Puedo Saltar Charcos

Entradas clasificadas como ‘Perfiles...’

Isidoro…

Octubre 3, 2009 · 3 comentarios

Pensé toda aquella noche que Isidoro debería crear el reloj que siempre marca la misma hora pero funciona. Al mecanismo habitual se le añadiría uno contrario que impediría que las agujas se moviesen para restarnos tiempo…

El testigo accidental llega a un paraje abigarrado tras atravesar un desierto de salas desnudas. Allí, un hombrecillo de tupida barba blanca escucha, entre atolondrado y aburrido, cómo una snob califica su trabajo…

Es usted un genio. Esta obra en concreto me emocionó en grado sumo

Sin comas. Sin pausas.

La despide con dos besos y una mirada de cierto alivio. Pasan los minutos y ella (mi ella, otra ella), tomándome suavemente de la cintura, me cuenta una historia más sobre el origen de lo que estoy viendo: Hay un museo creado para derrumbarse a los pocos días de ser terminado; hay un entramado de farolas destinadas a alumbrar la nada; el trazado de una autopista mediterranea con cascos de barco en construcción en los borde de la carretera; una chuleta inútil; cartas, alguna vez enviadas, que nunca fueron abiertas; fichas de pensamientos y anhelos enterrados, desenterrados y vueltos a enterrar; prisiones sociales que comparten espacio con viviendas; estadios deportivos con fosos y puentes levadizos que reciben la sombra de árboles…

Entro escéptico y acabo fascinado.

El hombrecillo se sienta y espera que alguien le consulte.

Testigo accidental: Hola

Isidoro (levantándose, cortésmente, de la silla): Hola

Testigo accidental: Debo decirle que no sé nada de arte conceptual

Isidoro: Yo tampoco

Otro snob interrumpe nuestra charla a los pocos minutos de iniciarse. Le pregunta por una torre construida en Japón que él contribuyó a levantar, e Isidoro responde que no tiene ni idea de a qué se refiere. Dos minutos después, ya libre, nos interrumpe para señalarnos un mapamundi cuadrado de proporciones adecuadas.

Isidoro: Es mi obra favorita

Les presento y ocurre el prodigio. La química entre ellos es fabulosa. Ella cita parte de su obra ausente y entonces deja de importar que sea tan bonita porque los ojos de Isidoro centellean: alguien comprende de un modo sincero y entregado su obra. Me alejo para ser testigo de cómo se polinizan las mentes entre sí, pero ella me atrae hacia sí para que él nos cuente su obra y alguna intimidad y vuelva a reír.

Isidoro Valcárcel Medina no es arquitecto pese a las docenas de obsesivos planos de edificios imposibles que empapelaban las paredes de aquella sala. Isidoro ni siquiera tiene estudios superiores. Construye sus historias con los ojos oblicuos para cubrir el mundo con los destellos que brotan de sus ojos cuando le cuenta a alquien que entregó una carta nunca enviada en mano a Jean Paul Belmondo, y que éste le tomó por un pirado. Trata de arrojar luz dorada sobre la negritud al demostrar que el hombre puede seguir vivo pese a no creer en nada siempre que no se pierda la curiosidad por comprender el mecanismo de las cosas. El hombre (el mujeriego ya anciano) que se atusa el pelo cuando interactúa con libélulas entalladas que admiran su obra y su pensamiento. El que espera a ser presentado antes de mirarla a la cara. El hombre que reniega de los folletos explicativos mientras espera sentado en una incómoda silla en silencio que alguien le consulte sobre cualquier cosa porque: para eso estoy aquí.



Categorías: Delirios... · Perfiles...

