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Cuando las apariencias no engañan…

En mayo de 2003 se realizó el pase de prensa de “The Brown Bunny”, película dirigida por Vincent Gallo. Ocurrió en Cannes, durante la celebración de su famoso festival. Poco importa que la película fuese recibida con abucheos y abandonos en masa de la sala. Lo realmente importante acaecido aquel día fue la confirmación de que los muros que separaban la pornografía del cine convencional habían caído definitivamente: Chloë Sevigny, una actriz mainstream de renombre, además de nominada al Oscar, había filmado una escena de sexo explícito.

En realidad, el cine convencional llevaba años transgrediendo esos límites desde que la película japonesa “El Imperio de los Sentidos” filmara una escena de sexo oral no simulado. Si bien, la calificación X estigmatizó la película de Oshima, limitando su distribuición del mismo modo que lo sufrieron sus contemporáneas “La Naranja Mecánica” o “El Último Tango en París”.

Superado el shock causado entre mojigatos y reaccionarios de todo pelaje, algunos directores, caso de Michael Winterbottom en “9 Songs”, llegó a incluir una innecesaria eyaculación en la cinta. Puro ejercicio onanístico que nada aporta a la trama más allá del candoroso rubor producido en algún espectador desprevenido.

Lo explícito, habitualmente relegado al cine azul, se ha instalado con tal fuerza dentro del mainstream que se corre el riesgo de olvidar que en el origen de todo esto se halla un tipo enclenque de rostro afilado que atendía al nombre de Will Hays.

Sin llegar a los extremos de hoy día, en los albores del cine, la ausencia de reglas se constituyó como la principal regla a seguir. Abundaban las escenas de orgías; los desnudos eran habituales incluso entre las grandes estrellas, caso de Clara Bow o Lya de Putti (se llamaba así, yo no tengo la culpa). Demasiado desenfreno para una puritana América aún lejos de estar preparada para todo aquello. Fue sin embargo un suceso real el precipitó los acontecimientos: el asesinato, en el marco de una enloquecida fiesta, de Virgina Rappe a manos (supuestamente) de una de las grandes estrellas de la época: Roscoe “Fatty” Arbuckle.

El hecho de que Arbuckle terminase siendo absuelto, gracias a las malas artes de sus abogados, no impidió que la industria decidiese lavar su imagen recurriendo al puritano Hays, quien diseñó un código de conducta seguido a rajatabla durante las décadas que siguieron. Así pues, los directores se vieron obligados a usar la imaginación para mostrar todo aquello que el código consideraba inmoral. Y sabido es que la imaginación, en casos de extrema necesidad, no entiende de límites.

He aquí una pequeña selección de sugerentes imágenes que demuestran cómo lo subliminal superó lo explícito en muchas ocasiones…

CLARO QUE EL TAMAÑO IMPORTA

En “Space Balls” (1987), Mel Brooks escenificó la eterna batalla del ego masculino representado para la ocasión por un diminuto émulo del Darth Vader de “Star Wars” y un mercenario espacial que bien podría pasar por un Han Solo con baja estima. El resultado arrojó frases para la eternidad como:

“La mía es más grande que la tuya”

La obsesiva relación entre el hombre y su falo pocas veces fue mejor retratada. Adorable…

Aunque las explícitas poses de Dolph Lundgrem en “Masters of the Universe” no tienen nada que envidiar a la parodia ideada por Mel. En esta ocasión la espada oficia de poderoso atributo viril amenazando, con su descomunal tamaño, a todos aquellos que osen plantarle cara. Lo mejor: los duelos contra los malos malosos, equipados todos ellos con espadines tan pequeños como palillos. Inolvidable la socarrona actitud de He-Man al enfrentarse a sus enemigos, como quien dice: “Bah… pichacortas a mí”.

Sí, como lo ven. Así se las gastaba la Cleopatra de “Cuidado con Cleopatra” (Carry on Cleo, 1964), una más de aquella serie de “comedias” británicas que se perpetraron bajo el logo “Carry on…”.

Parece que Cleopatra (Amanda Barrie), no pierde el tiempo, y durante uno de sus famosos baños de leche de burra aprovecha para estrujar una fálica mazorca en una metáfora que por evidente (palabros clave: forma fálica, tamaño descomunal y leche a borbotones) resulta tan burda como cabía exigir a los subproductos salidos con aquella denominación, dirigidos siempre a un público con paladar de lija que confirma aquella afirmación de Luis Antonio de Villena: “Yo creía que las clases medias-bajas españolas eran bastas hasta que viajé a Inglaterra”.

Pero si hay un fetiche recurrente es el de los uniformes. En “Joystick”, película dirigida por Greydon Clark en 1983, se mezcló con lo fálico para hacer realidad la más popular fantasía del universo femenino.

El entusiasmo de la actriz resulta elocuente. La actitud sobrada del poli de pega, también…

Finalmente en “Los Rompecocos” (Screwballs, 1983) la escena en la que un gigantesco y bamboleante perrito caliente golpea los traseros de dos camareras afanadas en colocar un cartel publicitario se comenta sola y en dos puntos:

a) el rol de mujer objeto está lejos de quedar atrás en la psique masculina.

y b) la falsedad de la recurrida frase “el tamaño no importa” se muestra en toda su crudeza para desgracia de legiones de compradores de aparatos “alarga-penes”.

OBSESIÓN ORAL

En 1956, Elia Kazan causó un no tan pequeño terremoto con “Baby Doll”. Lejos de ser una de sus mejores películas, sí que se encuentra entre las que más revuelo provocaron al narrar la historia de un matrimonio de conveniencia entre una adolescente y un cincuentón. El hecho de que fuese una práctica habitual en el sur de los States aún en aquella época, la convirtió en un éxito taquillero gracias al inherente morbo que este tipo de historias provocan en toda sociedad puritana.

Kazan se las apañó para burlar a los censores colando diversos planos en los que Carroll Baker se introduce el pulgar en la boca; gesto que, unido al aspecto aniñado de la actriz, contribuyó a multiplicar el eco escandaloso de la película dotándole de un fino velo de refrescante amoralidad que provocó úlceras en más de una liga de la decencia.

Si bien el director no se detuvo ahí en sus insinuaciones. La escena en la que una embobada Baker lame un helado de vainilla mientras observa a su maduro marido forma parte de la antología de imágenes subliminales que algún censor torpe no supo o no quiso ver. Tal vez porque, durante su visionado, estaba ocupado en otra cosa…

Erotómano exquisito, Paul Schrader filmó una de las escenas más sensuales de la época sin necesidad de mostrar más piel de la necesaria.

Ya sin el agobio de la censura encima, simbolizó la obsesión oral con el aparentemente inocente gesto que le dedica un chico de alquiler (Richard Gere) a una sumisa clienta en la irregular pero imprescindible “American Gigolo” (1980).

Y hablando de sutilezas…

Pocas cosas divertían más a Stanley Kubrick que infringir las normas. Su acentuado perfil hijoputil, siempre deseoso de provocar reacciones encontradas, se manifestó en toda su gloria durante la adaptación de “Lolita”, la gran novela del escritor ruso Vladimir Nabokov.

