vernos fumar, sugirió. La primera mentira fue la de que no había tabaco. Ni un estanco abierto, era tarde; ningún bar, ninguno que tuviese nuestra marca, pude decir. Recuerdo más sus palabras que las mías. Habrás comprado otro, da igual la marca. Quiero fumar antes de ver la película, añadiría. El caso es que no he salido a comprar tabaco, Sandra. No he puesto el pie en ningún estanco ni entrado en bar alguno. He ido a buscar Qué bello es vivir en cuatro videoclubs, pero no la tienen. Yo creo que no la han tenido nunca. La nuestra la tiraste hace pocos días a la basura. La metí en una bolsa y luego esa bolsa la metí en otra, debí haberla metido en otra más, no estaba conforme, lo suyo hubiese dio meterla en cien bolsas o echarme la cinta en el bolsillo de la chaqueta y salir a la calle y dejarla en cualquier sitio, en un banco de un parque o en una parada de autobús, por si alguien la ve y se la lleva a casa y la ve con sus hijos y a ninguno le molesta que sea en blanco y negro y no haya nadie a quien no le guste el doblaje o la resolución de la imagen, pero no hice eso, la tiré a la basura, bueno, fuiste tú quien la tiró, no te diste cuenta, en realidad nunca te das cuenta de las cosas, las haces sin pensar en ellas, no alcanzas a descubrir el daño que hacen, si podrá uno levantar cabeza o no podrá apartar el dolor y tendrá que convivir con él, yo lo he hecho, he tenido que acostumbrarme, levantarme temprano con su recuerdo, recorrer las horas del día con su peso, no sabes tú cuánto pesa, no tienes ni idea, yo lo sé bien, es mío, de algún modo me he ido haciendo a su compañía y ha ido convirtiéndose en una rutina, se vive como se puede, no como uno desea, qué sabrás tú de lo que te hablo, hace mucho tiempo que no te pones en mi lugar.
Pocos meses después, cuando se buscó un buen abogado que le preparara bien la separación, Sandra cogió a los niños y se fue. Anoche un canal de televisión programó Qué bello es vivir. La vi completa. Era la copia de la que nos enamoramos, no la otra, la que había perdido ese rutilante blanco y negro y ese doblaje. Cosas de la mirada. Digo yo que no es necesario ser tan exigente. James Stewart es como de la familia. Le miro con ternura, como si él pudiese devolverme la mirada y comprenderme. Un amigo común me cuenta cómo les va. Le llamo de vez en cuando. No necesito suplicar (mendigar, le digo a veces) para que me explique qué hacen, si Sandra ha cambiado nuevamente de pareja o se ha hecho a estar sola a la manera en que yo estoy. De alguna manera no nos hemos separado. Imagino que todo sigue como entonces. Por eso pongo el portal de Belén. No tengo mucha maña, pero lo que importa es la intención, imagino. He pensado no quitarlo, quién hace eso. Que esté ahí el resto del año. La botella no la tocaré. Ni la bandeja con las viandas de Navidad. Quien me visita, alguien vendrá, escuchará mi historia. Es fácil de contar.
Empezaré por George Bailey en Bedford Falls. He visto cien veces la historia. Yo mismo, en ocasiones, creo ser el mismo George Bailey. No he ido al puente ni se me ha ocurrido tirarme al río. Hay días en que he imaginado que si lo hiciera acudiría un ángel. Me cogería del brazo. Ven, Jorge Claudio, vamos a casa. Te voy a contar una historia. Tú solo escúchala. Sucedió hace mucho tiempo en un pueblo en el que un buen hombre salió a comprar tabaco…

NAVIDAD, CUENTOS, TIEMPO, PACIENCIA

Por Marisa López Mosquera

(A veces tenemos claro el cuento, otras el cuento nos elige a nosotros. Por el medio es navidad, pasan cosas y nada resulta como se planea)

Besas su rostro cuando nace, acaricias su piel de seda para que se tranquilice. Tu propia respiración calma la suya cuando duerme sobre tu pecho, adoras tenerlo contigo en tardes de sofá y manta, los fines de semana, es invierno. Contemplas arrobada su alegría, cuando aprende a desempaquetar sus primeros juguetes, en Reyes. Todo en la casa es él, vosotros, no necesitas más lujo que besarle cada noche antes de dormir y saber que todo está en su sitio, que cuando despiertes habrá un cuerpo querido a tu lado y una personita agarrada a los barrotes de su cuna, danzando, llamándote. Crece cuidado con tus desvelos. Cuidas sus fiebres, vigilas sus sueños, das calor y alegría a cada desencanto. Quitas hierro a sus defectos, potencias sus habilidades, le das seguridad, cariño a manos llenas. Cada año la casa se llena de luces en Navidad, vuelve el árbol, los adornos de las puertas, el muñeco bailón con el villancico de los renos, los manteles del acebo, los dulces, el roscón escarchado. Su rostro se estiliza, su cuerpo se alarga. Tiene amigos, los años pasan. Sabe que estás ahí, que seguirás de cerca cuanto haga pero necesita independencia, soledad, tomar decisiones. Intentas no invadir, estar a su lado, llegan las primeras discusiones, la necesidad de explorar. Un día cualquiera tiene novia, otro se casa. A ella no le gustas, tampoco ella a ti. El círculo se estrecha y te quedas fuera, las navidades pierden brillo, ellos dejan de venir. A veces te preguntas en qué te has equivocado, mientras cuelgas de las paredes los mismos adornos de siempre. La estrella del árbol que tanto le gustaba, las campanas de los pomos, la guirnalda sobre la chimenea, dos ondas verdes sujetas con lazos, ahora tan mustias como tú. Te sientes una intrusa visitando a tu nieto en el colegio, a escondidas, en el recreo. Como si fueras un peligro, una peste, alguien que sobra. ¿En qué momento todo ha cambiado?, te preguntas, ¿cómo es posible que no quede nada habiendo tanto?

Se acerca la Navidad. Sales del colegio enceguecida por las lágrimas y cruzas imprudentemente con el semáforo cerrado. El coche no puede esquivarte y te golpea con fuerza en la cadera. Desde arriba no eres más que un fardo en suspensión, una mueca de dolor, dos piernas desnudas, un abrigo inflado, un zapato de tacón inclinado en un bordillo. ¿Complicaciones del destino? Que la mujer que ahora se aferra al volante, aterrorizada, sea tu nuera. Lo sé, lo sé, está muy visto pero estas cosas también suceden. Había venido a buscar al crío para llevarlo al médico. Anoche tuvo unas décimas y aunque lo trajo al colegio, lo pensó mejor y vino a recogerlo para que le echasen un vistazo a la garganta. ¿Por qué todo esto? ¿Es necesario agrietar de este modo la convivencia en las familias? Abro la puerta y ocupo el asiento del copiloto. Su miedo es terrible, ha palidecido su cara como si fuera ella la muerta. Sí, las cosas claras. En cuanto el tiempo se reanude, tu cuerpo caerá sobre el capó de un coche, se golpeará gravemente y dejará de funcionar en unas horas.

La observo un momento, con curiosidad. ¿Es esta mujer la que ha sembrado tanto dolor? Bueno, siento decirte que tu hijo no se ha quedado atrás. Le veo tras la mesa en su despacho y suelto mi parrafada de ángel irreverente. “Dar la espalda a tus padres, impedirles que vean a su nieto, que disfruten de una versión pequeña de ti, de vuestra vida. Muchacho… cómo se os va a complicar la vida… Llamarán en un momento y te dirán que tu mujer acaba de atropellar a tu madre. Que le dio un ataque de ansiedad y está en el mismo hospital que ella. Desgraciadamente, por tu progenitora ya no se puede hacer nada. A tu esposa le han puesto un calmante y está en observación, custodiada por la policía. Tu padre está de camino, acaban de informarle”.

De vuelta al coche, aparto un rizo que le cae sobre la mejilla, observo los nudillos blancos, la boca abierta, las lágrimas temblando en sus ojos. “¿Sabes? A tu marido le gustaba cantar con su madre cuando era un chiquillo. Ella le subía a la mesa de la cocina y con una cuchara de madera cada uno, cantaban una canción dirigiendo una orquesta invisible. Él se iba de tono y ella le corregía. No subas tanto, lo guiaba, en la parte final no llegarás. Llora, sí. A veces no hay motivos para las rencillas, son celos estúpidos, desavenencias superables, el mismo instinto. Cuánta gente nos es hostil sin razón aparente. Darías lo que fuese porque esto no estuviese sucediendo. Lo sé. También que cuando todo comience de nuevo, no recordarás este momento”

Retrocedemos.

Sales del colegio enceguecida por las lágrimas y cruzas imprudentemente con el semáforo cerrado. Un coche te esquiva de milagro y da dos bocinazos. ¡Despierta, criatura! ¿Qué quieres, que te maten? ¿Qué sería de tus sueños, los que todavía hacen de ti lo que eres? ¿Y de tu marido? ¿Qué le quedaría? Un hijo que se ha ido de casa, un nieto que apenas le conoce. Y el amargor de la nostalgia, ha creado su vida alrededor de la tuya. La has llenado todos estos años con tu alegría, tus ganas de superarte, ayudándole siempre. No sabes cuánto cree que te debe, lo orgulloso que se siente formando parte de tu mundo. Deja al chico, ya vendrá cuando pueda. Quizás el destino le de un toque algún día y cambie su forma de ver la vida. Esas cosas pasan, nos levantamos una buena mañana y damos gracias al infinito por todo lo que tenemos, como si durante el sueño nos hubieran privado hasta del aire y quisiéramos resarcirnos cuanto antes. Libres, ligeros, con ganas de retomar las riendas de nuestra propia vida. De devolver todo lo bueno que nos han dado y nunca agradecimos. De vivir en paz, a salvo, rodeados de los nuestros, los que realmente importan. Y todo el tiempo del mundo, de pronto, parece insuficiente, porque el resto de nuestra vida pasa impaciente a nuestro lado para que nos subamos en marcha. Y nunca se detiene.

CARTA A UNA ESPOSA

Por Álex Herrera.

-”Es tu última oportunidad”.

Sal me lo repitió cientos de veces los días previos a la Navidad. Me lo repitió tantas veces que estuve a punto de creerlo. Solo tenía que salir a jugar en ese campo de mierda para demostrar que estaba rehabilitado. Batear un par de bolas, era todo cuanto necesitaba. No me pedían más. Mis deudas desaparecerían en cuanto los grandes equipos supiesen que estaba de vuelta. Pero ya sabes cómo soy, Mary Lou. Hay un demonio habitando en mi cabeza que me dice qué debo hacer aunque mi conciencia sepa que es lo equivocado. Aun así, me mantuve limpio todos aquellos días. Nada de whisky ni de ginebra, solo cerveza. Y fue fácil. Más de lo que pensaba. Me tomaba un par de vasos de etiqueta roja cada noche para poder dormir. Te juro que solo era por eso. Me sentaba en la cama de ese hotel herrumbroso, vaciaba la botella de cerveza y la tomaba pequeños sorbos para que la ilusión de que estabas aquí conmigo creciese en mi cabeza hasta que el vaso quedaba vacío. Incluso hablé crucé un par de frases con tu fantasma. Entonces mi demonio empezaba a susurrarme que estarías en la cama de otro. Y no me importaba, Mary Lou. De verdad que no. Hace tres años que me fui por última vez. Imagino que ya habrás estado con otros hombres. Sin embargo, aunque te he escrito desde cada ciudad en la que he vivido desde entonces, nunca he recibido una demanda de divorcio. ¿Es posible que me sigas queriendo, Mary Lou? Por supuesto que no, ya lo sé. En realidad, imagino que la demanda de divorcio está en alguna oficina de correos de cualquier ciudad mugrienta en las que he habitado. Mobile, Des Moines, Albuquerque… Puede que se haya perdido o que un cartero despistado la depositase en otro buzón. ¿Y qué más da? Hace tiempo que dejaste de ser mi esposa.