El Segundo Aliento…

Agosto 14, 2009 · 1 comentario

Es una fuerte tormenta la que cae sobre Cucumberland el lunes. Relámpagos por todas partes que presagian lluvia. Y allí estoy yo, dispuesto a tomar la salida. La lluvia ya es torrencial cuando doy las primeras zancadas. Los incautos que aún están al raso corren a esconderse tras las copas de los árboles. Y por un momento me siento como el Tim Robbins de “Cadena Perpetua”…

No levanto mis brazos al cielo, es demasiado pronto me quedan siete kilómetros por delante y debo ahorrar esfuerzos. Al cabo de tres kilómetros empiezo a sentirme mal. Me falta el aire, la cabeza embotada, las piernas pesadas como el plomo. Es una sensación familiar que se repite cada día… y entonces aparece lo que los maratonianos definen como el segundo aliento. Levanto los brazos (tímidamente) justo cuando la luz se va y siento como reaparece Bob Schul, el hombre de los tobillos de cristal, para reclamar su trono de agua.

Robert Schul creció en una granja de West Milton (Ohio). Pronto destacó como fondista, pese a la fragilidad de sus tobillos, lo que le facilitó su ingreso en la universidad. Sin embargo, su estancamiento debido a las lesiones, se mantuvo durante sus años universitarios. Desalentado, que no vencido, se alistó en la Fuerzas Aéreas al licenciarse. Allí siguió entrenando… y siguió sin mejorar sus marcas. En 1961, cuando se le consideraba una promesa truncada, conoció Mihaly Igloi, entrenador húngaro que le dedicó todo su tiempo y esfuerzo. A su lado, y pese a que las lesiones se fueron sucediendo sin parar, mejoró su rendimiento sin dejar de ser una mediocridad más en el cocierto del medio fondo mundial. Así, tras ganar pesadamente su billete en los trials de su país, se presentó en los Juegos Olímpicos de Tokio.

Nadie apostaba por él. Era el cero a la izquierda, el relleno, el secundario necesario para que la película se desarrolle. Con muchos apuros consiguió colocarse en la final de los 5.000 metros lisos. De hecho, en la ronda previa, logró la clasificación por tiempos. Vomitó al llegar a la meta. Su imagen demacrada no pasó desapercibida para el horrorizado público del estadio olímpico. Alcanzado lo que él creía su tope, sus rivales en la final se veían inaccesibles para él: el keniata Keino había marcado un crono sensiblemente inferior al suyo; el alemán Norpoth era una máquina engrasada para ganar medallas que nunca mostraba síntomas de debilidad; el neozelandés Baille era una promesa que presagiaba al gran Ron Clarke, y estaba el ruso Dutov y sobre todo el favorito, el francés Jazy, al todos consideraban heredero directo de Zatopek.

La lluvia arreciaba aquella tarde en Tokio. Jazy estaba inquieto, muy nervioso, como si tuviera prisa por coronarse. Los demás tenían miedo, todos menos Shul, él no tenía nada que perder. Comenzada la carrera las escaramuzas se sucedian sin que el francés pudiese plantarle cara a todas ellas. A falta de dos vueltas para el final, Shul se mantenía milagrosamente entre los primeros, pero Jazy parecía dominar la prueba con apuros. Su impaciencia le pudo. Harto de los sucesivos ataque sufridos, tiró con todas sus fuerzas cuando quedaban trecientos metros para la meta. Se vació demasiado pronto. Entonces apareció Schul. Recordó las tardes de verano, siendo niño, en las que corría bajo la lluvia y los relámpagos y su padre le gritaba: “Esquiva los relámpagos, Bob”… Los esquivó y ganó de un modo épico. Mientras todos sus rivales se retorcían de cansanció, él seguía corriendo, consciente de que se trataba de la carrera de su vida.

“Corría sin pensar. Entonces noté que no sentía mis piernas pero podía acelerar. Corrí y corrí… nunca he sido tan feliz”

Era feliz. La expresión de su rostro al cruzar la meta denota su gran felicidad, no tanto por ser campeón olímpico como por haber sentido el segundo aliento. El lunes, por tercera vez en mi vida (curiosamente siempre con lluvia), me ocurrió a mí. Y como él, pude esquivar los relámpagos un día más.

Categorías: Delirios... · Perfiles...

Terry y el Sexo…

Agosto 14, 2009 · 4 comentarios

“Me gusta el sexo. No imagino un mundo sin sexo. Creo que el infierno es un almacén repleto de maniquíes. Miles de mujeres y ningún coño”.