Primero mintió al escritor, tras darle a entender que mantendría el tono despreciable que Nabokov infundió a Humbert en la novela, terminó por convertirle en poco menos que un héroe trágico. Después eligió a Sue Lyon para interpretar el papel de la nínfula, a sabiendas de que el aspecto adolescente de la actriz provocaría estupor. Finalmente, esculpió las fantasías de Humbert en planos aparentemente inocentes; como las gafas de sol con forma de corazón y la piruleta gigante que ella lame lentamente mientras observa a su padrastro, dejando que sus ojos escapen de los marcos de cristal en un claro signo de juguetona ambigüedad por parte de Lolita.

Ni que decir tiene que Adrian Lyne repitió la jugada (de un modo más directo) en el remake filmado en 1997. Esta vez con Dominique Swain en el papel de la maliciosa adolescente.

No podía faltar, por supuesto, el símbolo fálico por excelencia: el plátano. La fruta del amor.

En “Sangre en la tumba de la momia” de Michael Carreras, se utilizó el viejo recurso de la banana para insinuar lo evidente. La variante a destacar, en esta ocasión, fue lo ambiguo de la situación, al compartir un hombre y una mujer tan preciado bocado.

No pregunten quién mordisqueó el pedazo de fruta que falta. Piensen mal y acertarán…

Como pueden apreciar más abajo, a los integrantes del equipo de la película japonesa “Kawaii”, tampoco les faltaba su ración diaria de potasio…

Y es que una dieta equilibrada es fundamental.

De un modo tan gráfico como la última imagen, pero yendo aún más lejos, se presenta la película italiana “Il Bacio”, dirigida por Mario Lanfranchi en el lejano 1974.

Sexo oral y zoofilia de una tacada. No es de extrañar que la expresión de la actriz refleje más miedo que excitación. Que está acojonada, vamos. Normal. Digo yo que se les habría acabado las bananas y alguien debió decir: “¿Y por qué no probamos con una serpiente?”… Qué majo, él.

Más mérito tiene Luis Buñuel, quien en 1930 se atrevió con felaciones tan explícitas como la incluida en “La Edad de Oro”…

Curiosamente la película, escandalosa, por supuesto, fue atacada más por sus múltiples referencias anticlericales que por los juegos bucales de sus protagonistas. Será que por una vez la iglesia decidió dejar de proteger nuestra alma impura para proteger sus mullidos culos. Imagino que el contexto de la época favoreció la segunda opción.

También Catherine Deneuve cedió su apetecible lengua a la causa. Y tuvo que ser el viejo sátiro de Marco Ferreri quien la convenciera de realizar tan generoso gesto.

Con ese afán lamedor demostraba la Deneuve su adoración por Marcello Mastroianni en “La Cagna”. Teniendo en cuenta que por aquella época eran pareja en la vida real, imagino que el rodaje de esta secuencia no le supuso problema alguno a la bella actriz francesa.

Pero si hay una escena mítica en el mundo del cine subliminal, es ésta…

La felación que Marlon Brando dedicó a una zanahoria en “Missouri” (Arthur Penn, 1976) con objeto de seducir a un incauto Jack Nicholson no tiene parangón.

Brando, sumido ya en su época todo me importa una mierda, reveló unas inusitadas habilidades bucales que explican en parte su gran éxito entre el género no únicamente femenino. Qué arte, Dios. Ni Linda “garganta profunda” Lovelace habría superado tal exhibición…

LO QUE VEN ES LO QUE HAY

Así es. Lo que ven es lo que hay. La sutileza a un lado.

En “Adiós al macho” (1977) Marco Ferreri no se molestó demasiado a la hora de escenificar que el futuro de la humanidad pasa por ser femenino plural. Y para ello pateó el salami de Gerard Depardieu sin miramientos, utilizando para ello a un grupo de mujeres deseosas de hacerle ver quien manda ahora en el corral.

Mucho más comedido fue Delbert Mann en “Suave como visón” (1962).

En ella, la eterna virgen Doris Day, se las ve y se las desea para mantener su virgo intacto de las viciosas intenciones que el sexo opuesto reserva para ella. Incluso aunque el otro lado esté representado por el rey de los seductores: el mismísimo Cary Grant.

Comedia sin gracia resuelta con desgana, lo más destacable de la cinta quizás sea la imagen en la que Grant, armado de una botella (evidente símbolo fálico) amenaza la virginidad de una indefensa Day.

Qué sutil. Aunque bastante más que la referencia que le dedicó el maestro Frank Tashlin a las celebérrimas ubres de Jayne Mansfield en “La Chica no Puede Remediarlo”.

Blanco y en botella: leche. Sobran los comentarios.

En fin. Es todo…

4 comments Octubre 22, 2009

Y Cuestión de Penes…

Enhorabuena, tras más de cien entradas (digo bien, cien) en mi blog en busca de “penes bellos”, hoy una señora o un señor de Palencia será feliz. Recupero el viejo posteo que dediqué en su día al popular apéndice que tanto entusiasmo despierta. Disfrútenlo…

A ella, que inspiró esta tontería un 23 de junio de 2007

En contra de lo que proclama el tópico más recurrido, son muchos los actores que se han desnudado frente a una cámara. Entre ellos, ha habido estrellas y megaestrellas, a solas y en grupo, orgullosos y arrepentidos de haberlo hecho. Tal es el caso de Robert de Niro y Gerard Depardieu, con los que da comienzo este tórrido posteo…

LOS ARREPENTIDOS…

Conocido es el caso del amargo arrepentimiento que causó en la oscarizada Helen Mirren el haber participado en el rodaje de “Caligula” de Tinto Brass. Ella, que nunca tuvo reparo en mostrar su espléndido cuerpo desnudo, se sumió en una profunda depresión tras comprobar como el productor Bob Guccione (mandamás de la revista “Penthouse”) había remontado la película del director italiano convirtiéndola en una especie de péplum softporn que incluía escenas de sexo explícito. Tras comprobar con sus abogados la imposibilidad de retirar su huella de aquel mítico desastre, la Mirren se limitó a renegar de su participación en el biopic guarro del sátrapa emperador romano. Curiosamente, y es que el tiempo todo lo cura, la actriz inglesa no tuvo reparo alguno en participar en el fake trailer “Trailer for a Remake of Gore Vidal’s Caligula “, excelente presentación, dirigida por Francesco Vezzoli, de una improbable continuación de la película maldita que dirigió (y de la que también renegó) ese sátiro entre sátiros que es Tinto Brass.

Esta larga introducción (excuses) viene a cuento de la batalla entablada (años después del estreno de la peli) tanto por Gerard Depardieu como por Bobby de Niro a la hora de tratar de retirar una escena de masturbación dual que una meretriz epiléptica (y me ahorraré el chiste) les ejecuta en el monumental fresco historico dirigido por Bernardo Bertolucci  “Novecento”.