Perdí la fe, Mary Lou. La perdí para siempre. No te he contado el momento exacto en que ocurrió. Fue el día de mi debut con los Chacers. Aquella mañana Sal vino a buscarme al hotel para conducirme al estadio. Durante el trayecto siguió con su retahíla de consignas: “Si haces un buen partido todo se arreglará”, “varios equipos de las ligas mayores me han preguntado por ti” y otras mentiras aún más disparatadas. Eso me dijo, pero no le creí. Miraba por la ventana del auto a la cara de mi nueva ciudad. Me pareció la más inhóspita de todas. Tanto que la navidad parecía un día de febrero. Omaha, hasta el nombre me resulta hostil. El partido se jugaba a mediodía porque era nochebuena y supongo que nadie querría perderse la cena en familia. Te juro que nunca había visto una ciudad tan horrible. Al menos es lo que me pareció. Entonces vi a la niña. Era una pequeña rubia de no más de seis años. Estaba sentada sobre una caja de madera. Otra caja, de mayor tamaño, oficiaba como mostrador. Vendía calcetines baratos con aspecto de no tener más de tres usos antes de agujerearse. Sin embargo, ella estaba descalza. La gente pasaba de largo sin mirarla siquiera. A nadie parecía sorprenderle que una niña estuviese descalza con temperaturas bajo cero. Le pedí a Sal que detuviese el coche y bajé de un salto en busca de la niña. Primero con el paso firme. Conforme me iba acercando bajé el ritmo, como si me avergonzase llegar hasta ella. Cuando la tuve de frente me miró con aire retador.

Son treinta centavos, señor. Usted elige el color.

Me puse en cuclillas fingiendo que me interesaba la mercancía mientras miraba sus pies morados por el contacto con el frío suelo. Cogí dos, ni siquiera recuerdo el color, los desligué y tomé uno de sus pies. Después de ajustarle el calcetín, cogí el otro y repetí la operación. La sonreí y me marché tras dejar sobre la caja de madera un billete de cinco dólares. De camino al coche me sentía orgulloso de haber contribuido a hacer algo mejor la navidad de una desheredada. Fue el primer gesto de bondad navideña de mi vida. Casi se me caían las lágrimas al sentir que mi corazón se había ensanchado gracias a mi inmensa bondad. Sal meneaba la cabeza en señal de negación mientras me acomodaba en mi asiento.

-¿Crees que toda esta pantomima ha servido de algo, Frank? Si querías ayudarla deberías haber llamado a la policía.

Me enfadé con Sal. Con su insensibilidad. Con su corazón corroído de pus incapaz de sentir empatía.

He ayudado a que esa niña no pase hambre esta semana.

-Tú pasarás hambre antes que ella. Mira.

Sal señaló con el dedo en dirección a la pequeña. Al mirar, pude ver cómo se quitaba los calcetines, los volvía a enrollar y los depositaba nuevamente sobre la caja de madera. Todo ello sin perder un aura de indiferencia cercana a la burla. Y dejé de creer, Mary Lou. He sido el creyente más fugaz de la historia de la navidad. Me bastaron un par de minutos para renacer y volver a morir.

Desde lejos, el estadio de los Storms Chacers parecía una cuadra desvencijada a la que le hubiesen pasado una capa de pintura. Sal me sacó a empujones del auto. Llegábamos tarde. Cuando llegué a los vestuarios todos mis compañeros ya se habían vestido con el uniforme del equipo. Me dio la sensación de que me esperaban para echarme en cara que les había decepcionado antes de conocerlos siquiera. Le di la mano a cada uno de ellos. Todos respondieron a mi ofrecimiento con la pesadez del que sabe que no apretará esa mano nunca más. Uno de los entrenadores nos repitió una serie de consignas cuasi bélicas dignas de instituto. Terminó con un rotundo: Hay que morir por el equipo. En medio del ceremonioso silencio sonó una risa nerviosa que provocó una instantánea caza de brujas en busca del culpable. Al momento, las miradas de todos los que se encontraban en el vestuario señalaron mi culpabilidad. Ni siquiera fui consciente de haber sido yo el que rió. Te juero que no fue una burla. Fue un simple acto reflejo ante la estupidez de la frase.

Cuando salimos al campo se formó una pequeña burbuja de vacío en torno a mí. El entrenador principal bajó de su atalaya moral para hablar conmigo. Me tomó el hombro paternalmente, me llevó a un lado del banquillo y disparó su penosa artillería moral.

-¿Crees que por haber jugado en las ligas mayores eres mejor que nosotros? ¿Piensas que no te merecemos? ¿Verdad?

Tras una breve pausa dramática terminó señalándome mi lugar en el banquillo mientras me dedicaba su mejor mirada inquisidora. Unos trescientos paletos se sentaban en las gradas heladas reclamando su derecho a ser felices por unas horas. Nosotros éramos sus emisarios de felicidad. Sus Santa Claus. Cuando llegó mi turno de bateo ya perdíamos por siete carreras. Poco importaba lo que hiciese ya. De modo que pensé en mi propio beneficio. Tan solo necesitaba sacar la pelota del campo una vez para hacer saber a los equipos grandes que estaba vivo. Miré al pitcher. Me concentré y fallé. La primera bola me pilló desprevenido. Pensando en ti, Mary Lou. Con la segunda, el pitcher me engañó bien. Un fallo más y mi futuro se ennegrecería una vez más. Miré hacia el banquillo. El entrenador me odiaba porque me creía altenero, mis compañeros me odiaban lo que fui y Sal me imploraba con la mirada que le sacase de aquel purgatorio. Miré al bateador amenazadoramente. Sentí su miedo y su ansiedad. El miedo de tener enfrente a una vieja gloria. La ansiedad por derribar al mito. Me lanzó una bola curva que alcancé de llenó con el bate. La lancé fuera del estadio, en dirección a la niña rubia que me había estafado una hora antes. Corrí trazando cada base hasta llegar al home. Después arrojé el bate al suelo y me largué al vestuario sin decir nada.  El partido continuaba pero yo no. Ellos ya sabían que aquel sería mi primer y mi último partido con su mierda de equipo.

Bebí mucho aquella nochebuena, Mary Lou. Todo lo que mi estómago había echado en falta las noches anteriores. Tuve sueños raros. Soñé que estábamos juntos en algo parecido al monte Rushmore, solo que en lugar de la cara de los presidentes estaban esculpidas las nuestras. Tú me acariciabas el brazo. Yo trataba de besarte sin encontrar tus labios. Entonces Sal me despertó. Era demasiado temprano. El alcohol aún reinaba en mi cuerpo.

-¡¡Los White Sox te quieren en su equipo, Frank!! Se acabo el arrastrarse por ciudades de mierda. ¡¡Es Chicago, Frank!!

No le respondí. Colgué el teléfono, me vestí y salí en busca de la niña de los calcetines. No tardé en encontrarla cerca del boulevard principal. El mismo lugar donde me engañó el día anterior. Me situé frente a ella una vez más. Me reconoció, aunque fingió que no sabía quién era. Cogí unos calcetines azules y le dejé una moneda de cincuenta centavos sobre la caja. La miré durante unos segundos. Miré a la personita que se había burlado de la leyenda de las grandes ligas. No dije nada, simplemente me marché. Tiré los calcetines en un cubo de basura cercano antes de dirigirme a la estación de tren. Allí cogí el primer tren que salió. Ni siquiera supe su destino. No me importaba porque sigo dando vueltas en torno a ti. Esperando que algún día me perdones.

Estoy en algún lugar de New Hampshire. Entro en los bares con la esperaza de que alguien pronuncie tu nombre. Cada vez que el barman me sirve una copa miro mi mano derecha. Aún llevo puesto el anillo que te une a mí. Aunque sé que ya no eres mi esposa.

Feliz navidad, Mary Lou.

Al bajar los brazos…

“Siempre acaba así, con la muerte. Pero antes ha estado la vida escondida bajo el “bla, bla, bla”. Todo está sedimentado bajo la cháchara y el ruido. El silencio y el sentimiento. La emoción y el miedo. Los escuálidos, inconstantes destellos de belleza. Y también, la sordidez desgraciada y la humanidad miserable. Todo sepultado bajo el manto de la molestia de estar en el mundo. Lo que hay más allá de eso es otro lugar. Yo no me intereso por otros lugares. Por lo tanto, que comience esta novela. En el fondo solo es un truco. Sí, solo es un truco”.

La Gran Belleza (2013). Paolo Sorrentino.

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Cuatro cuentos y una canción de Navidad…

Nuestras vidas, las de los cuatro amigos que nos reunimos en este lugar para contar cuentos de Navidad, son frenéticas. Por esa razón, el que nos reunamos una vez al año tiene un significado especial para nosotros. Es el simple hecho de leer las palabras del otro lo que nos permite saber lo que está ocurriendo en nuestras vidas, con qué llenamos el tiempo, qué inquietudes compartimos. Y no hay mejor momento que la Navidad, por muy desvirtuada que esté, para congregarnos en  un mullido sofá frente a una chimenea virtual y escuchar una buena historia.

Compartamos pues. Les paso sus tazas de cacao caliente o de café o de licor de hierbas a Fran, Emilio y Marisa. Ocupamos nuestro lugar confiados en que el año próximo todo será mejor. Y escuchamos el suave fluir de nuestras historias antes de hacernos saber cómo nos ha ido en el año que está a punto de acabar. Después celebraremos en la lejanía, muy orgullosos de pertenecer a un grupo tan exclusivo que solo permite cuatro miembros.

Como acompañamiento musical he elegido a dos gigantes capaces de transmitir la esencia de la Navidad únicamente con su presencia y su voz. Juntos, en un apartamento de Nueva York (tiene que ser Nueva York) examinan cómo ha sido su año mientras fuera cae la nieve impidiendo que el tiempo transcurra. Esta noche es para compartir con los amigos que forma nuestra familia, como Frank y Bing. Ya habrá tiempo de hacer otras cosas mañana.

Feliz Navidad a todos.

 

 

EL LUGAR PELIGROSO

Por Mycroft.

 “Caminaba impasible por las ciudades de los hombres, y suspiraba porque ningún escenario le parecía enteramente real, porque cada vez que veía los rojos destellos del sol reflejados en los altos tejados, o las primeras luces del anochecer en las plazoletas solitarias, recordaba los sueños que había vivido de niño, y añoraba los países etéreos que ya no podía encontrar.” (La llave de plata, H.P. Lovecraft)

 

“Tom Baxter: -Te quiero, soy honesto, confiable, valiente, romántico y muy bueno besando

Gil Shepherd: -Y yo soy real.” (La Rosa Púrpura de El Cairo, W. Allen)

 

I

-No siempre he estado aquí- dijo Carter- No siempre, y lo siento.

Era una estupenda mañana de invierno, una rareza de diciembre, con la luz cálida del sol floreciendo como una única flor destinada a helarse y perecer pronto, muy pronto. En una desvencijada habitación, con una cómoda antigua de impráctica estructura llena de medicinas y pequeños detalles personales, postales, cds de música, y otros aparejos que el tiempo nos hace acumular, como una cámara rota con fotos de los dos en su interior que nunca se atrevieron a tratar de rescatar, ni a descartar totalmente.

La habitación, inusualmente desnuda, tenía un pequeño armario empotrado de conglomerado, un diminuto radiador para las jornadas más frías, una mesita con una diminuta luz de lectura, una cama demasiado estrecha para los dos, y una alfombra que suavizaba los pasos y protegia los pies desnudos de Hope cuando ella, haciendo caso omiso a los consejos médicos, se levantaba y deambulaba en la noche por el pequeño apartamento.

Él había dejado su trabajo hacía unos meses cuando la débil condición de Hope necesitó de más atención, y no lo lamentaba en absoluto, pero se sentía tan culpable como triste, porque uno se muere siempre sólo, y ella no iba a ver las semanas de primavera cuando las malas hierbas crecen en los descampados y la ciudad se llena de terrazas dónde tomar cafés y ver a los vendedores de libros callejeros traficar con historias.

-No te preocupes- dijo Hope con un gesto amoroso de perdón y dolor, con una resignación tal vez más punzante que cualquier reproche- Siempre estuviste en las nubes.

Siempre en las nubes, repitió Carter para sí, sintiéndose perdido de nuevo en su propio universo. Carter dejó de estar allí de nuevo.