Terry Richardson

Entre los fotógrafos consumados destaca el nombre de Terry Richardson. Odiado y venerado a partes desiguales, Richardson inclina su obra hacia el sexo más descarnado, la imagen sucia y los ambientes decadentes e hipócritas. Todo ello retratado con cámaras compactas, como si Terry despreciara el trabajo técnico de sus colegas de Vogue. Cuestión que no le ha impedido trabajar para las más renombradas revistas de moda de su país. De hecho, no hace demasiado tiempo firmó su último trabajo conocido: el celebérrimo calendario Pirelli edición 2010. Para ello contó con las modelos más reputadas del momento y por supuesto las fotografió en bolas, como es su costumbre…

Su fotografía está inspirada por Andrés Serrano y Helmut Newton. Maestros de la sexualidad decadente en un mundo que se cae a trozos. Sin embargo, para Richardson la realidad no es la misma.

“No emito juicios con mis fotografías. Retrato la vida”

Una vida cada vez más disocial y entregada al hedonísmo. Richardson observa y se fotografía junto a un grupo de outsiders que se aferran a latas de cerveza, y a continuación revela su condición de un modo ausente de todo paternalismo. Para él, uno es lo que desea ser…

El mundo jackass. La cultura predominante, autodestructiva y oscura que él no es quien para censurar.

Como la mayoría de la humanidad, se siente fascinado por el vacío del famoseo. Sus excesos con el alcohol y las drogas, sus juergas de sexo… El malditismo elevado a la figura de la estrella de cine que se sustenta en el vacío a falta de nada a qué aferrarse.

Son sus “víctimas” quienes le confiesan sus miedos: los paparazzi que no dan respiro a Lindsay Lohan; la soledad de la habitación de hotel de Viggo Mortensen; los insultos recurrentes que recibe Amy Winehouse…

Y está el sexo. Kylie Minogue dejó aflorar sus pezones frente a la cámara de Richardson.

Según declaró la cantante australiana…

“Terry es muy sensual. La mayoría de las fotos que hicimos no estaban previstas. Me dejé llevar por su locura”

No hay persona que le conozca que diga lo contrario: Terry Richardson es un tipo raro. Un loco extremadamente sensible y extraño. Un tío empático con las emociones ajenas hasta el punto de llorar, reír o sumarse a una farra improvisada.

El sexo le aturde, le descoloca. No puede comprenderlo. Es capaz de fotografiarse desnudo con frecuencia del mismo modo en que lo hace mientras una modelo le practica una felación. Su libro “Terryworld”, que contiene gran cantidad de fotografías que incluyen sexo explícito, fue censurado y demonizado por cientos de organizaciones moralistas que no entendían que su contenido fuese mostrado en museos. Terry se defendió con la lógica como arma…

“Las personas follan cuando tienen ocasión. Se duchan, se visten, trabajan… El sexo forma parte de la vida y eso no es algo sucio. Docenas de programas de televisión son pornografía y millones de personas los ven cada día”

Entre sus obsesiones se cuenta la feminidad. El sexo de las mujeres como fuente de vida. Es mítica la fotografía de Kate Moss con un sol naciendo de entre sus piernas…

También le fascina el mundo del porno…

Especialmente sus entresijos, del mismo modo que le atrae la homosexualidad y el modo en que ha sabido camuflarse en tiempos más duros para la causa…

Y, cómo no, las eyaculaciones faciales, que él simula con la ayuda de la modelo Josie Maran y la fantasía de medio mundo, Jessica Alba (y su chicle)…

Terry Richardson es la anomalía que muchos quisiera erradicar; el lado tenebroso del universo políticamente correcto; el camino que no se debe emprender. Es el fotógrafo que ha sabido explicar al mundo que partiendo de la nada se puede conseguir todo.

Categorías: Perfiles...

El rojo de mierda…

Julio 3, 2009 · 4 comentarios

Ha mejorado (Obama) algo muy importante que se puso en marcha en la última época de Bush: el paquete de estímulo económico y las medidas para las hipotecas. Con Bush no fueron suficientes ni estuvieron bien definidas. Obama lo ha hecho bien en este sentido, pero su gran fracaso ha sido la estrategia con los bancos, darles dinero que el contribuyente nunca volverá a recuperar. Hay alternativas para hacerlo de otra forma, por eso he sido muy crítico con su decisión de dar miles de millones de dólares a la gente que causó el problema.

