Pensé toda aquella noche que Isidoro debería crear el reloj que siempre marca la misma hora pero funciona. Al mecanismo habitual se le añadiría uno contrario que impediría que las agujas se moviesen para restarnos tiempo…
El testigo accidental llega a un paraje abigarrado tras atravesar un desierto de salas desnudas. Allí, un hombrecillo de tupida barba blanca escucha, entre atolondrado y aburrido, cómo una snob califica su trabajo…
Es usted un genio. Esta obra en concreto me emocionó en grado sumo
Sin comas. Sin pausas.
La despide con dos besos y una mirada de cierto alivio. Pasan los minutos y ella (mi ella, otra ella), tomándome suavemente de la cintura, me cuenta una historia más sobre el origen de lo que estoy viendo: Hay un museo creado para derrumbarse a los pocos días de ser terminado; hay un entramado de farolas destinadas a alumbrar la nada; el trazado de una autopista mediterranea con cascos de barco en construcción en los borde de la carretera; una chuleta inútil; cartas, alguna vez enviadas, que nunca fueron abiertas; fichas de pensamientos y anhelos enterrados, desenterrados y vueltos a enterrar; prisiones sociales que comparten espacio con viviendas; estadios deportivos con fosos y puentes levadizos que reciben la sombra de árboles…
Entro escéptico y acabo fascinado.
El hombrecillo se sienta y espera que alguien le consulte.
Testigo accidental: Hola
Isidoro (levantándose, cortésmente, de la silla): Hola
Testigo accidental: Debo decirle que no sé nada de arte conceptual
Isidoro: Yo tampoco
Otro snob interrumpe nuestra charla a los pocos minutos de iniciarse. Le pregunta por una torre construida en Japón que él contribuyó a levantar, e Isidoro responde que no tiene ni idea de a qué se refiere. Dos minutos después, ya libre, nos interrumpe para señalarnos un mapamundi cuadrado de proporciones adecuadas.
Isidoro: Es mi obra favorita
Les presento y ocurre el prodigio. La química entre ellos es fabulosa. Ella cita parte de su obra ausente y entonces deja de importar que sea tan bonita porque los ojos de Isidoro centellean: alguien comprende de un modo sincero y entregado su obra. Me alejo para ser testigo de cómo se polinizan las mentes entre sí, pero ella me atrae hacia sí para que él nos cuente su obra y alguna intimidad y vuelva a reír.
Isidoro Valcárcel Medina no es arquitecto pese a las docenas de obsesivos planos de edificios imposibles que empapelaban las paredes de aquella sala. Isidoro ni siquiera tiene estudios superiores. Construye sus historias con los ojos oblicuos para cubrir el mundo con los destellos que brotan de sus ojos cuando le cuenta a alquien que entregó una carta nunca enviada en mano a Jean Paul Belmondo, y que éste le tomó por un pirado. Trata de arrojar luz dorada sobre la negritud al demostrar que el hombre puede seguir vivo pese a no creer en nada siempre que no se pierda la curiosidad por comprender el mecanismo de las cosas. El hombre (el mujeriego ya anciano) que se atusa el pelo cuando interactúa con libélulas entalladas que admiran su obra y su pensamiento. El que espera a ser presentado antes de mirarla a la cara. El hombre que reniega de los folletos explicativos mientras espera sentado en una incómoda silla en silencio que alguien le consulte sobre cualquier cosa porque: para eso estoy aquí.

