No se pierdan el contraste entre la expresión de gilipollas feliz de Bobby…

… y la de monaguillo en éxtasis de Depardieu…

Finalmente, el asunto se resolvió en nada, que Bertulucci tiene espaldas para soportar mucha más presión de la que pueda ser ejercida tanto por la superestrella hollywoodiense como por el compulsivo comedor de queso nacido para interpretar a Obelix

Y LOS ORGULLOSOS…

Se necesitaría todo el espacio virtual para recoger el bando de los felices y contentos con sus escenas en bolas pues, afortunadamente, la mojigatería siempre perderá la batalla de la carne. Entre los más activos a la hora de mostrar sus atributos a todo aquel que quiera verlos, se haya Harvey Keitel. De hecho, he perdido la cuenta de las ocasiones en las que ha paseado su desnudez por la pantalla plateada. Pero como tengo que elegir una y no pienso recurrir a la manida escena de “El Piano” (sí, ya sé que es pura poesía y sexo metafórico pero a mí me aburre tanto como la película) les muestro la terrible escena de “Teniente Corrupto”, dirigida por Abel Ferrara, en la que muestra toda la envilecida miseria de su personaje despojada de cualquier tipo de máscara…

Tan degradado como Keitel se presentó el hoy estelar Viggo Mortensen en “Extraño Vínculo de Sangre” (The Indian Runner), ópera prima como director de Sean Penn en la que se echó mano de una canción del Boss (“Highway Patrolman”) para construir la historia de un inadaptado incapaz de asumir su rol de oveja negra social.

Curioso es que una película que en su día pasó desapercibida sea, desde el estreno de la saga del anillo, una de las más solicitadas en videoclubs y televisiones por cable de los States.

Otro sex symbol, más joven y morboso, es Jonathan Rhys-Meyers. El que fuese votado hombre más sexy del Reino Unido (pese a ser irlandés) el pasado año, junto con Robbie Williams, también se desnudó en los albores de su carrera artística. Ocurrió en “La Institutriz”, inocuo folletón de época cuyo único legado para el recuerdo me temo será esta gratuita exhibición del actor…

Y si nada aporta el generoso gesto de Rhys-Meyer a tan fofa película, menos aún ofreció la imagen del veterano Richard Harris y sus gayumbos a “Your Ticket is not Longer Valid”, extraño melodrama con tintes sexuales en el que Harris no se cortó a la hora de mostrar su aún robusto cuerpo pese a lo incipiente de su senectud…

Otro que carece de prejuicios es Leo DiCaprio. Según chismorreos varios, al actor le encanta pasearse desnudo por casa (casa ajena en muchas ocasiones). En su faceta artística, enfocada a convertirle en estrella desde que era un crío, le resulta más complicado mostrar esa vena exhibicionista. Tuvo que ser Martin Scorsese el que, amparado por la penumbra eso sí, mostrase a sus legiones de fans las suaves formas de su cuerpo cuasi femenino en “El Aviador”

Sí, imagino lo que cualquier fémina (y no pocos varones) estarán pensando al ver esta escena: culo veo, culo quiero. Pues no deberían expresar su deseo hasta haber visto a el gran Sean Connery…

Agudicen la vista y diríjanla hacia la zona inginal…

Así, armado cual periscopio de submarino nuclear, fue filmado Sean Connery en “Sólo se vive dos veces”, una entrega más de las aventuras de 007 ambientada esta vez en Japón. Ahora ya saben de dónde sacó Spielberg el eslogan publicitario de “Tiburón”: La amenaza acecha bajo el agua…

Al parecer en la versión de celuloide la imagen es inapreciable gracias a las turbulencias del agua, pero ahí estaba la tecnología digital para alegrar el día a millones de fans que seguro ahora entenderán el porqué de su bien ganada fama como semental.

Para finalizar les dejo con el desnudo de uno de los hombres más bellos (a juicio de ellas y ellos) que ha asomado su rostro por una pantalla: Helmut Berger.

Solitaria ducha del actor austriaco, inspiración y amante del gran Luchino Visconti, que sirvió como regalo postumo hacia su mentor.

Sin embargo, una consulta efectuada a finales del pasado siglo entre mujeres de toda edad y nacionalidad demostró que a ellas la desnudez no les inspira tanto como el juego de la seducción. La escena considerada más sensual por el género femenino fue el baile de Kim Novak y William Holden en un embarcadero bajo las notas de “Moonglow”…

La versión opuesta, la masculina, se decantó por la sirénida imagen de Ursula Andress emergiendo cual Venus de las aguas en “Agente 007 contra el Dr. No”, primera entrega de la serie Bond.

Es curioso, ninguna de las dos escenas contiene desnudos. Y es que a veces la distancia que nos separa es menor de la que imaginamos.

8 comments Junio 20, 2009

Dead Porn Stars…

Continúo con el repaso más limpio que el cine sucio recibió jamás.

Una de las líneas de búsqueda más frecuentes en Google es “Dead Porn Stars”. El viejo mito de Eros y Tánatos. Sea como fuere, la muerte y el sexo siempre estuvieron unidos. Más allá de los concursos de poesía en los que nunca faltan relamidas referencias al orgasmo (como me gusta el recurrido: “Morí dentro de ti”) y del morbo puro y (nunca mejor dicho) duro, son los suicidas los que se llevan la palma a la hora de ser reverenciados por una masa no siempre compuesta por aficionados al mundo del cine azul.

Uno de los casos más conocidos es el de Shannon Wilsey, más conocida por su nombre de guerra, Savannah.

Groupie vocacional, la lista de rockeros que la conoció carnalmente podría cubrir cuadernos completos. Vince Neil, Billy Idol, Axl Rose, Marky Mark (Mark Wahlberg) y David Lee Roth, entre otros muchos, la usaron a tiempo parcial. Pero fue Slash, guitarrista de Gun ‘n Roses, quien la hizo creer que para él era algo más que una simple diversión. Cuando, como era de esperar, Slash se cansó de masturbarse con el cuerpo de la rubia californiana, Shannon cayó un una espiral autodestructiva (problemas financieros, drogas y un extraño accidente de coche que marcó su perfecto rostro) que concluyó la madrugada del 11 de julio de 1994 con una semi-automática apuntando a su sien. Murió nueve horas más tarde en un hospital angelino.

El mismo método fue el elegido por Randy Layne Potes, alias Cal Jammer, actor porno muy activo a principios de los noventa.

En su caso, fue su caracter depresivo el que le empujó a dar el paso fatal. Bud Lee, quien le dirigió en varias ocasiones, puso el epitafio a tan corta y desgraciada vida: “Era un hombre extraño. Apenas se relacionaba con nadie. En una ocasión, durante un rodaje, cortó una escena para ir al baño. Media hora después, preocupados porque no regresaba, fuimos a buscarle pensando que se estaría colocando. No fue así. Le encontramos tirado en el suelo, llorando”.

Se voló la cabeza en la casa de su ex-esposa, Adrianne Moore, también actriz porno, que, tras la muerte de su marido (y por ahogar penas, supongo), terminó por convertirse en una de las grandes estrellas de la década bajo el nombre de Jill Kelly.

Con un carácter similar al de Randy, Elena Behm trató de contrarrestarlo con dosis de inocente  locura. Por ello, cuando su agente le preguntó por qué nombre le gustaría ser conocida en el mundillo azul, ella lo consideró un juego y eligió el que tantas veces había escuchado siendo niña: Anastasia (Blue).