Joseph Stiglitz

Stiglitz, premio Nobel de economía en 2001, es muy crítico con la política económica del presidente Obama. Afirma que sólo la inversión pública solucionará la crisis de confianza generada por un sistema financiero mimado por la élites del poder, y que Obama está únicamente centrado en solucionar el problema financiero mediante la intervención en bancos sin prestar atención a la inversión. Stiglitz es partidario de dejar que se pudran los que han sumido al mundo en la incertidumbre, pero es consciente de que el ciudadano medio sería, una vez más, quien pagaría el pato. Por esa razón, aboga por el sentido común y el control del gasto para salir del hoyo, dos conceptos que en las élites finacieras se desconocen.

Admite, Stiglitz, su admiración por países como Alemania o el Reino Unido en materia de empleo. La bajísimas tasas de desempleo obtenidas en ambos países se basan en políticas de solidaridad social impensables en otros lugares. Afirma que la economía española, aun mal gestionada, saldrá adelante mucho antes de los que aseguran los agoreros. Y es que Stiglitz, en el fondo, es un buen tipo que escucha, con sonrisa irónica y sin replicar, cómo un alterado niñato le llama “Rojo de mierda” durante una conferencia en la que critica las draconianas condiciones impuestas por el Banco Mundial y el FMI a la hora de conceder créditos a países pobres. Es el grano en el culo de los fundamentalistas liberales. Es el punto de cordura en el caos.

Categorías: Perfiles...

El tipo que conoció a Tolkien…

Junio 23, 2009 · 8 comentarios

- ¿Qué es lo que más le inquieta cuando ve una película?

- Una puerta abierta.

Siempre fue humillado, vejado, ninguaneado e ignorado por los críticos. Christopher Lee solo alcanzó cierto reconocimiento cuando la senectud había calado en su cuerpo. El único Drácula posible (parido gracias a la Hammer) que se enfrentó al único Van Helsing  posible (Peter Cushing) en un pequeño puñado de películas memorables en las que él nunca jugó un papel estelar para los que le acusaban de hierático y sin poder para transmitir emoción alguna. Así las cosas, su voz cavernosa y su presencia casi fantasmal terminó por desaparecer de escena ante la indiferencia de una mayoría que nunca le echó de menos.

No fue hasta que Tim Burton le repescó en su notable “Sleepy Hollow”, que se recordó al Fu Manchú más creible (pese a no ser chino) que ha dado el cine, al villano Scaramanga de “El Hombre de la Pistola de Oro” y al desgraciado capitán de submarino alemán en la no menos desgraciada “1941″ de Steven Spielberg. Su reaparición, ya con setenta años cumplidos, fue espectacular: La trilogía de “El Señor de los Anillos”, Star Wars II y III, “Charlie y la Fábrica de Chocolate”, “La Novia Cadáver” y pronto “Alicia en el País de las Maravillas” otra vez con Burton. Entre tanto, se le concedió el título de Caballero del Imperio Britanico, noticia que él recibió con su habitual muestra de ironía y escepticismo.

Se dice de él que es un tipo extraño capaz de cantar inenarrables canciones horteras con la mayor dignidad…

… como de recordar el nombre de cada uno de los verdugos ingleses desde el siglo XV hasta que fue abolida la pena de muerte en las islas.

Durante el rodaje de trilogía del anillo a los ordenes de Peter Jackson, un insistente rumor recorrió el set de rodaje. Alguien del equipo había conocido personalmente a Tolkien. Descubrir al afortunado no fue difícil, era el tipo que siempre llevaba en su mano un ejemplar del libro.

Conocí a Tolkien en los pasillos de la universidad de Oxford. Le di la mano y le dije que admiraba su obra. Me agredeció el gesto y se alejó fumando en pipa por el pasillo, eso fue todo. Conté este encuentro tantas veces durante el rodaje de “El Señor de los Anillos” que terminé por inventar ramificaciones y finales alternativos. Al final la historia duraba casi una hora.

