Ayer por la noche volví a ver a Jaime Bayly tratando de demostrar que su pose a lo Wilde le convierte en un tipo encantador incluso cuando ironiza sobre su precoz impotencia y de cómo los fármacos (Cialis, Viagra…) le hacen efecto en los momentos más inapropiados, como el programa de radio de Fede Jiménez Losantos: “Se me puso dura de repente”, dijo, y aquella revelación me hizo recordar un diálogo memorable de “Una Cana al Aire” de Blake Edwards en el que John Ritter se lo monta con una fornida culturista: “Se me puso dura del miedo”…
Pues bien, ayer noche me di cuenta de que me estoy convirtiendo en el Peter Whitman de “Viaje a Darjeerling”. Habré dormido (es un decir) en una cama en menos de diez ocasiones desde abril. Esto me provoca contracturas de todo tipo que convierten mi espalda en el perfecto campo de pruebas de un fisioterapeuta. Y si no fuese suficiente con la torticolis que me impide mirar hacia la izquierda sin mover el tronco, me fijé en que conservo en mi muñeca el reloj que le regalé a mi padre y que tanto le gustaba… y yo ni siquiera uso reloj. Y que la medalla que regalamos a mi madre mis hermanos y yo, cuelga de mi cuello desde hace meses. Lo de dormir en el sofá también tiene su historia, pero es larga de contar. Y es que hace unas semanas un conocido muy querido me preguntó dónde dormía. Cuando le contesté que en un sofá, me dijo: “No sabes lo que te pierdes”.
Todo este arabesco absurdo me lleva a la escena final de “Frankie y Johnny”…

Es domingo por la mañana y suena el “Claro de Luna” de Debussy. Y entre tan acaramelado escenario, Frankie (Michelle Pfeiffer) retiene en la cama a Johnny (Al Pacino): “Sólo cinco minutos más”…
Habría que enviar al cadalso a los publicistas que pretendieron vender la película de Garry Marshall como un nuevo “Pretty Woman”. La historia de como un ex presidiario que trata de recomponer su vida conoce a una tímida camarera llamada Frankie, desencantada de la gente y de los hombres en particular, es mucho más que la cursi historia de la cenicienta prostituta. Hay mucho desencanto en la relación que les une y mucha amargura en la arisca Frankie. Su pasado le ha cubierto de cicatrices exteriores e interiores, las que más duelen. Con paciencia, Johnny las curará una a una.
Son muchas las escenas remarcables de esta menospreciada película. El primer encuentro sexual de Johnny tras salir de cárcel; la primera vez que cruzan sus miradas; las dudas de Frankie antes de la primera cita entre ambos. Pero para mí la más intensa es aquella en la que Johnny le pide a Frankie que le muestre su cuerpo…




Era el único modo que tenía Johnny de hacer saber a Frankie lo hermosa que era. Y seguramente sea una de las escenas cumbre de los años noventa, aunque pocos la hayan prestado atención.
Todo acabará con ambos en una cama bajo los rayos del sol de un domingo. La cámara se eleva, les concede intimidad, y de paso nos permite sentir la calma de las diez de la mañana. Justo cinco minutos antes de que se rompa el hechizo.