II

Desde niño los sueños de Carter habían sido vívidos, hasta resultar más reales que el catecismo diario del colegio católico (y desde luego, más verosímiles), más reales que las manos callosas de su padre fijando el firme de las carreteras o levantando el cuero rugoso de su cinturón ante alguna infracción menor, que la severa mirada de su distante madre, o que los días mediocres de los despertares de posguerra de algún país mediterráneo bajo el mediocre reinado de algún pequeño sátrapa, por entre las ruinas recuperadas de una guerra pasada que era infancia de sus padres, una palabra no dicha en un mundo bullicioso de silencios elocuentes y frases huecas.

Cómo no soñar, sable de madera en ristre, con historias de corsarios en un mar esmeralda, cómo no estar ausente en las clases del Espíritu patriótico, de las listas de reyes medievales, o los recorridos largos del colegio a casa por las malas calles de vendedores ambulantes de castañas, estraperlistas, buscavidas y prostitutas, hacia su barrio casi rural, rodeado de edificios colmena y acequias que regaban aisladas parcelitas resistentes donde una o dos gallinas preparaban el desayuno de hordas de niños en casas bajas que se veían asediadas por un cerco creciente de cemento.

Soñar con una pose heroica a lo Errol Flynn, con complicadas tramas donde la valentía, la lealtad y la honestidad se ponían a prueba pero siempre salían vencedoras. Con historias quizá más extrañas hijas de los cuentos en papel avejentado y con olor húmedo a viejo que por un casual encontró en su casa, las mil y una noches. Una realidad de ciudades exóticas de arquitecturas míticas, visires y sultanes, princesas y ladrones buenos, aventuras y paisajes, viajes por el desierto entre tribus salvajes y maravillas de una magia antigua, de fabulosos colores dorados, la arena, el viaje arduo pero plagado de momentos en los que ser algo más que un simple muchacho desconcertado en una ciudad en ruinas sanando lentamente mientras borra toda historia por un anónimo ir y venir de oficinistas, y una miríada de locales asépticos para extranjeros de clase media en busca de un país que nunca existió.

No, la vida debía ser otra cosa, estaba en otro lugar, o dicho de otro modo, la vida nunca era suficiente y sus febriles excursiones al otro lugar comenzaban a ser más y más vívidas. De repente cuando se precipitaba a una de sus numerosas aventuras, parecía caer para los demás en un estado taciturno y anodino, como un aparato funcionando en piloto automático, mientras para él las horas y los días pasaban sin que tuviera conciencia (y a menudo ni siquiera memoria) de lo que ocurría a su alrededor. Era el lugar peligroso en que uno era audaz y cualquier cosa podía ocurrir.

El auténtico sueño era aquel salón de butacones morados, papel pintado lleno de humedad, tele en blanco y negro de único canal, cenicero de pie, y patriarca leyendo novelas del oeste de a penique mientras una madre presente y ausente, aparentemente silenciosa pero plena de maquinaciones y pequeñas y miserables ambiciones de trepar, cosía, mientras entrelazaba los nudos y zurzidos que dominarían la carrera de su marido y la de sus hijos, apenas extraños entre si, con sus juegos, peonzas, tableros, escalextrics, mientras de forma robótica Carter llenaba planillas de dibujo técnico en la mesa principal, inmerso en un clima militar de represión, autoridad y pobreza con altas miras. En alguna salita, junto a una vieja radio de los años 30, languidecía una de las abuelas de Carter, desasistida y demente.

La realidad era la supuesta fantasía que Carter cada día construía más firmemente, las ciudades cuyas calles de losas pulidas había recorrido en compañía de Magallanes, Alejandro, Marco Polo, buscando un navío en el puerto con el cuál lanzarse a la mar, en una travesía áspera pero llena de emoción, con Gordon Pym como cómplice y mejor amigo, asaltando tierras árticas que lejos de estar desiertas, estaban pobladas de enigmas y maravillas. Adoraba aquel lugar peligroso, y no le importaba perderse en él y ausentarse de su propia vida, adentrándose cada vez más en la espesura onírica

Poco después ocurrieron dos cosas. Realizó el servicio militar, y conoció a Hope.

III

Qué tan lejos del heroísmo y en general, de lo humano, es la vida castrense. Lo que la escuela, con su áspera jerarquía, sus normas irrefutables y absurdas, sus pasillos con olor a incienso y fundamentalismo, sus reglas métricas golpeando nudillos y su mezquina caterva de camarillas, delatores y abusones, se veía acá amplificado. De pronto, muchos de sus héroes del ensueño, no le parecían más que enloquecidos embriagados de su propia ambición. La gloria de aquellas aventuras no parecía ser más que barro con salpicaduras de sangre, de rencillas atávicas y absurdas, de suspicacias tornadas en odios, de codicias, y en definitiva, de cuitas entre vecinos por las lindes de sus pequeños terruños.

Ahora sus compañeros eran otros, Kavafis y Whitman, Pavese y Emily Dickinson, Blake y Baudelaire, Thoreau, Mark Twain, London (quizá el único forajido de su panteón de aventureros que había permanecido), Verne. Una campiña con un enorme picnic pintado por Matisse y cuyos azules hechos realidad tenían la cualidad del cielo tiñendo la tierra de color. Constelaciones desconocidas, aromáticos vinos y visionarias imágenes con cualidades quizá místicas incluso para un sin dios cómo él. Hermandad, amistad, humanidad. Animales salvajes caminaban a su lado mientras el frío se colaba por el ventanuco del cuartel, por las livianas mantas con agujeros, apenas a una hora del toque de diana.

Sobrevivió, incluso aunque no recibió una sola carta de los suyos. Las cartas que recibía eran los alegatos de Hugo y Dickens, en la que los personajes en tiempos difíciles, miserables, huérfanos, desarrapados y desesperados se desligaban de las faldas de la historia para trascender y hablarle como hermanos.

Incluso Carter era un nombre inventado, cuando la ficción de quién era se había vuelto tan fuerte que hacía palidecer el simple y trémulo nombre que figuaraba en sus papeles.

Cuando conoció a la joven Hope, una estudiante de bellas artes inglesa de viaje por la Europa continental, se inventó a si mismo como Carter. No era capaz tal vez de expresarse más que de un modo primitivo y balbuceante, pero el dominio de Hope de su lengua era muy notable. Hope y su pelirroja cabellera a lo Maureen’O’Hara era lo más cercano a un sueño que había disfrutado en estado de vigilia. Su sonrisa enigmática animaba a investigar, más allá de su belleza qué bullía en el interior de aquel cráneo, con su expresión concentrada e irónica. Ella no le tomaba muy en serio al principio, pero quedó prendada de las historias de magos y vagabundos, y el tímido encanto de aquel misterioso Carter, que obviamente no se llamaba así, y que se inventaba a sí mismo sobre la marcha.

En un extraño momento de valor, pues el coraje era más materia de sus sueños, dejó sus planes de incorporarse al politécnico y estudiar ingeniería, y siguió a Hope a Viena. Nunca más volvería a casa, con la esperanza de que Hope le guiara a un hogar.

IV

Algo altamente improbable sucedió. Carter y Hope compartieron toda una vida juntos. Al menos una de las dos vidas de Carter perteneció a Hope por completo. Ella, hija de empleado de banco, hizo de la enseñanza del inglés su profesión, poblando no sólo de verbos, sino personajes de Shakespeare, de Otello, de Yago, de Hamlet, de Falstaff, la mente de miles de niños a lo largo de los años.

Él acabó de hombre para todo, conserje de una universidad, en la Berna en la cuál ambos habían acabado, lejos de la desaprobación de las dos familias. Había una pureza en la simplicidad con que Carter vivía su trabajo que le permitía reservarse para sus sueños. Escribió algunos de ellos justo en la época en que Tolkien se tornaba súbitamente popular, y tuvieron un discreto éxito, incluso aunque estaban trabajosamente escritos en una lengua ajena conquistada trabajosamente.

Cada vez menos tiempo había de pasar al otro lado del espejo, y disfrutaba enormemente paseando por parajes naturales de su adoptiva Suiza con Hope y con su hijita Alice, a quién contaba historias de la Reina de Corazones y del otro lado del espejo.

Días en los que las playas de sus ensueños estaban solitarias y él caminaba por el mundo de los hombres casi como uno más, incluso atento a devolver algunos saludos, llegando a disfrutar de pequeños momentos íntimos como la primera feria a la que llevó a Alice, y la nube de caramelo que acabó impregnando todo. Como las mañanas frescas y serenas en que llevaba de la mano a Alice hasta el colegio, y se cruzaba con un mundo nuevo visto con los ojos llenos de preguntas de ella, o las noches de conversaciones casi anodinas con Hope sobre los asuntos más peregrinos, como el verano siguiente y sus planes para unas vacaciones ordinarias, alejadas del polvo de Campanilla y de vuelos por encima de los galeones fondeados en Nunca Jamás.

V

Hope le miró amargamente y en silencio, el día en que perdieron la casa de Berna. Él llevaba semanas y meses ausente, con la barba descuidada, la ropa discordante, entremezclada, usada durante varios días, y el gesto vacío.

-Te necesito ahora- dijo Hope- Te llevo necesitando mucho tiempo.

-Voy a intentarlo- dejó escapar en un murmullo apenas audible.

-Intentarlo no es suficiente.

Hope se fue como cada domingo por la senda vieja que discurría hacia las afueras, que tenía sembradas casitas unifamiliares con sus chimeneas batiendo como corazoncitos luchando por la vida, exhalando humo y dando calor. Poco a poco las casitas y sus jardines se iban haciendo escasas, y en los márgenes los árboles salvajes y matorrales indómitos se enseñoreaban del descuidado caminillo, hasta llegar al cementerio.

Ante la tumba de Alice, Hope se despidió. Berna, el pequeño nido de breve felicidad que habían construido, con algunas estrecheces y muchas ilusiones, se había tornado en un enorme mausoleo, un lugar de recuerdos, de espectros (ellos dos) en continuo duelo, deambulando desesperanzados, y ahora, las estrecheces, crecientes, los expulsaban de la última pista de su pequeña, de la calle donde había aprendido a ir en bicicleta, en dónde los raspones de sus rodillas habían sido aliviados con soplidos, de la plaza donde el teatro mágico y sus sombras chinescas, y el cine al aire libre, poblaban la cabeza de Alice de imágenes y el aire de carcajadas contagiosas.

Carter estaba ahora totalmente viviendo otra vida. El momento en que, tras haber enseñando a nadar a Alice en sus vacaciones, la corriente la había reclamado en apenas un segundo, el amarre con la realidad de Carter se cortó. La corriente se lo había llevado a él también y quién sabe en dónde habitaba. Ahora Hope volvía a la casa de sus padres, y Carter, Carter permanecería en dónde fuera que estaba ahora. En el lugar peligroso, no por las aventuras y riesgos, sino por su seductora atracción que lo apartaba a uno de la vida y de la gente, del dolor pero también del amor.

Carter huía y eso la dejaba a ella sola. Dolía demasiado, perderles a ambos, pero dolía más permanecer con alguien que la abandonaba a su dolor, y que apenas era otra cosa que un despojo de ilusiones fantásticas y ruinas dementes.

VI

Carter trabajosamente estaba escalando un acantilado, con sus manos desnudas, que eran singularmente vigorosas para un hombre de su edad. Abajo, los arrecifes del Demonio le esperaban amenazantes. Él no cejaba, persiguiendo al hombre sin rostro, que había secuestrado a la joven e inteligente princesa del País de las Maravillas. Sonaba un heróico score épico, y una fanfarria de sobresalto cuando quedó colgando de una sóla mano.

(Mientras tanto llovía en Dover, y por entre los encajes descoloridos de una vieja cortina, Hope veía a una figura encorvada y vencida enfilar el lejano principio de Black Street)

Llegó a la cima sin encontrar rastro de la princesa, pero enfrentado al hombre sin cara que le desafiaba en combate singular. Por primera vez en su larga experiencia, sentía que su oponente no sólo era más hábil que él con la espada, más ágil, más ingenioso a la hora de lanzar irónicas frases lapidarias, sino también más confiado, mientras por primera vez un cansancio muy real se filtraba en su robusta figura hecha con sólidas filigranas de sueños, su aliento faltaba, sus articulaciones crujían, y finalmente, cayendo de rodillas y soltando la espada, sentía el filo de su adversario en su cuello, rozando cortante y sacando del rasguño un filo hilo de sangre, apenas un goteo, pero primera herida mortal en su mundo inmortal.