Christopher Lee


Categorías: Perfiles...

Malos tiempos para la lírica…

Junio 22, 2009 · 23 comentarios

Podría dejar mi puesto mañana mismo. No estoy interesado en lo que acompaña al poder. No me preocuparía si nunca regresara a Downing Street. Eso no me preocuparía en absoluto. Y probablemente sería bueno para mis hijos.

Gordon Brown – Primer Ministro Britanico.

Harto de sufrir ataques, con frecuencia desde las filas de su partido, Gordon Brown estalló una vez más hace pocos días. Famosos son sus arrebatos al verse sometido a la extrema presión que acarrea su cargo. Aquello que Harry S. Truman definió como: Si no soportas el calor, sal de la cocina. A Brown le cuesta soportar el calor a pesar de haber sido destinado a cocinas desde que era adolescente.

Laborista, de los de la vieja escuela, muy alejado del encanto arribista y las buenas maneras de Tony Blair, Brown se convirtió en el mejor ministro de economía de la historia de su país durante los diez años en que ocupó el cargo. Su ingeniería económica, contestada por muchos, ha dejado las tasas más bajas de desempleo que se recuerdan en el Reino Unido en plena crisis financiera. Él le quita hierro al asunto: Es mi trabajo, aseguró en una entrevista concecida a la BBC. Su carácter adusto le granjea pocas simpatías más allá de un círculo cercano que apenas completa con tres personas: su esposa Sarah y sus dos hijos. Es torpe explicándose. Carece del don de la palabra al contrario de su antecesor, Tony Blair,  encantador de serpientes tan aparente por fuera como hueco por dentro. Su incapacidad para llegar al ciudadano medio le frustra. Se esfuerza más que los demás y es capaz de soportar cada golpe recibido. Y todo para nada, porque no basta que la mujer del César sea honesta, además debe parecerlo, y han sido legión la cantidad de ministros y colaboradores corruptos e hipócritas que le han acompañado en su camino. Hace pocos días leí que un político laborista había reclamado al partido las cinco libras que depositó en el cepillo de una iglesia alegando que se trataba de un gasto electoral. Con ese tipo de personas ha de trabajar Brown. Ahora será más fácil comprender su mal carácter.

Muy celoso de su vida privada, nunca habla de la pérdida de hija pequeña a los pocos días de nacer, al contrario que el líder Tory, David Cameron, que no tuvo reparos en hablar públicamente sobre la muerte de su hijo. Adora a su esposa de modo intenso. Se refugia en ella quien, al contrario que Cherie Blair, nunca habla en público porque esa es labor de mi marido. Del mismo modo, él nunca habla del empleo de su esposa (consultora de márketing) porque no es asunto suyo ni de nadie salvo de ella misma. Los detalles definen a la pareja. No hace mucho, cuando la mediática primera dama francesa acompañó a su marido en una visita al Reino Unido, Sarah se echó hacia atrás para no estorbar en la foto. La Bruni se colocó en el medio…

Poco antes de aquella exhibición de ego, Brown ofreció su propio gesto durante una visita a Camp David.

Ante los continuos gestos amistosos de Bush, él se mostró correcto, pero impasible y lejano. Sus relaciones con el nefasto presidente Bush fueron penosas. La primera medida de Brown al llegar al poder consistió en advertir a los americanos de que retiraría sus tropas de Irak en menos de dos años. Y así lo hizo. Sus medidas económicas pasan por la mejora del nivel de vida de las clases más desfavorecidas, cuestión que genera odios entre los sectores más al centro-derecha de su partido. Ha dado la vuelta al eslógan de éstos: Primero salvemos al sistema financiero y con ello a los obreros por un Primero salvemos a las personas, luego llegará el turno de los bancos.

Y sigue sin saber explicar que cuando levanta los dedos las palabras brotan de ellos en lugar de salir de su garganta. Los hombres honestos no nacieron para dedicarse a la política, ya lo dijeron los filósofos griegos hace 24 siglos.