Y realmente parecía una pequeña princesa de rubia y menuda belleza aniñada. Siempre se sintió atraída por los extraviados como ella. Sin embargo, cada una de sus desastrosas relaciones las mantuvo con caraduras que la utilizaron sin recato. El detonante llegó cuando conoció a Scotty Schwartz, el niño prodigo que llegó a compartir cabeza de cartel con Richard Pryor (“Su Juguete Favorito”) antes de caer en desgracia al cambiarle la voz.

Con Schwartz, vivió un dramática relación basada en el desprecio y los malos tratos que él siempre le dispensó. De hecho, al romper su relación, ella le definió como piece of shit. Desencantada por su traumática experiencia, Elena abandonó Los Angeles rumbo a una nueva vida en el estado de Washington.

Pero allí tampoco fue feliz. El 19 de julio de 2008 los viejos fantasmas aparecieron de nuevo. Y esta vez, Elena tenía una caja de Tylenol demasiado cerca.

Todo el mundo quería trabajar con Missy. Se decía que sus  performances eran salvajes. Que se entregaba en cada arqueo de su cuerpo y movimiento de su boca. Aquella antigua enfermera era la sensación del cine azul de mediados de los noventa.

Nació en Burbank (California) de nombre Maria Christina. Ya de adolescente mantuvo una relación desenfadada y demitificadora con el sexo, lo que le valió ser apodada como “la zorra del instituto”, cosa a ella siempre le divirtió.

“Los hombres son tan inseguros. Piensan de que lo único que nos atrae de ellos son unos musculos marcados y una actitud fuerte, cuando es todo lo contrario.”

Aún muy joven, se casó con Mickey G., quien la introdujo en el mundillo a través de una serie de cintas caseras que impresionaron a los jerifaltes de la industria hard. Sin embargo, en el año 2001 todo cambio. Su habitual sonrisa chispeante se enroscó. Un mes de abril, anunció su retiro a causa de “un bloqueo mental” para arrojarse en manos de grupos cristianos ortodoxos que le exigieron no volver a tener sexo con nadie jamás.

El 29 de septiembre de 2008 dejó de respirar. Los miembros de la congregación a la que pertenecía, se esforzaron en hacer saber que aquello había sido un desgraciado accidente. Sin embargo, su hermano dejó entrever, en su página de MySpace,  que se había quitado la vida voluntariamente. Qué triste final para tanto brillo.

Un método similar para decir adiós fue el elegido por Marilyn Chambers hace pocos días. Probablemente, la mayor estrella surgida del mundo azul.

Hija de un ejecutivo publicitario de Providence, Marilyn Briggs (su nombre real) siempre se sintió atraida por el mundo de las lentejuelas. Su ansia por ser modelo se encontró con la oposición de sus padres durante su adolescencia. Por ello, cumplidos los 18 años se marchó a California en busca de la contracultura y la psicodelia que por entonces se imponía.

Sus primeros años en San Francisco transcurrieron entre el humo de la marihuana que fumaba junto a su novio y las noches como camarera en un bar topless. Aquel trabajo basura le permitió subsistir hasta que en 1970 consiguió un pequeño papel en “La Gatita y el Búho”, de Herbert Ross. Un pequeño éxito que sirvió para espolearla hasta que, cansada de optar a papeles que siempre interpretaban otras, aceptó participar en una de aquellas cintas de educación sexual tan habituales en los años setenta.

Trabajó como modelo y llegó a ser relativamente popular gracias al anuncio del jabón Ivory Snow. Trabajos que le permitieron sobrevivir hasta que un día se decidió a  contestar un anuncio de prensa que solicitaba aspirantes para un papel en una película que se titularía “Tras la puerta verde”. Sus directores, los hermanos Mitchell, fascinados por el candor de la Chambers, le ofrecieron el papel protagonista que ella rechazó en un primer momento. La última oferta de los hermanos (2.500 dólares y un porcentaje de la hipotética taquilla) tampoco la convenció hasta que Jim Mitchell le dijo que aquella película haría historia con o sin ella. Entonces aceptó con la condición de poder elegir a sus compañeros de rodaje.

El pasado 12 de abril, su hija McKenna encontró su cuerpo sin vida en la casa prefabricada en la que vivía. No dejó nota de despedida. Tal vez, su mejor epitafio sea aquello que dijo en una ocasión:

“Todo el mundo se desnuda y hace el amor en su vida diaria. No veo el motivo por el que debería sentirme avergonzada”

La única presencia europea en este monográfico es ella…

Se trata de la francesa, Karen Bach (Karen Lancaume); eXpectacular chica morena que protagonizó “Base Moi”, uno de esos habituales “escándalos” coyunturales que brinda el cine comercial.

A principios de 2005 visitó a unos amigos parisinos. Apareció muerta la mañana siguiente, víctima de una sobredosis al parecer intencionada. A falta de un regalo con que agasajar a sus anfitriones, les dejó una nota de despedida en la que garabateó un simple: “Trop pénible”…

Demasiado doloroso, sí. Nadie dijo que fuera fácil.

Megan Leigh, preciosa y rubia actriz muy popular en los años ochenta, fue más críptica a la hora de decir adiós.

Eternamente atormentada por la desaprovación materna a su estilo de vida, gastó todo el dinero conseguido durante sus años como actriz porno en la compra de una suntuosa casa valorada en medio millón de dólares. Una vez hubo terminado todos los trámites, a principios de junio de 1990, envió las llaves a su madre y compró una Beretta de segunda mano con el dinero restante. Su cuerpo fue encontrado pocos días más tarde, el 16 de junio, junto a una nota de despedida en la que, además de pedir perdón a su madre una y otra vez, divagaba acerca de irresolubles problemas personales y sentimentales.

Según parece, su madre no rechazó el presente.

Y si el mundo está lleno de hipócritas, también lo está de insatisfechos.

Chester Anuszak, más conocido como Jon Dough, nunca pareció tener bastante. En una entrevista, incluida en una de sus primeras películas, se adelantó en el tiempo al Lester Burnham de “American Beauty”: “Cuando era un adolescente fantaseaba con hacermelo con las chicas que aparecian en las películas porno que escondía mi padre. Pero ahora sé que todo eso no era más que una mentira. Disfrutaba más entonces, masturbandome, que ahora, follando con una chica distinta cada día. Para mí, el mejor momento del día es cuando vuelvo a casa abro una cerveza y veo deportes por televisión”. La fantasía de Al Bundy hecha realidad. Si bien, esa supuesta apatía con relación al sexo no le impidió cubrir una longeva carrera de más de veinte años.

Finalmente, sus problemas con las drogas terminaron por ganarle la batalla. Una sobredosis se lo llevó la noche del 27 de agosto de 2006. Fue metódico en su hora final; dejó dos cartas: una para su esposa y otra para su hija de cuatro años, que no podrá abrir hasta haber cumplido la mayoría de edad.

Alex Jordan, pizpireta actriz de principios de los noventa, era conocida por su carácter alegre y desenfadado. Por ello, por inesperada, su muerte conmocionó a la familia azul un 2 de julio de 2005.

Amaneció ahorcada en un armario de su casa californiana. No se encontraron notas de despedida ni se hallaron indicios de las motivaciones que la llevaron a su personal cadalso. Por esa razón, se especuló con un posible asesinato que nunca pudo demostrarse.