(La figura llegaba a casa de Hope, y se paró ante su puerta con una vacilación, llamando tímidamente y dando un paso atrás)

– ¿Puedo saber el nombre de quien por primera vez ha desarmado a Carter, el hombre sin miedo?

-¿Quieres decir Carter El Cobarde?- Carter enrojeció de ira. La voz era impersonal, el rostro esbozado en sombras.

– Exijo saber quién ha podido vencerme.

-¿Carter el Cobarde?- Repitió monocorde y absurdamente el caballero apretando la punta de la espada en el cuello de Carter.

-De acuerdo, permanece en el anonimato, mi nombre es leyenda, y el de mi verdugo debería serlo

-Carter el Cobarde- afirmó la figura y Carter pudo ver que, como en el reflejo en un espejo en una habitación en penumbra súbitamente iluminada, su enemigo tenía su propio rostro. Había que despertar.

(Hope abrió la puerta, y Carter estaba allí, estaba de verdad, con los pies en el suelo y los ojos en sus ojos, estaba de vuelta, más viejo, increíblemente demacrado en sólo cuatro años de separación y desesperación. Se fundieron en un abrazo lento, poco pasional, pero duradero, una especie de pacto de sus cuerpos que habían andado buscándose a ciegas sin encontrarse, de permanecer juntos)

VII

-Cuando has estado aquí, has marcado la diferencia- Hope sonrió- Me enamoré de un soñador que me hizo soñar, de un contacuentos y de un hombre que de las nubes era capaz de bajarse las estrellas y compartirlas- Hope tosió- Que hizo que Alice soñara…

-Debería haber sido útil.

-No hay utilidad en el dolor. No se puede transferir. No se puede compartir. Hiciste lo que pudiste.

-Debí hacer más.

-Si, pero estás aquí, ahora. Volviste, despertaste, viviste por mi. Prométeme que no volverás a irte al lugar peligroso.

-Cualquier lugar en el que no estés tú es el lugar peligroso- Carter cogió fuertemente la mano de Hope, y esta vez no esperó por un final feliz, ni siquiera por un final, y se quedó la noche en vela atesorando cada minuto de aquel dolor. Cada minuto de vida. Cada minuto con Hope.

Al día siguiente comenzaba la vida sin Hope, y durara lo que durara, fuera como fuera, doliera lo que doliera, estaba dispuesto. En algún lugar del tiempo y del espacio, aún seguían juntos, y también en algún momento del mañana, Carter, que había dejado de huir, seguiría adelante.

 

LA CAJA DE MÚSICA

Por Emilio.

Con mi padre, tengo la costumbre de hablar con todo el mundo, no me echa atrás que no se me siga la conversación o que, en ocasiones, hasta se me repruebe y haya quien, ocupado en sus cosas o ensimismado o apurado por la prisa, me pida sin titubeo que no le cuente nada más, que habrá ocasión más adelante o que ya sabe qué le voy a decir, que se lo conté una vez y se acuerda todavía. Es el azar o es la providencia, si uno es de natural crédulo y lo anima la fe, quienes ponen delante tuya a alguien que te escucha con absoluto interés. También hay quien me presta la atención más alta, eso se nota, arrima el oído y se deja. Es un acto de amor al prójimo hablar, no hace falta que sea algo de importancia, todo la tiene, a todo se le puede extraer el valor en el que a veces no cree ni quien junta las palabras, una tras otra, una tras otra, en un deliberado o inconsciente juego. Seguro que hay alguien que tiene la costumbre de escuchar a todo el mundo. Yo no soy de esos, no es posible hacer dos cosas a la vez, hablar y escuchar. O haces una o haces otra. Persona arteras y de pronto astuto, en las que no puedes confiar, de las que es mejor alejarse, se hacen pasar por cercanas y hasta amorosas, te dejan hablar, no pasan la oportunidad de concederte la impresión de que no hay conversación más interesante en el mundo, pero Julia no es así, no aprecio que esté al tanto de lo mío, no me mira como lo hacen las parejas que se aman, por más que la tenga al tanto de mis cosas, si estoy triste o si me envara la alegría o si en la cama me arrimo y la acaricio, primero suavemente la espalda, porque duerme de costado. Dice que no tiene gana, lo dice sin gana, para no contradecirse. Yo no la apremio, ni expresó mi contrariedad. Son malos tiempos, le confieso al oído, tú no te apures, vendrán otros mejores, tuvimos los nuestros, fueron buenos, los mejores, me escuchabas y yo creo que también te escuchaba. No hay matrimonio que resista sin que hablen entre ellos y se cuenten cómo va el mundo. El de mis padres fue un poco como ahora es el mío. Recuerdo a papá sin hablar en casa, ensimismado y como meditando cosas importantes, sin terciar una palabra en el almuerzo, sin decir esta boca es mía, como suele decirse, pero locuaz afuera, incesante e infatigable afuera, haciendo que la conversación la gobernara él, cayendo bien a todo el mundo, siendo amado por todo el mundo.

Debo haber salido a él, los padres dan en herencia cosas muy sutiles, cosas que los ojos no advierten, pero lo comprenden a espuertas los sentidos, todos juntos, como en tromba, izados por una mano mágica. Las lleve uno bien adentro, sin tener conciencia de que bullen ahí, sin creer en ellas. Tengo muy poca, por no decir ninguna, melancolía por aquellos tiempos. Mi hermana mayor, Laura, todavía hoy trae recuerdos de entonces, pero no son cosas que me guste escuchar, me producen zozobra, duelen de un modo suave, pero taimado y caprichoso. A mamá le dio por imitar a papá, fue una manera de decirle que no lo amaba. El amor se rompe por las costuras menos previstas, eso lo sabe cualquiera, pero algunos rompen con más fiereza, no miran qué rotos hagan alrededor. Si uno hablaba poco, menos hablaba el otro. Quizá por eso nunca deseé casarme, repetir una trama demasiado vista. Tuve un par de novias, nada que contar ahora, escaramuzas de juventud más bien. Que Julia entrase en mi vida fue una de esas circunstancias inexplicables que lo cercan a uno y de la que no hay forma de zafarse, por más que uno pugne y se encone. Sé que la aparté, al principio. No está bien visto, ni siquiera yo lo vi entonces bien, que un carcamal como yo, entrado en esa edad que precipita todos los males y todas las despedidas, la tuviera de novia.  Tampoco esa palabra, novia, me cuadraba mucho, me parecía un dislate, un broma que me lanzaban los amigos al vernos. Andrés, cómo te las gastas, te la tenías guardada, eres un donjuán, qué les das, todo en ese plan desquiciado, tan grosero y tan lejano a la realidad. Ella tan dulce; yo tan seco en el fondo. Se puede hablar hasta el cansancio y no ser dulce, ni parecerlo, ni desearlo. Viene de antiguo la aspereza, ese teatro de provincias, sin pompa ni elenco,  Julia es de buena familia, aunque tirando a pobre, recela de los ricos, los tiene a raya, por lo mal que lo ha pasado, dice, por no entender qué hizo para no nacer en una familia acaudalada y no tener que salir de su país y buscar fortuna en otro. Cuba queda muy lejos. No hay nada más que escuchar cómo habla, lo que cuenta sobre su infancia en La Habana, las penurias, la ilusión aplazada de medrar o esa vez en que se fue de casa con lo puesto y pisó Madrid. Hija única, Julia, perdió a sus padres joven y yo hice un poco de padre. Es joven, yo ya friso los sesenta, pero eso no fue un obstáculo. Recuerdo cuando me presentaba a sus amigas. Los míos, poco delicados, se admiraban de sus tetas. Me turba caer en ese comentario, el de las tetas, pero conviene para ajustar el relato. Como esas exigencias del guión que se estilaban aquí en la transición y desnudaban a cualquiera en las películas.

Suele pasar que a cierta edad las conquistas que hace uno no son creíbles. Se les asignan méritos bastardos. No sé todavía qué vio en mí, un viudo con alguna renta, un español al que desplumar, no sabe uno nunca, pero nada de qué alardear, ningún patrimonio envidiable, el piso propio, antiguo, grande, solitario también, y otro mayor, con huerta y con vistas, en un pueblo, donde me retiro a veces, por quitarme de en medio; soy sólo un tipo con cierta posición, acomodado, como se decía en mis tiempos, parlanchín, un poco pedante si me lo propongo. A los amigos, los tres o cuatro que tengo, hace mucho que no les veo. He ido perdiendo las costumbres de antaño, se han alejado casi sin que note la fuga. Ni vinieron al hospital cuando recaí de mis dolencias, las normales de la edad. Me dejaron mensajes en el móvil. Reponte. Que salgas hecho un toro, te espero tu caramelo, cosas así. No les eche en falta entonces, aún menús ahora. Hasta me molestaron esas confianzas, las habituales, impertinentes todas, pero comprendí en el fondo que no me visitaran, todos tenemos nuestras ocupaciones. Yo mismo, en situaciones parecidas, no he sido el mejor de los amigos. Un poco por cansancio y otro poco por convicción. Se hace uno perezoso, teme también no saber decir lo que debe. Me pierde mi locuacidad, si me permiten el atrevimiento. La de mi padre, imagino, cuando salía de casa. Soy de esos que, no sabiendo bien qué decir, recurren a lo primero que se les ocurre. A Julia le irrita esa impericia mía, no la aprueba, se envalentona, cuando es tímida en exceso, me ruega que piense las cosas antes de decirlas, cree que es normal que haya perdido a mis íntimos, se extraña que en alguna ocasión me hayan apreciado, tenido en consideración. También yo lo pienso, aunque no tenga argumentos en mi descargo. Así que entra en lo normal que me esmerara, evitara hablar y esperara a que fuesen los otros quienes abrieran camino, pero no me interesa mucho de lo que dicen, no encuentro ni por asomo el placer que me produce hablar, ese don. En todo lo demás, la vida transcurre con esa tierna melancolía de quien se deja vivir, sin honduras ni presagios.

Julia sale con sus amigas, es posible que desoiga las insinuaciones de sus admiradores, pero no es algo que me preocupe. Hemos llegado a ese lugar del matrimonio en donde no hay victorias ni derrotas. Lo duro es estar solo, también lo será para Julia. Ella tiene recursos, sabe qué hacer, a qué sitios ir para hacer amigos. Está en su temperamento tropical. Hoy mismo, preguntada sobre si tenía un amante o lo tendría, llegado el caso, si se tercia y alguien la corteja o por lo convulso de estos tiempos, yo soy un antiguo, un viejo susceptible, sencillamente la aborda y le pide que se acuesten, me dijo que no era incumbencia mía, lo que me resultó peor que la constatación de que lo tuviera o que me lo confesara sin ambages, como a veces hablan los adultos.  Julia es joven, ya lo he dicho, pero lo es en lo que se le antoja. En lo demás se comporta con desparpajo, no tiene reparos en alardear de que tuvo un pasado y amantes y una vida licenciosa. Yo debí ser el punto de inflexión, le hice ver una vez: alguien con quien empezar de nuevo. Ayer la vi en el centro. La seguí con discreción. Iba de compras, sola, Observé que fumaba, cosa que en casa no hace, ni yo he notado que su ropa huela a tabaco o la delate el aliento. Se paró en dos cafeterías. En una pidió un café, solo. No suelo tomarlo en casa; es más, creo que hasta me ha reprochado que yo abuso de él. Con tu edad es lo peor que puedes echarte al cuerpo. Lo que me dejó más perplejo, entre todas las cosas que me dejaron perplejo, entre el café y el tabaco o un periódico que se despachó con vivo interés, cuando jamás (aquí no me asalta ninguna duda) lee prensa en casa, ni se interesa en estar al día de lo que pasa en el mundo en la televisión, que es una especie de periódico para gente que no lee, fue que entrara en una tienda de juguetes. Apurada con las tres bolsas grandes que llevaba, todas de tiendas de marca, de las que triunfan entre la juventud y la gente con posibles, iba como nerviosa o como asustada, también ilusionada, con ese ímpetu misterioso de quien puede gastar, le gusta hacerlo y está convencida de ese acto, preocupada por  tirar alguna estantería llena de muñecas o una mesa muy grande en la que se exhibían cachivaches que no sabría describir y cuya utilidad me resulta indiscutiblemente extraterrestre. Yo no tuve juguetes, en casa no se hacían esas cosas, traer juguetes, ponerlos bajo el árbol de Navidad, hacer fotos que registraran la cara de puro asombro y júbilo. Se paró frente a un avión enorme y lo cogió en peso y preguntó algo al encargado, que a su vez preguntó a otro, hasta que los tres rieron y ella pidió (creo que eso hizo) que lo dejaran en el mostrador de la caja, que iría acumulando allí todo lo que fuese comprando.