Categorías: Delirios... · Perfiles...

Cary…

Junio 8, 2009 · 6 comentarios

Es un hombre extraño, muy complejo, de un entusiasmo desbordante, a la vez que tan misterioso e inasequible como el lado oscuro de la luna

David Niven sobre Cary Grant


Categorías: Perfiles...

Vestibles…

Mayo 10, 2009 · 2 comentarios

Me gustaría amar el jazz como lo hace el tipo raro de “Ghost World” (Steve Buscemi), quien solo escucha discos antiguos porque asegura que a partir de los años cincuenta el jazz se convirtió en una impostura. Me gustaría paladearlo como lo hace Emilio, con quien hablé (esas conversaciones sin rumbo no tan frecuentes y siempre en zip zap ) hace pocos días y en las que siempre aparece el jazz. Pero no es así. Mi cultura jazzística es básica y se compone de pocas referencias. Guardo pocos discos de jazz. Todos ellos, salvo un vinilo encubierto, son cds que enlatan el sonido sin ningún matiz. Un anatema para cualquier amante de la música del humo.

Una noche de invierno, siendo adolescente, me fui a la cama una hora antes de lo habitual para escuchar una cinta de Charlie Parker, que acababa de comprar, e imaginar que lo hacía en un club de jazz de Nueva Orleans con un vaso de whisky con hielo en una mano y una chica rubia de la otra . De veras que fue así, pero no resultó bien. Al llegarle el turno a “April in Paris” me di cuenta de que ni cerrando los ojos podía evitar pensar en la escena que realmente se estaba dando: un crío tumbado en una cama de una habitación pequeña con la música demasiado alta.

Charlie Parker era un yonki que tocaba para conseguir llenar la jeringuilla al final del día. Así era, una historia conocida entre los músicos de jazz. Al final de su vida ni siquiera era consciente de lo que tocaba: sus dedos presionaban los botones de su saxo sin que él supiera qué canción estaba sonando. A veces mezclaba dos temas, y hasta tres. A la gente no le importaba, porque sabía que podía la ser la última vez que podrían verle volcado en su saxofón. El día que encontraron su cadáver, el forense dictaminó que se trataba de un hombre negro de 60 años. Tenía 35.

Billie Holliday es otra historia aunque suene igual. Yonki, como el pájaro, sus canciones sonaban de otro modo. De su pasado no se sabe mucho. Se sabe que no tuvo padre conocido y que ejerció la prostitución. Era la puta casi blanca (su piel era muy pálida) en un barrio negro. Todos se la disputaban, especialmente los chulos de navaja fácil. Se cuenta que cada vez que le pasaban la letra de una canción (siempre tristes), ella respondía: “Yo he vivido esta historia”.

Ella Fitzgerald era fantástica. La chica de voz armoniosa. Siempre estable, siempre serena. Louis Armstrong era la clase de tipo que desearías tener siempre cerca. Incluso cuando la muerte le señaló mantuvo el optimismo. Se cuenta que al grabar la canción de “Al Servicio Secreto de su Majestad” (una de las mejores películas de la serie Bond), no tenía fuerzas siquiera para cantar. Cada mañana, durante tres días, le introducían en volandas en los estudios de grabación a la espera de que su voz recobrase alguna vitalidad. El resultado fue la maravillosa “We have all the time in the world”. El tiempo que a él le faltaba.

Armstrong y Fitzgerald supieron jugar sus partidas. Parker y Billie siempre caminaron desnudos.

Y este posteo es para Laura.

Categorías: Música es... · Perfiles...

Y un sombrero negro…

Abril 24, 2009 · Dejar un comentario

Para Emilio, que comparte mi pasión por “La Buena Estrella”.