El mismo halo de misterio envolvió la extraña muerte de Megan Serbian, rebautizada para el universo hardcore como Naughtia Childs.

El siete de enero de 2002, Serbian practicó el vuelo libre lanzandose desde el cuarto piso de un edificio de apartamentos de L.A. Oficialmente, se atribuyó su acción al LSD que la actriz consumía en aquel instante junto a unos amigos. Sin embargo, la investigación policial determinó que el punto de caida del cuerpo no se correspondía con el impulso que supuestamente debió tomar para efectuar su salto final. Ante la falta de pruebas el caso se cerró, pese a los esfuerzos de un detective del LAPD que siguió investigando por su cuenta, apiadado por las ansias de justicia de los padres de Megan.

Lo cierto, a día de hoy, es que los tipos que la acompañaban en el día fatídico, todos ellos relacionados con el mundo del rap angelino (mundo en el que ella estaba involucrada como productora y ocasional cantante), quedaron en libertad sin cargos.

Pero fue la muerte de Colleen Applegate la que marcó para siempre a la industria azul.

Hay una escena en “Tierra Prometida”, descorazonadora película sobre sueños rotos dirigida por el otrora prometedor Michael Hoffman, en la que un débil Kiefer Sutherland vuelve a su pueblo natal convertido en camello de baratillo. Se fue de aquel perdido agujero del interior de los States como un recién licenciado repleto de ilusiones, y regresó del brazo de una prostituta deslenguada (Meg Ryan). La escena en cuestión ocurre la noche antes de llegar al pueblo. Ryan se encierra en el baño durante horas, provocando la intranquilidad de Sutherland. Al salir, ha recortado su pelo y eliminado el tinte que lo cubría. Al día siguiente, dejará su top demasiado escotado y su minifalda de cuero en el armario para comprar lo que ella define como un traje decente con el que presentarse ante sus suegros.

La misma escena debió ocurrir la noche previa al día de Acción de Gracias de 1983, cuando Colleen Applegate, ahora convertida en Shauna Grant, regresó a su conservador pueblo natal del brazo de su novio, Bobby Hollander, productor pornográfico que la superaba veinte años en edad. Eliminó el carmín de su rostro, además de cualquier otro rastro de maquillaje, se vistió como si fuese a asistir a una ceremonia religiosa e insistió a su novio de que hiciera lo propio. De poco sirvió, pues su familia la recibió con la frialdad propia del desterrado.

Para más inri, durante su visita sus fotos porno fueron exhibidas ante su puerta por los garrulos locales, provocando una situación insostenible que degeneró en una visita abortada a las pocas horas de ser iniciada.

Colleen Marie Applegate nació en Bellflower (California) en el seno de una conservadora y católica familia de clase media. Poco tiempo después, sus padres se mudaron a Farmington (Minnesota), lugar en el que creció como modélica estudiante y cheerleader del equipo de football del instituto local. Desde su adolescencia, su eterea belleza no pasó desapercibida, como tampoco lo hicieron sus constantes problemas emocionales (protagonizó un intento de suicidio a los quince años). Su estancia en el pequeño pueblo del medio-oeste no se alargaría por mucho tiempo; pocos días después de lograr su mayoría de edad, se fugó con su novio en busca de una nueva vida en Los Angeles.

Una vez en California, los problemas para conseguir empleo llevaron a Colleen a posar para revistas masculinas. Primer paso que la llevaría a sumergirse de lleno en el emergente mundo del porno de principios de los ochenta.

Convertida en estrella en tiempo record merced a su deslumbrante físico, su popularidad creció hasta el punto de compartir estrado con Francis Ford Coppola (oh, viejo sátiro) en la entrega de los premios del cine para adultos de 1983. Por entonces, la embriagadora corriente que la envolvía era demasiado intensa para su frágil equilibrio emocional, lo que terminó por dirigir sus pasos hacia la cocaina, de la cual, se dice, consumía tremebundas cantidades diarias. Solía presentarse en los rodajes colocada, siempre acompañada de un pequeño frasco color rosa repleto de polvo blanco. Tal fue la magnitud de su adicción que sus compañeros de trabajo la apodaron “Applecoke”.

A sus perennes problemas de conciencia, derivados de su fe católica y la mala relación con su familia, se sumó, poco más tarde, una destructiva relación con el actor Jamie Gillis, basada en juegos sadomasoquistas y mentales que terminaron por desequilibrar su siempre inestable mente.

En diciembre de 1983, un año después de su llegada al universo azul, Shauna Grant anunciaba su retiro, asqueada, según sus propias palabras, con el mundo del porno. Sin embargo, su caracter autodestructivo y su complejo de Electra siguieron funcionando. Inició una relación con Jake Ehrlich, camello de poca monta, veinticuatro años mayor que ella. Su degradación, tanto física como mental, se aceleró culminando la madrugada del 21 de marzo de 1984. Una carabina del calibre 22 hizo el resto. Sólo unos días antes, sus padres habían respondido a su llamada de auxilio ofreciéndole costearle un tratamiento de desintoxicación, además de unos estudios universitarios que nunca llegó a cursar.

Fue enterrada en la iglesia católica de St. Michael, en la ciudad que la vio crecer, Farmington. Ningún miembro del mundo del porno asistió a su funeral.

Su muerte provocó una demonización inmediata del submundo del hardcore. La administración Reagan endureció su acoso, provocando el cierre de muchas productoras. La opinión pública se indigno ante el relato (adulterado) de su triste vida en varios documentales y en una película para la televisión (“Shattered Inocence”) que explotaron su figura tanto o más de lo que lo hizo el mundo del porno.

En una de las múltiples páginas web dedicadas a su memoria, se afirma que la última frase escrita en su diario personal fue “Sólo quería que alguien me quisiera…”. Sea o no real dicha frase, Colleen consiguió su objetivo de modo indirecto, pues se cuentan por cientos de miles los pornográfos, mitómanos y pajilleros varios que se declaran platónicamente enamorados de ella ahora que no está.

Y lo cierto es que raro es el día en que la sobria lápida que decora su tumba amanezca sin una flor recien cortada postrada en su regazo.

El posteo me ha quedado largo de narices. Mis disculpas.

3 comments Abril 25, 2009

Mi Novia es una Estrella del Porno…

Segunda entrega de la serie de cuatro artículos sobre la trastienda del mundo del porno que escribí para las “Tierras de Cinefagia” del Sr. Yume. El excelente trabajo gráfico es obra suya. La torpeza de las letras son cosa mía…

Mucho tiempo antes de que el cine azul fuese aceptado por las masas, cuando ser estrella del porno suponía un estigma en lugar de un lustroso título, el hecho de mantener una relación con alguien relacionado con el mundillo del hard solía ocultarse a familiares, amigos y, en el caso de los famosos clase A, a la mirada pública. Y es que la aristocracia hollywoodiense nunca pudo ocultar su fascinación por el mundillo azul y las gentes que lo habitan.

Al margen de lo autóctono (y casposo), osease, ése (ahora famoso) periodista deportivo que presume de pornonovia previo pago en todo programa rosa que le reclame, ha sido Tinseltown el lugar que ha producido las mejores historias entre estrellas de dos mundos tan dispares como cercanos al tiempo.