Que recuerde, fueron ocho o diez juguetes lo que se llevó, insisto en que estoy viejo y, si no lo estoy en demasía, sí cansado y decepcionado, escamado, desconfiado por añadidura, por lo que no tengo la memoria de antes, ni la echo en falta, no crean. Vi una caja de varios cuerpos con una manivela que, al ser accionada, emitía una música muy dulce, como de orquesta en un baile de salón. La probaron allí mismo y ella la tocó con virtuoso mimo. En casa teníamos una de esas cajas, me lo contó mi hermana una vez, pero yo lo tengo un poco emborronado todo.

La edad es la que lo arruina todo. La música me fascinó, me hizo pensar en el pasado, me emocionó también. Vi un juego de construcción, uno con muchas piezas, magnéticas si no me fije mal, de los que a mí cuando pequeño me encantaban y que jamás me trajeron los Reyes Magos. Vi un algunas cajas de juegos de ingenio o de habilidad o de estrategia, no sé bien, ya digo que estaba lejos, por evitar ser visto, por no caer en el descuido de que me descubriera y no tener nada con lo que justificarme. Al fin y al cabo, qué podría haberle dicho, nada que evitara que yo me turbara y ella se enfadara, con mucha razón, por otra parte. Vi más cosas, no tengo ahora el nombre de todas, pero sí que tengo la idea de que me eran familiares, como si me hubiese preguntado no el qué desearía que me trajesen los Reyes, asunto ridículo de todo punto, sino qué hubiese deseado que me regalasen hace cincuenta años. Pensé a quién le haría abrir mucho los ojos, deslumbrarse por la caja de música, por el juego de construcción, por el de ingenio. El hijo de un amante, me atreví. Pensé en mi dinero, cuando nunca le presto más atención de la precisa, en muchas de las cosas que mis amigos contarían si descubrieran la jugada.

Me las apañé y estuve en casa para su regreso. Me desvestí con pesadumbre, bajo de espíritu, ensayando qué le diría cuando entrase, las palabras que servirían para deshacer nuestro matrimonio convenido. Estaba en el sofá, escuchando música, algo de clásica, abierto mi periódico deportivo y apurando una copa de vino, cuando Julia se presentó con extraño protocolo. Sonrió, y no suele sonreír; me dio un beso en los labios, y no suele besarme, ni en los labios ni en la mejilla, como hacen por costumbre las parejas;  me miró con dulzura, y no suele mirarme con dulzura. Esa noche cenamos en la cocina, no puso la televisión, ni preparó uno de esos platos precocinados. Me pidió que eligiera un buen vino, el mismo que bebías esta tarde, dijo, sírveme, a ver si me gusta, es el que más te gusta. Andrés, hace tiempo que no me cuentas nada, creo que estás perdiendo facultades; hablas poco, me cuentas poco, algo habrá que contar, seguro que tienes algún chascarrillo de tus amigos o has escuchado algo que me interesa, añadió. No tengo problema en eso, en hablar, en decir lo conveniente y lo que no lo es, ya digo que soy charlatán, aunque haya perdido el hábito. No lo habré perdido del todo, probablemente. Le conté cuanto se me ocurrió, mentí sin darme cuenta, le dije que había salido a tomar un café y paseado por el centro de la ciudad, como suelo, parándome en los escaparates, pendiente de volver a casa a la hora de la cena; la escuché cuando me contó qué hizo ella, no interrumpiéndola, hay que considerar que no he hecho otra cosa en la vida que interrumpir a los demás, imponiendo mi conversación, apartando la ajena, no dándole la importancia que sin duda ya tenía la mía. Fui al centro también; es raro que no nos viésemos, no es tan grande el centro. Compré ropa que me hacía falta, no he gastado mucho. Luego estuve en un centro comercial, eso fue lo que dijo. No me dijo nada de haber entrado en la planta de juguetes, ni una palabra. No es mentir, me dijo, pero también se miente cuando no se dice todo, pensé. Esa noche, acostarnos,  no me dio la espalda, no me dijo sin ganas no tengo ganas, no me apartó la mano cuando la acaricié, como hago de vez en cuando, sin esperar nada a cambio; bien al contrario, la tomó con fuerza y la manejó a su antojo. Hicimos el amor,  no soy de contar estas cosas, no interesa a nadie que una pareja que se ama haga el amor. No debemos quedarnos desvelados hasta tarde, AndrésMañana vienen los Reyes Magos. Entrarán por la cocina, he dejado la ventana un poco abierta. En mi casa les dejábamos un vaso de leche y unas galletas, por si les da por comer si traen hambreEn casa, en La Habana, los reyes son un invento capitalistaEn la mía nunca celebramos la Navidad, respondí yo. Ni llenamos el árbol, no había árbol, son cosas que pasan en las familias, Julia.

No sé si alguna vez te he contado estas cosas, me da apuro, seguro que las tuyas fueron parecidas o fueron peoresLo sé, Andrés, me calló, tapándome la boca, hoy me lo ha contado tu hermanaDuérmete, abrázame hasta que te venza el sueñoMañana, habla para mí, cuéntamelo todo, no te guardes nada, haz eso para que yo te quiera mucho, por favor. Por la mañana, creí que había sido un sueño. El paseo por el centro, espiándola, un sueño. Las bolsas llenas de juguetes, un sueño, pero escuché la caja. La música venía del salón. Había un árbol, uno grande, bien cargado de adornos. Al pie, en una alfombra con un Merry Christmas cosido con letras brillantes, estaban los regalos. Todos sin abrir, menos la caja de música. Ninguno de mis amigos creerá esta historia.

TÓCALA OTRA VEZ, MATT…

Por Angéline.

Cuando Maud le llamó para contarle la idea que había tenido Matt, el temerario, al principio pensó que se trataba de una broma. O quizá su cerebro ya operaba en fase-cierre y la más elemental lógica se había esfumado dejando paso a un confuso montón de ideas, tan alocadas como él. De todos era sabido que Matt  en su juventud había tomado LSD, en una mala época de su vida, y desde entonces sufría cada varios años unos excéntricos arrebatos que le habían convertido en una caja de sorpresas. Claro que esta vez Ernie también participaba, el intelectual del grupo. Con él en el asunto la idea empezaba a tener sentido, o al menos le había forzado a reconsiderar su primer impulso de negarse, acababa de pasar una gripe, decidiendo al final viajar al pequeño pueblo de Farmington, en Maine. La guinda del pastel era el telegrama de Keith. Contaba con llegar al día siguiente al coqueto parador «El tesoro del Cazador», un lugar que no existía sesenta años atrás, cuando cruzaron el país para participar en el primer campeonato juvenil de soccer, pero que les venía al pelo para la nueva extravagancia de Matt. El pueblo había ganado esplendor desde entonces y el pequeño hotelito del principio se había hecho famoso con los años ganándose un merecido primer puesto entre los mejores alojamientos de la zona, algo que promocionaban con frecuencia en anuncios televisivos por todo el país, el antes y el después de un soberbio complejo hotelero.

La anterior ocurrencia de su amigo no había cuajado porque los años no perdonan y ninguno de ellos se encontraba ya en condiciones para seguirlo en todas sus eufóricas aventuras, pero habían participado en la mayoría y no solo para ayudar a combatir la eterna melancolía de su amigo tras haber perdido a su mujer y sus dos hijas a los cinco años de matrimonio en un desdichado accidente de tráfico, sino por la adrenalina, la novedad, el chorro de vitalidad que aportaban a sus vidas aquellas escapadas. Si alguno de los cuatro había nacido para esposo y padre era Matt, ese debería haber sido su destino. La vida les había dispersado en distintas ciudades pero tanto en su infancia como en la adolescencia, Matt había cuidado de todos ellos asumiendo el papel de hermano mayor en cuanta pelea o discusión les envolvía e incluso en su tiempo libre, cuando se descolgaban por los árboles que bordeaban la presa de Green Valley, o inspeccionaban la mina abandonada del pueblo. Más que autoritario era protector. Una de sus grandes manos surgía de la nada cuando un pie resbalaba arrojando a alguien al vacío y le sujetaba por el cogote, aferrando su chaqueta con aquella fuerza envidiable o le sacaba de la cabeza con rapidez las ideas más arriesgadas. Perder con treinta años a la mujer de su vida y sus queridas hijas lo había vuelto loco durante un tiempo y en adelante todo lo temerario que no había sido con anterioridad. Su hermana Maud se había convertido en su ángel de la guarda desde entonces.

Qué demonios, era casi imposible no seguirle cuando les convocaba porque su energía era arrolladora esos días y así es como lo querían y necesitaban, no como la sombra de sí mismo que arrastró al menos diez años tras la pérdida. Cuando Maud llamaba a sus casas cruzaban los dedos para no meterse en algún lío de grandes dimensiones pero valía la pena acudir, nada podía igualarse a aquellos momentos. Matt, por otro lado, había salido de su depresión trabajando duro y su empresa de transportes le había reportado una  fortuna que ni aún dilapidando podría consumir en una vida. Todas aquellas “andanzas” insistía en pagarlas de su bolsillo, y tras la llamada llegaba el billete de avión y las instrucciones para la actividad del momento, siempre poco antes de Navidad. Con los años su mujer había llegado a entender la urgencia de aquellas reuniones y le permitía, ya sin estúpidas escenas de celos, desaparecer durante tres días para renacer con sus amigos, salir de su apolillada rutina y ver el presente con otra luz, como quien hace una puesta a cero de su vida. A veces se sentía culpable cuando el grupo se ponía al día en alguna cena y él mencionaba a Betty y a los chicos. Matt nunca se había vuelto a casar, el recuerdo de Irina le acompañaba cada día, pequeños detalles lo revelaban, pero jamás volvió a mencionarla.

Estaba hecho polvo el cabrón, pensó con cariño, pero todavía conservaba aquella mirada de desafío que les obligaba a competir una y otra vez por todo. Observó cómo se retiraba el sudor de la frente con el brazo, sus piernas ya no eran ágiles como hacía años pero acababa de birlarle el balón con una finta de instituto, como un condenado adolescente. Ernie llegó resoplando en su ayuda aunque poco podían hacer contra sus amigos, el árbitro reanudó el juego. Los lugareños eran buenos, uno le envió un pase largo y él corrió tras la pelota como si le fuera la vida en ello. En su calidad de invitado junto a sus amigos en un partido legendario que conmemoraba aquel primero, no quería quedar como un anciano fósil pero la artrosis de la rodilla le estaba matando. Keith regateaba con su particular pasito, en parte burla, en la otra la maestría con la que había llegado a jugar como profesional, a diferencia del resto. Imágenes de la noche anterior no hacían más que ralentizar sus movimientos. ¿Por qué no se habían visto en los últimos seis años? Cada vez que se reunían le duraba una semana la «tontería», como Betty la calificaba, que no era otra cosa que una inmensa felicidad. La amistad que había comenzado en la escuela había sobrevivido a años de distancia, discrepancias y algún que otro conflicto entre algunos de ellos. La muerte de las chicas, por otra parte, fue el pegamento que recompuso cualquier rencilla pendiente. ¿Qué decir ante algo semejante? Irina había sido desde el primer día el contrapunto a la contención de Matt, su talismán, el latido desacompasado que de vez en cuando le hacía parecer más humano, menos controlador, incluso soñador.