Se definía a sí mismo del modo en que lo hizo el Doctor Polidori (“hablo siete lenguas y ninguna bien”)… Soñé con convertirme en estrella de rock o en líder revolucionario, fracasando en ambos campos por mi corta estatura, mi voz repugnante y mi imagen francamente doméstica…

Y así era en realidad. Era menudo a pesar de la envergadura extra que le otorgaban los sombreros de fieltro que solía usar. Su voz era aspera y quebradiza, desagradable al oído sino fuera porque escucharle resultaba fascinante. Su aspecto era frágil y triste, como si la añoranza de un destino mejor se hubiese adosado a su espalda al nacer. Todo ello no supuso ningún impedimento para que lograse seducir a una de las mujeres más bellas de todas las épocas: Jean Seberg. Mala combinación, pues al carácter volatil de ella se sumó el apasionado de él. En una ocasión, en París, Jean le esperó en una habitación durante horas, en la penumbra, antes de lanzarse por los pasillos desnuda gritando su nombre. Él, mientras, se desesperaba atrapado en un roñoso tren paralizado por las averías y la miseria.

Amó siempre con intensidad y siempre le salió mal… Desengaños amorosos me llevan a tierras lejanas como África Occidental y a arriesgadas aventuras como cazar ballenas en la isla de Madeira. Naderías comparadas con el oficio de director al que accedió con la ayuda de su tío Jesús, maldito pero superviviente, eso que él siempre supo que no sería. Fue actor y escribió para otros, un modo como otro cualquiera de salir adelante. Dirigió películas que nadie vio (“El Sueño de Tánger”, “El Desastre de Annual”) víctimas de la tiranía de la taquilla cuando no de la censura. Se ganó el pan con encargos para televisión, pero aun en tan hostil medio logro filtrar poesía. La escena final del capítulo que dirigió para la serie “La Mujer de tu Vida” es bellísima. Aquel día nevó en el trópico. Se estrelló al hacer imagen su pasión por la música y el cine negro (Berlín Blues”), se atrevió a filmar la continuación de “El Desencanto”, con resultados más que notables y se autoinmoló al radiografiar su alma para darla a conocer a un público poco interesado en el trueque (“Los Restos del Naufragio”). Salió adelante, pese a las decepciones y a las dentelladas de una crítica que siempre consideró su éxitosa “Pascual Duarte” como la confirmación de que la flauta puede sonar si un asno se halla del otro lado.

También escribió, como lo hizo Polidori. “Los Restos del Naufragio” fue su primer y único libro de poesía… He escrito estos poemas en el breve espacio de diez años y son todos los que he escrito en mi vida. También soy vago como poeta, si es que acaso lo soy. En ellos he tratado de contar partes de mi vida de esos diez años, pero no tal como fueron, sino como me habría gustado que fueran… Así era él, la clase de persona que añadiría dos pingüinos a una historia desarrollada en el desierto sólo por hacerla más interesante. Pero sus fantasiosas historias reales no interesaron a nadie y su libro se cargó de polvo en alguna biblioteca de Argel.

Siempre convaleciente, su débil corazón pareció absorber cada una de las frustraciones que siempre cargó a sus espaldas, pues su virulencia tan sólo se expresaba a través de su pluma. Odiaba al Brando hombre y adoraba al Hitchcock director. No perdonaba la crueldad que esgrimía el americano en su vida privada pero adoraba la exposición de ella que revelaba el inglés en la ficción. Contradictorio, sí. Otra de sus facetas que él asumió como defecto.

Mil veces enterrado en vida, en 1997 Pedro Costa le propuso la dirección de una historia que él se veía incapaz de desarrollar. Se trataba de la peripecia real que unió a un tipo castrado (el manso), una prostituta apaleada (la tuerta) y a un quinqui drogadicto sin pasado ni futuro (el bonito de cara). Cuando se hizo público que sería él quien rodase finalmente la película, nadie apostó por ella. Se dice que durante el rodaje todos fueron conscientes de que ocurría algo extraordinario, esa sensación extraña que proporciona el estado de gracia cuando se posa en un lugar. Cuando se estrenó, la vi en un pequeño cine de las afueras. Era miércoles, día del espectador, y fuera llovía. Ya cerca del final miré hacia atrás durante la proyeccón (cosa que, como a Amélie, me encanta) y pude ver una sala repleta de lagrimas brillantes como perlas reflejando la luz de la pantalla.