Probablemente la más famosa de esas historias sea la que unió a Charlie Sheen (portentoso putero, hijo de Martin Sheen y actor ocasional si se tercia) con la superestrella porno de los ochenta, Ginger Lynn, durante cinco tumultuosos años. Su relación recogió todo el manual de lo que se supone debe ser una historia de este calibre: juegos sexuales extremos, drogas (Martin Sheen acusó a Lynn de convertir a su hijo en cocainómano, bendita ignorancia la suya…), abusos alcohólicos y broncas en público. También hubo turbias rupturas y continuas reconciliaciones para disgusto de la familia Sheen. El encoñamiento de Charlie con la que fuera primera chica Vivid (algo así como ser estrella de la Metro en los cuarenta), llegó al punto regalarle pequeños papeles en las películas en las que intervenía (caso de “Arma Joven 2”) por tenerla a su lado durante las jornadas de rodaje lejos de L.A. Y así fue hasta que finalmente la relación se rompió de modo abrupto y poco amistoso en 1995. Pero, no. Charlie no aprendió la lección… Años más tarde sería una estrella porno llamada Chloe Jones, antigua modelo erótica reconvertida al mundo azul, la causa de que su matrimonio con Denise Richards se fuera a pique. Poco tiempo después, Jones moriría trágicamente debido a una sobredosis. Tras su muerte, la madre de la modelo acusó a Sheen de haber introducido a su hija en el mundo de las drogas, llegando a presentar una demanda civil contra él.

Similar a la historia de Charlie es la que envolvió a su compadre Kiefer Sutherland con la totémica pornstar Raven, paralelamente a la relación que entonces mantenía el actor con Julia Roberts. De hecho, se rumoreó en su día que la faraónica boda prevista entre las dos estrellas de los noventa se fue al traste al ser informada la Roberts de cómo pasaba sus tardes su prometido. Si bien, el detonante de la ruptura fue de lo menos pecaminoso. Pocos días antes de la ceremonia, Sutherland fue visto por una amiga de la Roberts mientras disfrutaba de un día de asueto en Disneylandia, en compañía de Raven y el hijo de ésta. Al parecer, la atracción sexual que Kiefer sentía por la actriz porno era demasiado intensa.

Fue precisamente una fuerte atracción sexual la que hizo que el viejo sátiro Bruce Willis se dejara ver en público en compañía de la morbosa Alisha Klass. Ella, eXpectacular bellezón de pasado trágico (su padre asesinó a su madre para dirigir la pistola hacia su propia sien a continuación, todo ello cuando Klass contaba apenas dos años) consiguió nublar la razón del actor durante meses para más tarde, una vez rota la relación, airear secretos de alcoba en diferentes publicaciones sensacionalistas de los States. Bruce debería saber que nunca se debe confiar en alguien que luce el nombre de su mentor en el mundillo azul (Seymore Butts) en un enorme tatuaje situado en su rabadilla. En cualquier caso, el bagaje final de la relación dejó dos ganadores: Klass consiguió sus cinco minutos de fama (papelito en la película de Wayne Wang, “The Center of the World”, incluido), además de un buen fajo de dólares gracias a sus indiscrepciones. A Willis, por su parte, que le quiten lo “bailao”.

En la misma senda habría que situar a Alfonso Ribeiro (sí, el primo Carlton de “El Príncipe de Bel-Air”), quien tras romper recientemente su matrimonio con la actriz Robin Staple, ha sido visto en varios saraos ángelinos acompañado de la starlett y nueva sensación del hardcore californiano, Ashlynn Brooke. Para que luego digan que el primo Carlton (o el tío que se comió al primo Carlton, a juzgar por las fotos) no sabe montarselo…

Pero desde luego que el acceso a la carne del circuito azul no está limitado a los hombres. Pocos son los casos de mujeres famosas relacionadas con actores porno, pero haberlos, hailos… Es el caso de la scream queen y modelo erótica, Nikki Fritz (vista en impagables series Z como “Dinosaur Island”) , quien puede presumir de feliz matrimonio con la leyenda del porno ochentero (y doble de Van Gaal), Jonathan Morgan.

Otros casos serían el no confirmado romance entre la playmate y actriz Karen McDougal y Lexington Steele, el hombre que haría palidecer de envidia al mismísimo John Holmes y sus 35 centímetros de leyenda, y el matrimonio formado por la turbadora modelo danesa Jeannette Dyrkjaer (también conocida como Jeannette Starion) y su marido, la estrella porno vintage Ray Victory, justamente apodado como El Dios de Ébano, gracias a su portensa musculatura moldeada a golpe de esteroide.

Curiosamente, la modelo danesa terminaría probando suerte en el mundillo al rodar una treintena de pornos bajo el seudónimo de Jean Africque en los que únicamente rodó con su marido como partenaire.

Los escarceos entre Hollywood y San Fernando Valley se cuentan por miles, pero son pocos los que logran salir a la luz y tienen un final feliz. Hace años, Linda Lovelace ejercitó nuevamente su prodigiosa y profunda garganta al proclamar haberse acostado con deportistas, políticos y actores, pese a no citar nombre alguno.

Por su parte, Jenna Jameson, una de las mayores estrellas mediáticas salida del mundo azul, no tuvo reparo alguno en citar algunos nombres conocidos en su incendiaria biografía, entre ellos los de Tommy Lee, Marilyn Manson y Dave Navarro. La lujuria por una parte y el dinero, sumado al ansia de fama por la otra, son los principales detonadores de esta relación fatal. Aunque toda regla debe tener su excepción y ésta un nombre: el de Jason Harvey.

El hermano feo y cabrón de Kevin Arnold en el hito televisivo de los noventa “Aquellos Maravillosos Años”, conoció a Shannon Marie Flack en una fiesta celebrada en Malibú. Ya no se separaría de ella. Ni siquiera cuándo descubrió que la recauchutada chica de Iowa que le había encandilado se trataba de Angel Hart, la gran promesa del porno americano de la segunda mitad de los noventa. Después, ella se retiró del negocio con apenas una docena de películas rodadas dejando colgado a su mentor, John T. Boone, y a una millonaria campaña publicitaria destinada a convertirla en estrella. Harvey, por su parte, vio derivar lentamente su estrella interpretativa, lastrada por su cara de ceporro, hacia el campo de la producción. Se casaron en 1998. Dos años más tarde, Angel dio a luz a los gemelos Shaina y Samuel, a los que seguirían dos retoños más. Hoy día, la que fuera gran promesa del hardcore se dedica a vender su propia línea de ropa hortera para amas de casa maduras a través de la marca MYLF, creada por ella misma. Ya dijo Lynch que el mundo es un lugar extraño.