Todos entendieron que tras la tragedia su personalidad cambiase por completo, como si el presente fuese solo el negativo de lo vivido, y aunque cayó a las profundidades de un abismo de autodestrucción y baja estima, con apoyo y cariño consiguió remontar, nuevas genialidades al margen. De nuevo la cena vino a su mente. Las explicaciones de Bernie, la mirada nostálgica de Matt entre los destellos de las luces en el restaurante durante el brindis. La sensación de que aquellos tíos arrugados y decrépitos eran su familia. Una bola se descolgó del inmenso árbol de la entrada y fue rebotando hasta su mesa. Keith la envió de un taconazo junto a la estrella, en lo alto y el estruendo de los aplausos entre los comensales les arrancó la primera carcajada espontánea. Quedaba medio minuto de partido y al fin llegó su oportunidad. Matt se acercaba pero era imposible que le arrancase el balón en tan poco tiempo. Apenas unos metros y podría igualar el marcador. A punto de descargar una brutal patada a la pelota escuchó llegar a Keith por su izquierda. Sabía lo importante que era para Matt aquel partido, durante la cena había bromeado con que quizá no estuviesen todos la próxima vez y sería interesante irse al otro barrio con una victoria. Hasta entonces no le había dado importancia al rumbo que tomaban aquellos comentarios sesgados pero lo evidente estalló ante él como una bomba. Aquel bastardo no podía abandonarles, pensó respirando con dificultad mientras se acercaba a la portería con los ojos nublados por la impresión. “¡No empates, joder!”, le gritó Keith a la espalda. Bernie parecía un fantasma, los brazos en jarras, reprobando su protagonismo, todos corrían como en un sueño, demasiado despacio. A dos metros de la portería vio al Matt de su infancia, protector, feliz con su carrera, como si fuese el entrenador de un equipo fabuloso, a punto de aplaudir la proeza de su pupilo por burlar a cuantos intentaban interceptarle.

El balón giraba en el aire sobre sí mismo en su camino ascendente hacia el cielo infinito cuando el árbitro pitó el final del partido. Todos miraron hacia las nubes y la veloz ascensión del esférico pareció deneterse unos segundos en un punto, como si fuese a desaparecer, antes de caer con fuerza. En el momento que tomó tierra, el público se levantó, enardecido, coreando con aplausos y bengalas al equipo ganador mientras la nieve cubría con suavidad todo el campo en su descenso majestuoso. La foto del periódico, aquellos tipos abrazados sin pudor como si fueran una piña, enterneció a Maud, sacó unas lágrimas a Betty y llenó de calor el corazón de cuatro amigos una vez más. Acaso el futuro estuviese ya escrito, pensó, y los achaques de unos y otros les mandasen al infierno un día cualquiera pero no cabía duda de que Matt sabía hacer las cosas a lo grande. Quizá en el otro barrio pudiesen retomar las pullas cuando les llegase a todos la hora, con sus familias junto a ellos ya al completo. Mientras tanto, la Navidad les reunía una vez más, como si no hubiesen pasado los años, y maldito si pensaba desperdiciar un segundo con lamentos. Ya habría tiempo para ello cuando se hiciesen viejos.

SI NO ME QUERÉIS, ME ODIARÉIS

Por Alex.

La vela se apagó lentamente. Santa tardó en darse cuenta de lo que había ocurrido. Estaba sentado en un sofá parcheado junto a una inmensa chimenea que abarcaba un tercio de la pared. Desde hacía décadas +su día a día se limitaba a lamentarse de su suerte sentado en aquel maloliente sofá. Primero se marchó su mujer, después los renos, finalmente fue el número de elfos el que comenzó a mermar. Pero aquel día intuía que algo excepcional iba a ocurrir y aquella brizna de viento fue la señal. El instinto le hizo girar la cabeza para confirmar que la vela se había extinguido. Era la última de las nueve velas originales que mantenía su luz. Las otras ocho fueron muriendo a lo largo de los dos siglos anteriores.

-Ya era hora, maldita cabrona.

Hace tiempo que esperaba aquello. Hacía muchas décadas que no salía a repartir juguetes la noche de Navidad. Tan solo aguardaba a que ese momento llegase. Santa cerró los ojos mientras dejaba que su espalda reposase un minuto más en el respaldo resquebrajado del sofá. Solo necesitaba un minuto para asumir que no quedaba nadie en el mundo que creía en él. Al fin todo había acabado.

PASO PRIMERO: ROMPER AMARRAS. 

El protocolo que él mismo diseñó cuando se esfumó la luz de la primera vela se puso en marcha. Como primera medida se vistió con un traje que le hiciese pasar desapercibido entre la multitud. Un alivio en realidad, pues odiaba ese traje de pesada lana con motivos nórdicos que se veía obligado a vestir. Si bien, era preferible al traje rojo con bordes blancos con que la mayoría lo vestía en su imaginación.

Maldita Coca-Cola. Todo empezó por tu culpa, musitó. 

Después se afeitó con cierta dificultad su copiosa barba. Apenas la cuidaba desde los años sesenta del siglo anterior. Cuando hubo terminado, cogió el grueso abrigo pardo elaborado con piel de caribú que le regaló un lapón en los buenos tiempos, cuando aún era querido y respetado. Una vez se lo ajustó se enfrentó a la puerta de su casa. La realidad estaba ahí fuera. Si la atravesaba dejaría atrás para siempre la zona de confort. Aquella que le permitía ser el héroe sin arriesgar lo más mínimo.

 

-¡Pero qué demonios!, se dijo para infundirse ánimos.

Sus pies se movieron hacia atrás al sentir el vértigo de la realidad y sus manos se posaron en el pomo de la puerta. Su propia decisión le pilló por sorpresa. Franqueó la puerta farfullando maldiciones. Su silueta se esfumó entre la bruma ártica poco después. El viaje había comenzado.

PASO SEGUNDO: CERTIFICAR LA REALIDAD 

El avión le revolvió las tripas. En realidad era mejor que volar en trineo, con aquel traqueteo incesante, sus traicioneras rachas de viento y los salvajes aterrizajes en tejados siempre demasiado pequeños, pero hacía tanto tiempo que no volaba que el trayecto en avión fue el equivalente para su estómago a comer cuchillas de afeitar.

El aeropuerto LAX era acogedor a su manera. Paredes pintadas con colores cálidos, disposición poco agresiva de las zonas de mostradores y cómodas zonas de espera. Además estaba la luz. Ese elemento desconocido para él. Un océano cálido que atravesaba los ventanales a borbotones. Santa nunca había visto nada parecido.

Siempre repartí de noche. Siempre entrando por chimeneas infectas llenas de hollín y pájaros muertos. Y estaba el fuego, claro. El que siempre olvidaba apagar el padre del pequeño Tim de turno. ¡La de veces que me quemé el culo, joder!

Las palabras malsonantes ejercían un poderoso influjo sobre Santa. Del mismo modo que lo hacía la ciudad que eligió: Los Angeles, California. No se puede decir que fuese el lugar más apropiado para un habitante de Laponia. Una ciudad que desconocía el concepto nieve, tenía vagas nociones sobre el significado del frío y carecía del calor humano que se le supone a un tratante de felicidad como era él. Pero Santa estaba harto del frío, de la nieve, de los jodidos renos que llenaban todo de mierda y de unos elfos cada día más contestatarios. Él quería vestir bermudas y camisetas estampadas… al menos durante unos días. Tras uniformarse adecuadamente en una tienda del aeropuerto dio por comenzada su misión, solo que no sabía por dónde hacerlo.

Un taxi conducido por un mal encarado pakistaní le dejó en el 1751 de Vine Street, en pleno paseo de la fama. Quería ver la estrella dedicada a Edmund Gwenn, a su juicio, el único actor que supo captar la esencia de Santa Claus. El que Santa fuese un cinéfilo era un dato desconocido para los que le pedían y pedían y darle nada a cambio. Todos le imaginaban como un gordo sonriente que fabricaba juguetes entre carcajadas o tomaba tazas de cacao caliente mientras observa la nieve caer desde la ventana de su casa. Todos se equivocaban. Las noches árticas son largas y el equipo de dvd marca JVC que le entregaron unos japoneses deseosos de hacerse un selfie con él era de mucha ayuda. Desde entonces comenzó a ver películas con tal asiduidad que no tardó en convertirse en un avezado cinéfilo. Cinco, seis, siete películas diarias. El cine se convirtió en su droga y “Milagro en la ciudad” en su película de cabecera. La veía compulsivamente soltando sonoras carcajadas cada vez que detectaba alguna incongruencia.

Mientras descendía del taxi y recibía el desdén del conductor imaginaba que la estrella dedicada a Gwenn sería honrada con flores o velas en su regazo. Un actor como él no merecía menos. Su decepción fue monumental al comprobar que no solo no había ninguna clase de agasajo en la placa sino que además estaba sucia con las letras ennegrecidas y con un recipiente de cartón con el logo de una hamburguesería cubriendo parte del nombre. Santa lo limpió y retiró la basura que lo mancillaba antes de sentarse a su lado sin que su acción llamase la atención de los viandantes.

-¿Qué nos queda por hacer Gwenn?

 

El rostro de Santa encarnaba la derrota.

Una voz aflautada sonó a su espalda.

Puedo hacer que tu dolor se convierta en un prado lleno de sol y de amapolas.

Aquella voz nasal que sonó a la espalda de Santa le hizo levantarse apresuradamente. Miró al autor de aquella tentadora promesa, un tipo bajito de color pardo que vestía un llamativo traje azul eléctrico. Santa le miró. El tipo sonrió.

PASO TERCERO: COMPROBAR QUE NO HAY UN CAMINO DE REGRESO.

De modo que eres Santa Claus.

La lúgubre luz de un angosto bar apenas pudo esconder la mueca burlona del tipo estrafalario al decir esto.

Oye, no te juzgo. En esta ciudad puedes ser quien quieras. He conocido a Daniel Boone, a Cleopatra incluso a George Washington. No tienes más que cruzar la calle y Mae West te hará una mamada por 20 pavos.

Santa estaba confuso. El mundo real era peor de lo que imaginaba. Aparcó sus pensamientos unos segundos aprovechando que el barman se acercaba a ellos.

-¿Sería tan amable de servirme un ponche de huevo?

El barman le miró con gesto incrédulo.

Dos cervezas, ¿vale? –intervino el tipo estrafalario.

Dile a tu amigo que no me vacile o ya estáis pirándoos de aquí. No me gusta la gente rara.

-Tranquilo, ¿vale? Es de Idaho. Ya sabes: iglesias, vacas y puentes de madera.

El barman se alejó sin dejar de mirar a la extraña pareja.

Ya nadie cree en mí, dijo Santa. Nadie cree en la Navidad. El mundo se ha convertido en un estercolero.

-Claro que creemos en la Navidad –dijo el tipo estrafalario mientras sacaba algo del bolsillo de su abrigo que colocó raudamente en su cabeza- . Lo ves, tengo un gorro tuyo.

-Debí revertir todo esto cuando comenzó a pasar.

No te mortifiques. Los chicos de ahora ya no quieren juguetes de madera y dulces. La realidad no les basta, quieren consolas y esas gafas de realidad virtual de mierda. A los adultos, la realidad nos sobra y preferimos las drogas y las armas. Deja un uzi en mi calcetín y te prometo que volveré a creer en ti.

Una grotesca carcajada puso el punto final a la vida del tipo estrafalario. Las balas barrieron la barra del bar matando también al barman antipático. Un tipo vestido de negro mantenía en sus manos la humeante arma automática con la que había llevado a cabo la masacre. Caminó lentamente hacia Santa con extrañeza. Cuando se situó a tres palmos de él miró su rostro. Después su vientre. Santa bajó la mirada para comprobar que las balas habían atravesado su camiseta estampada. El asesino sacó una pequeña pistola de su bolsillo con torpeza para acabar el trabajo. La acercó a Santa hasta posarla sobre su frente. Después, disparó.