Conseguido su objetivo de hacer algo bien (él siempre se menospreció sin recato, incluso públicamente), sin ser consciente de que nunca hizo nada mal, le llegó el turno de recordar a Jean. No hubo tiempo, la puta suerte otra vez. Murió joven, durante el rodaje de “Lágrimas Negras”, retrato esquizofrénico sobre la locura, el amor y la fatalidad que sin él ya no fue igual.

Dejó una hija, aún niña, a la que él adoraba; un montoncito de películas que casi nadie conoce; un libro de poemas que pocos han leído y un montón de historias que le encantaba contar siempre a media voz para que disfrutaran unos pocos.

No sé si volveré a escribir, pero si lo hago pienso hacerlo desde Kingston, Jamaica. Dada mi irresponsabilidad, me temo que no llegaré a viejo, y bien que lo siento.

Ricardo Franco



Categorías: Perfiles... · Reestreno...

Duvivier y la rendención de lo fantástico…

Abril 12, 2009 · Dejar un comentario

Carlos Pumares contó en una ocasión el motivo por el que Luis Buñuel no hizo carrera en Hollywood. La Metro se interesó por él tras el intenso alboroto que provocaron “Un Perro Andaluz” y “La Edad de Oro”. Firmado el contrato, le proporcionaron billetes y una modesta casa en Beverly Hills para vivir.

Pasaban los meses y nadie le ofrecía proyectos. El ocioso Buñuel se aburría y deambulaba por los pantagruélicos estudios del gigante durante sus interminables días. En una ocasión, se adentró en el set de rodaje en el que Greta Garbo rodaba el que sería su próximo éxito. Se sentó, muy al fondo, por no moletar demasiado y observó. Al cabo de un rato, la diva sueca preguntó quién era aquel tipo con pinta de bruto que la observaba sentado junto a la puerta.

“Que lo echen”, dijo.

Y le echaron. Aquello fue demasiado para el fuerte caracter del genio aragonés. Al día siguiente hizo las maletas y regreso a Europa.

No fue el final de su aventura americana. Volvió e incluso dirigió una más que interesante e invisible película (“La Joven”) en la tierra del tío Sam. Pero sus pasos se encaminaron (afortunadamente) hacia el sur de la frontera. En México labró gran parte de su memorable obra.

El caso del francés Julien Duvivier se asemeja en parte al de Buñuel. Tras el rotundo éxito de “Carnet de Baile”, película segmentada en episodios, Hollywood posó su mirada sobre él. Primero adaptaron una de sus películas, y dada la buena aceptación que obtuvo, le reclamaron.

En 1938 dirigó “El Gran Vals”, biopic alterado de Johan Strauss que se estrelló en taquilla. Decepcionado, regresó a su país hasta que la Segunda Guerra Mundial y el martillo nazi le obligó a buscar refugio en Tinseltown de nuevo. Corría el año 1942.

De las cinco películas que dirigió hasta el fin de la guerra, destaca “Al Margen de la Vida”. El decepcionado Duvivier, aceptó dirigir varias películas segmentadas como le reclamaban los productores yankees. Tres episodios independientes conforman la película y es uno de ellos, el primero, el que ilusionó al director francés. En él se cuenta la historia de un tipo que llega a un tienda de disfraces un viernes de carnaval. Ofrece una máscara a su propietaria, mujer amargada y físicamente poco agraciada. Ella le trata con desdén y lejanía. Cuando se marche, presa de la curiosidad, se pondrá la máscara y saldrá, por primera vez en mucho tiempo, en busca de la noche. Amparada por el anonimato, conocerá a un tipo gentil con que vivirá una noche inolvidable. Al terminar, él le pedirá que retire la máscara que cubre su rostro y ella, resignada a perderle, lo hará.

La fábula de la Bella y la Bestia sin bella y sin bestia. Él la ve, más allá de artificios y ella le ve a él. Precioso cuento gótico. Y aunque el mejor episodio (para la gran mayoría) sea el segundo (basado en un relato de Oscar Wilde), Duvivier, el encasillado, el desencantado, se redimió.

Categorías: One from the heart... · Perfiles...