2 comments Febrero 7, 2009

Famosos y Porno…

Posteo escrito por mí y editado por el Sr. Yume (el mérito del trabajo gráfico es todo suyo) para ser publicado en su blog “Tierras de Cinefagia” hace muchos meses…

Desde que Stanley Kubrick considerara, allá por los sesenta, la posiblidad de filmar una película pornográfica protagonizada por estrellas de Hollywood, la fantasía de ver a rostros famosos en pleno acto sexual ha acompañado los pensamientos más morbosos de cualquier hijo de vecino. Dejando al margen los múltiples vídeos caseros de famosetes de todo pelaje que circulan por la red, no deja de ser sorprendente la considerable cantidad de rostros más o menos conocidos que han probado suerte en la industria azul. Ya fuera un pecado de juventud perpetrado para pagar el alquiler, un recurso desesperado por conseguir llamar la atención perdida, o el último escalón en la caída a los infiernos de una antigua estrella televisiva, lo cierto es que se cuentan por docenas los casos de famosos que han mostrado al mundo la flor de su secreto. Éstas son algunas de sus historias…

Pocos son los que no han echado un vistazo al vídeo casero que Pam Anderson y Tommy Lee filmaron durante su luna de miel. Fue un vídeo robado, como robados fueron otros que llegaron más tarde. Sin embargo, en el universo de los vídeos caseros, como en el del documental, también existen los vídeos falsamente robados, osease, aquellos filmados y comercializados con el consentimiento del interesado a cambio de una ración de dólares.

Entre ellos se encuentra el filmado por Dustin Diamond (sí, el lamentable Screech Powers de “Salvados por la Campana”), quien, forzado por una penosa situación económica que amenazaba con embargar su casa, decidió contratar a un par de prostitutas y filmar un casposo vídeo casero titulado con un oportuno “Saved by the Smell”, que sirviese para aliviar su desecada cuenta corriente.

En la misma línea de actores infantiles caídos en desgracia cabría situar a Jaimee Foxworth. La que interpretara a la hija pequeña del matrimonio Winslow en la sitcom “Family Matters”, vio reducido su papel paulatinamente hasta desaparecer por completo 53 episodios más adelante. Lo que siguió fue una adolescencia marcada por la depresión, el alcoholismo y las drogas tras decidir un juez que todo el dinero obtenido durante su permanencia en la serie (alrededor de medio millón de dólares) podría ser utilizado por sus padres para esquivar la bancarrota familiar. No se supo más de ella hasta que en el año 2000 reapareció camuflada bajo el pseudónimo de Crave en una serie de películas pornográficas de línea étnica. Abandonaría la industria azul poco más tarde, con apenas nueve películas filmadas, tras reconciliarse con su madre públicamente en el programa de Ophra. Pero éso forma parte de otro tipo de pornografía.

De las motivaciones que llevaron a Scotty Schwartz a introducirse en el mundo azul, poco se sabe. Tras convertirse en un rostro popular en los ochenta al protagonizar la entrañable “Historias de Navidad” de Bob Clark y el vehículo a mayor gloria de Richard Pryor “Su Juguete Favorito”, Schwartz desapareció para emerger mediados los noventa como protagonista de la cinta triple X “Scotty’s X-rated Adventures”, vídeo en el que mostraba limitadas actitudes para el género pese a ser apadrinado en su alternativa hard por la gran estrella del momento, Juli Ashton. Pese al decepcionante debut, la industria no se olvidó de él, proporcionandole multitud de papeles sin contenido sexual a lo largo de los años siguientes, AVN Award (Oscar azul) incluído. En 1998, tras romper el agitado romance que mantenía desde hacía años con la pornstar Anastasia Blue, abandonó el Valle de San Fernando para no volver. Hoy día reniega de su pasado porno mientras trata de reinsertarse en el mainstream hollywoodiense. Otra estrella infantil reconvertida en estrella porno fue Holly Sampson. Tras aparecer en las series “Mis Dos Padres”, “Matlock” y en la película de culto adolescente “Pump up the Volume”, consiguió cierta celebridad al interpretar a la novia de verano de Kevin Arnold en “Aquellos Maravillosos Años”. Tiempo en blanco después, reapareció en películas de contenido adulto no pornográficas para terminar probando suerte en el universo porno de la mano de los estétas Nick Orleans y Nicholas Steele bajo el nombre de Nicolette. No convencida por su experiencia hardcore, reaparecería dos años más tarde convertida en una más de las sucesoras de Sylvia Kristel al hacerse con el papel de Emmanuelle en una serie de películas para televisión producidas por Play Boy TV.

Dentro de la leyenda sin corroborar el caso de Austin St. George brilla con luz propia. El que fuera primer Power Ranger Rojo desapareció de escena hace años. Entonces se comenzó a especular con una hipotética carrera dentro del porno que nadie ha podido confirmar ni desmentir. En concreto, son muchos los que aseguran que se trata de Brock, estrella del porno gay habitual tanto en películas como en sitios web de contenido homosexual. A falta de confirmación, mejor dejar el rumor en cuarentena.

Pero en ocasiones la fama llega después de los escarceos. Muy conocido es el caso de Sylvester Stallone, quien protagonizó el pornete Italian Stallionacuciado por la ausencia de oportunidades que le ofrecia el cine convencional. Susan Kiger, playmate de enero del año 1977, supo esconder a la escrupulosa revista editada por Hugh Hefner su participación en la película porno “Deadly Love”, lo que le permitió firmar una breve pero fructifera carrera posterior centrada en series Z de moderado contenido erótico.

El caso de la bellísima Kristine Debell fue distinto. Aceptó protagonizar la comedia porno “Alice in Wonderland” en un momento en el que el cine X conservaba parte del halo contracultural que le fue otorgado por no pocos intelectuales de la época. Impuso como condición no participar en escenas que incluyesen penetración, limitando su aportación sexual a lo oral. Fue su primer papel delante de una cámara y su última incursión dentro del género. Después, recondujo sin problemas su carrera hacia el mainstream. Participó en innumerables series televisivas, trabajó junto a Bill Murray en “Meatballs”, se convirtió en la más bella testigo de los mamporros de Jackie Chan al coprotagonizar “La Furia de Chicago” y se coló en cada hogar estadounidense al aparecer regularmente en un popular culebrón. No estuvo mal para alguien que comenzó su carrera practicándole una felación al conejo blanco que inventara Lewis Carroll en su día.

También procedente del porno, y con restricciones en materia sexual, llegaría Michelle Bauer a convertirse en una de las más populares Scream Queens de los 80 y 90. Antes de hacer competencia a la mismísma Linney Quigley y bajo el pseudónimo de Pia Snow, Michelle Bauer protagonizó dos clásicos intocables del género: “Bad Girls” y “Café Flesh”. Pero no fue la única Scream Queen con pasado azul. Monique Gabrielle (otra Emmanuelle para sumar al pack), Julie K. Smith, Lisa Comshaw y Stacy Moran, entre otras muchas, también formaron parte de la nómina de la productora Purrfect Productions, especializada en filmar a las reinas del grito en situaciones algo más comprometidas que sus habituales Tub Parties.

Algunos prefieren ocultar su identidad a la hora de filmar sexo explícito, caso de Kelly, la hija de Jerry Van Dyke. Insigne dead porn star (suicida), cuyo fugaz paso por el porno tuvo un trágico final. Otros utilizan la efímera fama para tratar de llenar sus bolsillos mientras los quince minutos duren. John Wayne Bobbit saltó se dio a conocer tras ser castrado por su esposa Lorena. Una vez reinsertado el miembro en su lugar original quiso demostrar al mundo que aquello seguía funcionando aceptablemente. De ahí nacieron las memorables: “Frankenpenis” y “John Wayne Bobbit Uncut”. Además de una carencia total de escrupulos, el porno siempre tuvo el don de la oportunidad. Y si no que se lo pregunten a Divine Brown, prostituta afroamericana que tras ser arrestada mientras le practicaba una felación a Hugh Grant, terminó ilustrando sus notable habilidad bucal en la delirante “Sunset & Devine: The British Experience”.

