Leo uno de esos reportajes tramados por la industria para acercar las estrellas a la plebe: ¿con qué lloran las estrellas? En realidad, pienso, que para hacerles pasar por seres carnales bastaría con ver algunas de sus actuaciones. Nadie es perfecto, aunque en ocasiones lleve décadas caer en la cuenta. Éste es el posteo número 800 de este antro. No soy de señalar este tipo de bobadas, que en realidad nada significan, pero el que los tipos de wordpress me lo hayan echo saber nada sutilmente me ha sumido en un imprevisto periódo de reflexión. Me da miedo mirar hacia atrás en el almanaque para descubrir lo que fui y que no me guste lo que veo. Uno nunca tuvo la autoestima lo suficientemente desarrollada como para someterse a determinados tragos. Pero la memoria, de algún modo, siempre llega hasta la superficie.
Desde aquel lejano 2005 en que abrí mi primer blog la suma llega hasta tres. Tres bitácoras, cada una con su historia a cuestas. Dos de ellas abandonadas, pero en pie, como yo mismo estoy. Mi vida está íntimamente relacionada a la fragua de letras de mentira que cristalizaron en abrazos reales. Siempre con la máxima de no estorbarle a nadie. Siempre buscando lo que resulta esquivo.
Aquel lluvioso día de septiembre de 2005 ha terminado por desembocar en un día gris de 2012. La pequeña habitación suburbia se ha transformado en un salón pamplonés. El poster de constelaciones, que por entonces alumbraba mis eternas noches insomnes, en un cuadro que muestra a una niñamujer sentada en una casa minúscula mientras sostiene con una mano los hilos que hacen viajar a su imaginación mediante una bandada de pájaros. Mis dedos, los que teclean, son los mismos aunque ya no sangren.
Dice Javier Bardem que toda su enorme humanidad se viene abajo cuando le ponen frente a una pantalla en la que se proyecta “Bambi”. Carey Mulligan se deshace con “El Inolvidable Simon Birch” y Albert Brooks lo hace con “¡Qué Bello es Vivir!”. Lloré con las tres. De hecho, confieso que con una de ellas se siguen humedeciendo mis ojos. Nadie habla de “El Bazar de las Sorpresas” ni de la escena en la que la baronesa Blixen se pone de rodillas ante los envarados miembros de un club solo para hombres en “Memorias de África”. Nadie habla, por supuesto, de los créditos finales de “Zorori” que hace años berreaba a dúo junto a mi sobrino antes de que llegase la tempestad. Acabo de escuchar la estrofa que dice: “y los días pasarán… y si tú no estás, yo te recordaré”, y he podido comprobar que su efecto sobre mis vías lacrimales sigue intacto. Supongo que todos tenemos una tecla que no debe pulsarse.
Ice, Mycroft, Sr. Harris, Sr. Horror, Sr. Yume, Desconvencida, Mary Kate, Lucinda, Emilio, Marnie, Carles, Penélope, Alicia Liddell, Laura, Angéline, Troyana, dsd, Le Poinçonneur y Princesa de Hojalata. Unos están y otros se fueron. Algunos faltan, porque las cosas son así y el dolor te recuerda que sigue acampado cerca de ti. Yo, que habito un faro intangible, trataré de estar siempre, aunque puede que no siempre lo consiga. Algunos son amigos de verdad, otros lo serán (ojalá) y dos de ellos son poco menos que hermanos. Y hay una prestadora de sombras que me cedió la suya cuando extravié la mía y con quien siempre estaré en deuda. Y la chica con el pelo húmedo a quien siempre recuerdo cuando estoy bajo la lluvia. Y una madrina inesperada que cambió mi vida sin saberlo. Y está ella, que todo lo abarca. Sí, todos ellos tienen nombres bajo la tinta que siempre recordaré. Gracias por acompañar mi viaje.