 

PASO CUARTO: TOMA DE MEDIDAS.

 

La policía acordonó el bar mientras algunos agentes buscaban posibles testigos de la matanza. Es escenario del crimen era desolador: dos hombres habían muerto sin motivo aparente y un tercero, probable autor del crimen, parecía haber enloquecido. Un grupo de tres policías lo rodeaban mientras él balbuceaba incongruencias. Una agente con aspecto de haber salido de la academia el día anterior reparó en Santa al verle sentado en un banco cercano al bar. Se acercó cautelosamente hasta comprobar que algo brillaba en su enorme panza. Se puso en cuclillas frente a él. La sangre le manaba abundantemente del estómago y la frente. Al ver tan macabra escena la agente se asustó cayendo de espaldas sobre la acera. Santa se levantó y la ayudó a incorporarse. Su mirada era puro terror.

No se preocupe por mí, yo ya estoy muerto, dijo Santa antes de ponerse en marcha lentamente calle arriba.

Después de aquello Santa pasó los siguientes seis meses recorriendo el mundo en busca de un creyente que no encontró. Cada ciudad que visitaba, cada país que recorría era aún peor que el que lugar anterior. Durante su periplo había visto cosas espantosas. Sin duda estaba todo perdido. Había llegado el momento de tomar medidas.

A su regreso a Laponia se encontró con su casa en estado ruinoso, como si un ocupa descuidado la hubiese usado sin preocuparse en adecentarla. Incluso la villa de los duendes parecía definitivamente despoblada. Los pocos que quedaban se habían marchado a excepción de una docena de desnortados que no tenían dónde ir. Rabiosos, alcoholizados con el licor de hierbas que ellos mismos fabricaban, sin esperanza y con ganas de devolver el golpe. Fueron ellos los que se presentaron en la puerta de Santa a los pocos días de que regresase. Lo hicieron con la actitud del que busca revancha sin tener nada que perder.

Estamos listos, dijeron.

Santa les dejó pasar. Se sentaron alrededor de una mesa de madera recia que conoció mejores veladas que la que estaba a punto de desarrollarse. Santa abrió una caja verde envuelta en papel de regalo con motivos de renos, campanas y estrellas de Belén. Al abrir la caja extrajo un sobre sellado que contenía un montoncito de papeles. Desechó parte de ellos hasta encontrar el que buscaba. Lo puso sobre la mesa. Miró a los elfos sin que su mirada mostrase un rastro de compasión.

 

PASO QUINTO: EJECUCIÓN.

Era el día previo a la Navidad. Todo estaba listo para poner en marcha la gran masacre. El plan consistiría en que Santa y sus duendes sembrarían el terror en las ciudades más importantes del mundo. No lo idearon como una venganza sino como una purga. Llenaron el trineo con pequeñas bombas de gran potencia capaces de derribar un edificio de veinte plantas. Ajustaron los cañones de plasma del trineo capaces de derribar un F-22 con un solo impacto. Finalmente cogieron sus fusiles de munición infinita que habían fabricado durante los meses anteriores. Todo estaba listo. Santa dio el visto bueno y los motores del trineo se pusieron en marcha.

¿Quién necesita renos?, rió Santa.

El día anterior acordaron que la primera ciudad en ser masacrada sería Melbourne. Después arderían Manila, Delhi, Moscú, Berlín, Londres, París y Nueva York. Moriría mucha gente, sí. Víctimas necesarias para salvar al mundo. Llegaría el día en que la masacre de Navidad sería celebrada como la catarsis que salvó a la humanidad.

Santa aguardó a que los duendes subieran al trineo.

¡Vamos, estoy harto de esperar!, les azuzó Santa.

Los duendes salieron de la casa ajustándose sus ropas. El último en hacerlo lo hizo con el gesto desencajado.

Deberías ver esto, Santa.

 

-¿El qué?

 

-Solo entra y compruébalo tú mismo.

 

-¡Sube, no quiero perder más tiempo! ¡Cada minuto que estamos aquí se convierte en un alma que no conseguimos salvar!

 

-¡No subiré sin que antes veas esto!

 

La vehemencia del elfo disgustó a Santa. Apagó los motores del trineo de mala gana y salió de su interior con un ágil santo impropio de su volumen. Al pasar junto al duende le dedicó una mirada severa. Cruzó la puerta. Vio la chimenea. Reparó en los ladrillos superiores. Dejó caer uno de sus guantes al suelo.

EL PASO INESPERADO: REDENCIÓN.

 

La luz de la vela era tan tenue como el hálito de vida de un recién nacido. Al tiempo, la llama transmitía una robustez que pedía ser cimentada de inmediato. Santa y los elfos la miraron entre sorprendidos y halagados durante un buen rato hasta que la campana del buzón hizo retumbar un sonido agudo. Santa se abalanzó sobre el buzón en cuanto sonó el clink en busca de la primera buena noticia de ese año. Los bordes de una carta asomaban por una rendija. Sí, era cierto, aún había esperanza. Santa abrió la puertecilla del buzón con gran cuidado, tomó la carta como si se tratase de la mercancía más preciosa y la abrió, rasgando la parte superior con delicadeza. El grupo de asombrados duendes leyó su contenido con expectación. Se trataba de una niña llamada Amanda que vivía en Newark, Nueva Jersey. Alguien creía en ellos.

Durante el resto del día, los duendes se afanaron en elaborar los juguetes que solicitaba la niña con los materiales que tenían disponibles. Hacía tantas décadas que no recibían una carta que ciertamente se sentían desfasados, además de que fabricando el trineo nuclear se habían quedado sin materias primas. Nada, en cualquier caso, que no se pudiese paliar con entusiasmo e inventiva. Cortaron varios árboles del perímetro de la casa y se pusieron manos a la obra. En pocas horas obtuvieron los resultados. Así, en lugar de una Tablet crearon una portentosa pizarra en miniatura; en lugar de un Xbox con micrófono de karaoke incorporado fabricaron una caja de madera con un polichinela en su interior que salía disparado gracias a unos muelles; en lugar de un pinta caras de los pj mask enviaron una polvera de madera de arce con un delicado joyero a juego.

Buenos regalos, se jactó Santa. No decepcionaremos a esa niña.

Arrancar de nuevo el trineo activado por energía nuclear fue un problema inesperado. Los motores reaccionaron mal al frío y fue necesario aplicar toda la paciencia de la que disponía Santa para aguantar las tres horas que llevó reiniciar el sistema mecánico. Mereció la pena en cualquier caso. Cinco décadas después el trineo volvía a surcar la noche navideña.

UN ÚLTIMO PASO: TODO ACABA CÓMO DEBÍA ACABAR.

 

-¿Dónde está la chimenea?, Santa estaba confuso.

Santa, acompañado de dos elfos, examinaron cada centímetro de la azotea del edificio en que vivía Amanda en busca de una chimenea que no encontraron.

-No puede ser. Tiene que estar en alguna parte.

Reiniciaron la búsqueda una vez más. Media hora más tarde se dieron por vencidos y decidieron entrar por la puerta principal con cuidado de no coincidir con nadie en el portal. Amanda vivía en la octava planta de un edificio situado en uno de los barrios más degradados de la ciudad. Y claro, los vieron. En total fueron seis personas las que se cruzaron con ellos entre las calles aledañas al edificio y el interior del portal. Santa no le hubiese dado demasiada importancia al asunto de no ser porque intentaron atracarles mientras forzaban la puerta del portal. Un potente mordisco de uno de los duendes fue suficiente para espantar al ladrón.

Una vez frente a la puerta de la casa de Amada, Santa pidió a los duendes que se quedasen fuera vigilando que nadie le interrumpiera. Bastante agitado estaba siendo ya la noche.

La puerta se abrió con facilidad permitiendo el paso de Santa. El interior de la casa estaba en penumbra. Caminó lentamente en busca del calcetín navideño de Amanda o, al menos, de un árbol de Navidad. No los encontró. Siguió buscando por la pequeña casa cuando se topó con la puerta entreabierta de una habitación. Al asomarse vio a una niña durmiendo abrazada a un gigantesco peluche.

Debe ser aquí.

En efecto, era la habitación de Amanda. La habitación de una niña de seis años. La habitación cuyo suelo parecía un campo de minas sembrado de cubos de plástico, figuras de plástico en miniatura, naipes, muñecas sin brazos y coches de juguete. La habitación en la que Santa se pegó un costalazo al pisar uno de esos coches colocados de modo involuntariamente traicionero. Los padres de Amanda, al oír el estruendo procedente de la habitación de su hija, corrieron hacia ella para saber qué ocurría. La madre con un cuchillo que guardaba bajo la almohada. El padre con un bate de beisbol. No era un barrio muy seguro. La casa de Amanda había sido desvalijada en dos ocasiones durante aquel año que estaba a punto de acabar. El bate terminó hundiéndose varias veces en las costillas de Santa mientras el hombre gritaba enloquecido.

-¡¡Pervertido!! ¡¡Deja en paz a mi hija!!

Afortunadamente para Santa, la madre se mantuvo en un segundo plano durante la pelea. Mientras tanto, Amanda gritaba. Su rostro era la encarnación misma del terror.

Aquella misma noche, unos agentes de policía le condujeron frente a un juez de guardia. Santa ni siquiera quiso contar su versión del asunto. Sabía que sería inútil. Las únicas palabras que salieron de su boca fueron:

Kris Kringel. Me llamo Kris Kringel.

La noticia de su asalto fue portada en los periódicos locales el día posterior.

UN PEDERASTA VESTIDO DE SANTA CLAUS ARMADO CON UN SACO INTENTA SECUESTRAR UNA NIÑA EN SU PROPIA HABITACIÓN.

Dos semanas más tarde, una jueza dictó su sentencia.

Es usted una vergüenza para la comunidad. Ya que no consumó su agresión me veo limitada por la ley a la hora de castigarle cómo merece. De modo que le condeno a la máxima pena que me permite la ley: cinco años de cárcel. Si Dios existe confío en que alguno de los internos haga la justicia que la ley me impide consumar y nunca vuelva a pisar la calle. Que Dios le perdone.

Dios…

Santa dibujó una mueca irónica en su rostro tras abrir la boca por primera vez en semanas.

Cinco años más tarde salió de prisión. El mundo era un lugar aún más hostil. Ya que no podía abandonar el país ni comunicarse con sus elfos que a esas alturas estarían ya muertos o definitivamente alcoholizados, decidió quedarse a vivir Maine, en un pueblecito llamado Pottersville. Al fin y al cabo no tenía dónde ir y aquel lugar tan desagradable no parecía peor que cualquier otro. Encontró una casita construida con base de madera y chimenea. Le recordaba su casa lapona a la que tanto extrañaba. Decidió dedicar su primer día en la casa para adecentarla y descansar. Ya habría tiempo al día siguiente para poner sus cosas en orden. Entonces sonó la puerta. Unos nudillos la aporreaban con insistencia. Al abrir, Santa vio a dos agentes de policía.

-¿Señor Kringel?

Santa asintió.

-¿Está listo?

-¿Listo para qué?

-Para presentarse a su nueva comunidad.

Santa había olvidado que según la ley americana un delincuente sexual debe avisar a sus vecinos, puerta por puerta, de que acaba de mudarse a su barrio. Santa asintió con amargura. Tras recoger su abrigo acompañó a los policías hasta la puerta de la casa contigua a la suya. Los policías llamaron a la puerta. Una niña de siete u ocho años abrió. Miró a los tres hombres con curiosidad. Santa se adelantó un paso. Miró a la niña. Antes de que las palabras brotaran de su boca rompió la nariz del policía con un certero codazo. Después miró a la niña. Tras unos tensos segundos se agachó hasta ponerse a su altura y le susurró al oído.

-Si no me queréis, me odiaréis.

 

EPÍLOGO: LA VENGANZA ES MÍA.

 

Desde que la gente comenzó a ser asesinada por Santa en nochebuena las calles están desiertas. Algunos incluso colocan tablones en su ventana y se atrincheran tras los muebles esperando la excusa de que alguien urge en su puerta para usar el rifle que duerme en su regazo. La gente sigue sin querer a Santa, pero ahora le temen y le respetan. No creen en el amor sino en la sangre que se derrama cada vez que su grotesca risa resuena en el aire antes de lanzar su grito de guerra. Justo el instante antes de que el aire navideño cargado de cristales de hielo comience a oler a pólvora.