Haciendo honor al espíritu americano primigenio (“Dadme a los pobres y desheredados…”), el porno todo lo acoge. Fútbolistas profesionales expulsados de la liga (Dave Nelson), leyendas del boxeo patrio acabadas (Poli Díaz), actrices en el atardecer de sus carreras (Karin Schubert, Jacy Andrews), prostitutas caseras (Kathy Willets), playmates rebeldes (Teri Weigel). Nadie le es ajeno al porno. Al menos, nadie que sea susceptible de generarle algún beneficio económico.

2 comments Enero 31, 2009

Un Tipo con Suerte…

Un ataque al corazón se llevó a Gerard Damiano el pasado 25 de octubre. Se lleva consigo el aire de inocencia que llevó al género triple x a los grandes cines de la neoyorkina calle 42. Paradójico resulta que el único autor que ha dado el cine azul sea recordado por una película que detestaba: “Garganta Profunda”

La película narra la historia de Linda, quien acude a la consulta del doctor Young, excentrico psiquiatra, en busca de solución para los graves problemas para alcanzar el orgasmo que padece. Tras las “exploraciones” pertinentes, el singular doctor descubrirá que un capricho de la naturaleza ha emplazado el clítoris de Linda en su garganta. Imaginen lo que sigue…

Rodada en seis semanas entre Nueva York y Florida con el presupuesto inicial de 24.000 dólares, “Garganta Profunda” es y será la película más comercial de la historia del cine porno. Sus ingresos, cifrados en torno a los 600 millones de dólares (según estimaciones del documental “Inside Deep Throat”), fueron a parar en su mayor parte a los bolsillos de la mafia, quien financió la película con el objetivo inicial de exhibirla clandestinamente. Su larga y victoriosa lucha legal marcó jurisprudencia en los casos referentes a obscenidad, autorizandose, desde entonces, y bajo la nueva calificación “X”, la exhibición pública de material pornográfico. Sobre la notoriedad que llegó a alcanzar en su día, habla el hecho de que el confidente de los periodistas del Washington Post que cubrieron la investigación del caso Watergate fuese bautizado “Garganta Profunda”.

Las míticas felaciones de su protagonista, Linda Lovelace, cercanas a la espeleología, son, de una tacada, los momentos más celebrados del género y los menos excitantes para muchos. Tal vez fue Manuel Vázquez Montalbán quién mejor los definió: “Sus mamadas de penes-trenes de carga y exclusivamente proteínicos no trasmitían emoción humana, eran exhibiciones atléticas, paraolímpicas, de tragapaellas gigantes de Hospitalet o Getafe”.

Su hijo Gerard confirmó el desprecio que sentía su padre por la millonaria cinta:

“No era su película favorita, nunca creyó que fuera una gran película”

El fenómeno “Deep Throat” arrasó con convenciones y dobles morales. Truman Capote la definió como una sinfonía cinéfila. Cientos de críticos la aclamaron como la película que cambiaría el negocio del cine. Las colas que se formaban a su rebufo en los cines eran kilométricas. En ellas se daban cita curiosos y detractores por igual. El espléndido documental, “Inside Deep Throat” transmite ejemplarmente la zozobra social que produjo.

Los cines la proyectaban en programa doble junto a “The Devil in Miss Jones”, la gran obra de Damiano. El destino quiso emperejar la película que más quería con la que más odiaba…

“The Devil in Miss Jones” cuenta la historia de Justine Jones, madura solterona cercana a la cuarentena que decide poner fin a una vida de rechazo, sufrimiento y soledad segandose las venas en la bañera de su casa. Tras su muerte, su ingreso en el Paraíso es rechazada ya que se trata de una suicida. Sin embargo, no podrá acceder al infierno ya que es virgen. Para ganarse el derecho a la condenación eterna, Lucifer concederá a Justine el disfrute de todos los placeres carnales que le fueron negados durante su desgraciada estancia en la Tierra. Una vez completado el periplo, durante el cual gozará de todas las variables sexuales imaginables, Justine será conducida al Infierno lugar que Jones descubrirá como el más terrible imaginable; No habrá calderas y fuegos de condenación eterna sino que deberá pasar la eternidad recluida en una habitación acolchada en compañía de un esquizofrénico obsesionado por cazar moscas.

Cuando Gerard Damiano, antiguo peluquero reconvertido en el más celebrado director del cine porno en su breve historia, pudo al fin liberarse del acoso de la mafia, decidió inventar todo un género de la nada acomentiendo la realización de su película más ambiciosa y oscura.

La idea original consistía en crear una película que pudiese contemplarse sin necesidad de usar el sexo como reclamo. Trece reescrituras de guión más tarde, el día antes de darse por comenzado el rodaje, Damiano despidió a la actriz protagonista (una chica de diecinueve años) para otorgarle el papel a una integrante del equipo de rodaje de mediana edad con objeto de darle mayor veracidad al personaje. Se trataba de Georgina Spelvin, quien a sus 37 años carecía de cualquier experiencia en el mundillo azul más allá de su participación como script en los equipos de filmación.

El resultado final fue la primera obra maestra (no sólo) reconocida por los expertos en el género. Sin embargo, la tristeza desoladora y la negrura de sus imagenes ahuyentaron a un público con plena vocación onanísta, incapaz de asociar las referencias a Sartre, la estructura círcular de su propuesta y las innumerables referencias religiosas que esconde su breve metraje.

El tiempo la convirtió en pasto de cineclub. Se le dedicaron sesudos estudios en revistas cinéfilas, consiguió ser pre-nominada a varios Oscar (obviamente no pasó de ahí), y fue incluso estudiada en escuelas de cine. Es la única película pornográfica que he visto en pantalla grande. Fue en una filmoteca, rodeado de gafapastas de todo calado, no pocas mujeres incluídas. En la introducción, un tipo nos aseguró que había llorado cuando la vio por primera vez. Yo no lo hice, la verdad, pero conste que tampoco me toqué. Eso sí, no pondría la mano en el fuego por el resto de los que allí estuvimos aquella tarde-noche.

Hace pocos años se le dedicó un sentido homenaje en una de las muchas entregas de premios que organiza el cine azul. Apareció en escena a bordo de una silla de ruedas. Sus problemas para hablar eran notorios, aun así quiso estar en el que probablemente sería su último mutis por el escenario. Poco más tarde, en una entrevista concedida en su casa de Florida, Damiano contestó cada pregunta que se le hizo mientras mostraba las docenas de fotografías que adornan sus paredes. Hacia el final, se detuvo frente a una de ellas perteneciente al rodaje de “Deep Throat”

“Soy un tío con suerte. Escapé con vida del acoso de la mafia, hice lo que quise hacer y viví el mundo del porno desde dentro cuando merecía la pena hacerlo. Si volviese a vivir me gustaría ser Gerard Damiano”

Un tipo con suerte…

2 comments Octubre 29, 2008


Por aquí me soportan...

Se les echa de menos...

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