-¡Feliz, Navidad! ¡Ho Ho Ho!

 

¿Qué harás cuando yo no esté?

Una noche de agosto, no recuerdo el año concreto (tal vez 2006 o 2007), ella me cogió las manos y me dijo: ¿Qué harás cuando yo no esté? No era lo que necesitaba escuchar en aquel momento, pero las cosas fueron así entonces.

Mucho tiempo antes, siendo adolescente, dejé de creer en las películas. Las tramas me resultaban ajenas y los actores unos simples farsantes. Hasta entonces el cine había ejercido de eje en mi vida, por esa razón aquella época fue especialmente dura al ser despojado de la biblia que sostenía mi sistema emocional. Así fue hasta que una tarde de sábado, tras dar una vuelta con unos amigos, regresé a casa justo cuando comenzaba el pase de “El invisible Harvey”, una olvidable película familiar sin dobleces que contaba lo que veías sin mayor ambición que la de proporcionar entretenimiento durante un par de horas. Un despojo según el extremista modo de juzgar de cualquier adolescente. Me senté con desgana en el sofá presintiendo que no tardaría en marcharme. Media hora más tarde seguía sentado. La película no solo había logrado captar mi atención, además había relegado mis pensamientos hacia un lugar recóndito de mi cerebro. Dos horas más tarde, anonadado y lloroso, busqué el TR (aquel mítico Teleradio que siempre perdió sus batallas contra el Teleprograma razón por la cual siempre fue mi preferido) para leer la crítica sobre la película, recortarla y pegarla en un cuaderno en el que coleccionaba los datos de toda película que veía por aquel entonces.

He tenido oportunidad de volver a verla durante todos estos años, pero no he querido hacerlo. Los recuerdos impecables deben seguir siéndolo, y “El Invisible Harvey” es uno de los más luminosos por todo lo que significó. Hizo que volviese a creer; me devolvió el don de la inocencia que comenzó a desvanecerse demasiado pronto. Aquel tipo bondadoso (maravillosamente interpretado por James Stewart) que tenía por mejor amigo a un conejo gigante que solo él podía ver se convirtió en mi referencia vital durante un par de semanas hasta que llegó otra película, y después otra, y más tarde otra más y así hasta aquella noche de agosto de 2006 o 2007 .

“¿Qué harás cuando yo no esté”, dijo ella. Siempre recordaré el tono en que la pronunció, un tono intermedio entre la pesadumbre y la resignación. Una frase similar a la que pronuncia el psiquiatra que trata de devolver la cordura a James Stewart en “El Invisible Harvey”: ¿Qué harás cuando Harvey no esté?  Stewart respondió. No recuerdo qué, seguramente alguna frase más o menos brillante que reivindicase su locura. Yo no lo hice. La miré durante unos segundos sin llegar siquiera a balancear los hombros en un gesto de duda.

Hoy hubiese cumplido un año más. Y ahora, con la perspectiva de su ausencia, siendo el vértigo que debió sentir Jimmy Stewart cuando le preguntaron qué haría si su mejor amigo abandonaba el camino.

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La fórmula de lo intangible…

A lo largo de los años, Guillermo del Toro ha demostrado sobradamente una gran habilidad tras la cámara. Posee el don de dotar de un ritmo constante a unas películas y un sello propio que permite reconocer sus películas por su cuidada factura y sólido discurso que deja entrever un universo propio aún lejos de alcanzar su plenitud. He disfrutado de su pasión por los seres singulares que soportan la presión de la normalidad tanto como el acoso del mal, habitualmente encarnado en villanos unidimensionales carentes de aristas. Un pecado mayor, narrativamente hablando, perdonable gracias al humor paródico, (en ocasiones tan sutil que resulta imperceptible) que define a esos malvados de manual incapaces de dañar a unas víctimas protegidas por una capa de pureza invisible que los distingue de “la normalidad”. Asumido, pues, que del Toro es catalizador de emociones más que solvente queda preguntarse qué ha ocurrido en esta ocasión con un director capaz de extraer belleza al cultivar delicadas orquídeas en pútridos vertederos.

“La forma del agua” no es mala, y desde luego no es buena. Ni calienta ni humedece a pesar de sus notables esfuerzos por resultar entrañable. Ni fluye ni se estanca en el cauce ajeno por el que fluyen sus aguas. Sencillamente, los únicos dos puntos que nos hacen suponer que del Toro se encuentra tras esta historia es su villano plano al que resulta tan fácil odiar como difícil comprender y un monstruo que aparenta ser clónico (consecuencia inevitable, pese a las toneladas de maquillaje, de ser interpretados ambos papeles por Doug Jones) al fauno que embelleció los grises laberintos de las posguerra española. La sensación que transmite “La forma del agua” es tan tibia como el comprensible deseo de del Toro por ganar premios.  Afanado en tan triste labor, que le aleja irremediablemente de su deber como artista, confecciona una película sin alma, pensada en no disgustar a nadie, que crea planos filmados para ser recordados en las galas de premios cinéfilos pese a carecer de emoción. Ni siquiera se molesta en dotar de fondo a la fauna de personajes “entrañables” que se mueven calles “adorables” en su miseria. De tal modo, asistimos a cines vacíos que proyectan películas clásicas de las que pocos han oído hablar, escuchamos discursos de personajes que se esfuerzan titánicamente en resultar cálidos, paseamos por aceras que parecen extraídas de cualquier película de Jean Pierre Jeunet y detestamos a quien debemos detestar sin necesidad de hacernos preguntas. Todo suficientemente bien empaquetado como para reclamar el título de clásico moderno. ¿Y la emoción? Ausente, pero qué más da. Del Toro ha facturado una película que debe gustar a riesgo de ser señalado como ser insensible y sin alma en caso de alzar una voz disonante.

Apoyado en su impecable factura técnica, el director adereza la historia con pequeñas gotas de singularidad para eludir el cliché más rancio. La protagonista se masturba en la bañera cada mañana, en un evidente (la sutileza se halla ausente del metraje, insisto) guiño anacrónico hacia soledad convertida en enfermedad moderna. Un ser solitario y mudo (excelente interpretación de Sally Hawkins, por cierto) con el que resulta imposible no empatizar. El fracaso de del Toro al tratar de introducirnos en su mundo de silencio pasa desapercibido por la abundancia de detalles cuquis, elogiables riegos de caer en el ridículo más espantoso (que salva apuradamente) y la omnipresencia del malvado de manual (correcto Michael Shannon en un papel en el que cualquier actor se luciría por su simplicidad) empeñado en extender el mal allá por donde se mueve. Poco más de sí da la historia. Los trucos del director se alinean con los tiempos que corren señalando a los malos y rindiéndose a la pureza con planos rebosantes de autocomplacencia. Si el personaje homosexual (tan entrañable) se insinúa a un camarero de modo desafortunado (simple gesto torpe que hoy día podría convertirle en depredador sexual), se convierte al camarero insensible en un racista repugnante en la misma escena al negarse a servir a una pareja negra para salvar al personaje entrañable de la pira. Si el hombre anfibio se muestra violento, rápidamente le vemos transmitir los deseos más puros al personaje más abrazable. Y así será todo el metraje, una sucesión de enmiendas destinadas a crear un producto tan implecable como carente de verdad. Del Toro consigue de modo tan simple conseguir su objetivo de agradar.

Estos tiempos tienen el Oscar a la mejor película que merecen.

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Lo que te debo…

Dorothy Parker conoció la soledad oculta en el fondo de una botella, escribió a los brazos de extraños que expedían calor y  supo pronto que al que le arrancan algo de cuajo nunca volverá a recuperar la inocencia.

Primero llega el dolor, después el rumor del último latido, finalmente el silencio. Diez años de silencio.

 

He caminado por la arena nivelada

a lo largo de una extensión de gris:

desde lo alto de las dunas al extremo del mar,

salvo yo no hay ningún ser vivo.

 

He echado el pesado cerrojo

contra los golpecitos de la lluvia,

y he tiritado ante la chimenea, para ver cómo

pasan las horas oscuras.

 

La tormenta de medianoche, el litoral desolado:

viví a solas con ellos;

pero aquí, en el recodo de tu brazo,

está la soledad.

 

 

Vivir en un mundo sin Robert Redford…

Veo un “Un paseo por el bosque”, el curioso modo de ajustar cuentas con el tiempo de un escritor de guías de viaje que en realidad, intuyo, es un sosias de Robert Redford, el actor que da vida al personaje. El deseo de vivir una última aventura, de sentir la lluvia en la cara, el frío en lo más profundo de los huesos y el cansancio agujereando los calcetines. Sus ganas, su intención de mirar el mundo desde el otro lado de la ventana, me contagia en un principio, especialmente cuando un cascado Nick Nolte aparece en pantalla para compartir con Redford su locura. Tienen por delante el sendero de los Apalaches, 3.500 kilómetros de barrancos, senderos de montaña y espesos bosques. Tienen también suficientes ganas e ilusión por sentirse parte del juego una vez más. Bastan treinta minutos de metraje para que las expectativas se hundan en un cieno de lugares comunes. La narración plana, he ahí el enemigo, pienso. La hora restante se soporta gracias a ellos, a Redford y Nolte, caminando mientras reescriben su historia a través de sus miradas cansadas.

Al terminar, mi sensación no es negativa a pesar de la mediocridad de la cinta y de los vanos intentos de Redford por parecer joven. Al menos, por parecer diez años más joven, o cinco o los que sean. Entonces pienso en cómo será el mundo sin él. En cómo paulitinamente comenzará a  borrarse aquella tarde de sábado en que, con menos de diez años, vi “Dos hombres y un destino” y me hizo sentirme feliz el resto del día.  O cómo una vez, ya adolescente, trasnoché por ver “Todos los hombres del presidente porque la pasaban a la una de la madrugada. Afortunadamente no recuerdo nada del día de instituto posterior. Mejor así.

Si cada día me cuesta más acomodarme en el mundo hostil que estamos construyendo en base a la corrección política más aberrante, no sé cómo será cuando Jeremiah Johnson sea solo una huella de celuloide, Paul deje de caminar descalzo por el parque y Hubbell deje de enamorarse de Katie Morosky, aquella chica idealista y feucha a la que resultaba imposible no amar.

La bola crece en mi mente y termino por desvelarme. Me tomo una cerveza a oscuras tratando de dejar de pensar en un presumible futuro tan aciago pero no lo consigo. Mi nerviosismo aumenta al darme cuenta de que no quiero vivir en un mundo sin Redford… como tampoco quise vivir en un mundo sin Paul Newman ni Kathy Hepburn. Entonces me calmo. Ellos ya no están pero yo sigo aquí. He sobrevivido. Tal vez baste solo con eso, con verlos en la pantalla durante un par de horas para tomar el aliento con el que poder soportar un día más. Aliviado ya, me viene a la mente la mejor escena de “Un paseo por el bosque”; cuando los dos amigos, cansados por el esfuerzo y las peleas, se toman un respiro sobre unas rocas mientras miran el espectáculo que se extiende frente a ellos. Y entonces todo cobra sentido.

Tal vez baste con eso…

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El Orgullo…

El orgullo del que nada tiene, aunque sea derrotado, siempre vencerá al dinero del poderoso. Y a veces ocurren milagros de esos que nunca se borran de la memoria. Ayer, todo el sufrimiento de tantos años, cristalizó en un éxtasis perpetuo.

Ayer, ahogado por la frustración y la rabia de ser derrotado por un rival que suponía un subdito más, un periodista deportivo (muy madridista, él) prometió una futura venganza terrible sobre el Leganés. “Los meteremos siete”, dijo. Como hizo Alejandro Jodorowsky cuando su “Dune” fue tumbada por los productores, subo la apuesta: que nos metan diez, catorce, veintiséis. Sean los que sean, la felicidad de anoche nunca se podrá borrar. Nunca olvidaremos cuando fuimos gigantes por unas horas.

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