Dead Porn Stars…

Continúo con el repaso más limpio que el cine sucio recibió jamás.

Una de las líneas de búsqueda más frecuentes en Google es “Dead Porn Stars”. El viejo mito de Eros y Tánatos. Sea como fuere, la muerte y el sexo siempre estuvieron unidos. Más allá de los concursos de poesía en los que nunca faltan relamidas referencias al orgasmo (como me gusta el recurrido: “Morí dentro de ti”) y del morbo puro y (nunca mejor dicho) duro, son los suicidas los que se llevan la palma a la hora de ser reverenciados por una masa no siempre compuesta por aficionados al mundo del cine azul.

Uno de los casos más conocidos es el de Shannon Wilsey, más conocida por su nombre de guerra, Savannah.

Groupie vocacional, la lista de rockeros que la conoció carnalmente podría cubrir cuadernos completos. Vince Neil, Billy Idol, Axl Rose, Marky Mark (Mark Wahlberg) y David Lee Roth, entre otros muchos, la usaron a tiempo parcial. Pero fue Slash, guitarrista de Gun ‘n Roses, quien la hizo creer que para él era algo más que una simple diversión. Cuando, como era de esperar, Slash se cansó de masturbarse con el cuerpo de la rubia californiana, Shannon cayó un una espiral autodestructiva (problemas financieros, drogas y un extraño accidente de coche que marcó su perfecto rostro) que concluyó la madrugada del 11 de julio de 1994 con una semi-automática apuntando a su sien. Murió nueve horas más tarde en un hospital angelino.

El mismo método fue el elegido por Randy Layne Potes, alias Cal Jammer, actor porno muy activo a principios de los noventa.

En su caso, fue su caracter depresivo el que le empujó a dar el paso fatal. Bud Lee, quien le dirigió en varias ocasiones, puso el epitafio a tan corta y desgraciada vida: “Era un hombre extraño. Apenas se relacionaba con nadie. En una ocasión, durante un rodaje, cortó una escena para ir al baño. Media hora después, preocupados porque no regresaba, fuimos a buscarle pensando que se estaría colocando. No fue así. Le encontramos tirado en el suelo, llorando”.

Se voló la cabeza en la casa de su ex-esposa, Adrianne Moore, también actriz porno, que, tras la muerte de su marido (y por ahogar penas, supongo), terminó por convertirse en una de las grandes estrellas de la década bajo el nombre de Jill Kelly.

Con un carácter similar al de Randy, Elena Behm trató de contrarrestarlo con dosis de inocente  locura. Por ello, cuando su agente le preguntó por qué nombre le gustaría ser conocida en el mundillo azul, ella lo consideró un juego y eligió el que tantas veces había escuchado siendo niña: Anastasia (Blue).

Y realmente parecía una pequeña princesa de rubia y menuda belleza aniñada. Siempre se sintió atraída por los extraviados como ella. Sin embargo, cada una de sus desastrosas relaciones las mantuvo con caraduras que la utilizaron sin recato. El detonante llegó cuando conoció a Scotty Schwartz, el niño prodigo que llegó a compartir cabeza de cartel con Richard Pryor (“Su Juguete Favorito”) antes de caer en desgracia al cambiarle la voz.

Con Schwartz, vivió un dramática relación basada en el desprecio y los malos tratos que él siempre le dispensó. De hecho, al romper su relación, ella le definió como piece of shit. Desencantada por su traumática experiencia, Elena abandonó Los Angeles rumbo a una nueva vida en el estado de Washington.

Pero allí tampoco fue feliz. El 19 de julio de 2008 los viejos fantasmas aparecieron de nuevo. Y esta vez, Elena tenía una caja de Tylenol demasiado cerca.

Todo el mundo quería trabajar con Missy. Se decía que sus  performances eran salvajes. Que se entregaba en cada arqueo de su cuerpo y movimiento de su boca. Aquella antigua enfermera era la sensación del cine azul de mediados de los noventa.

Nació en Burbank (California) de nombre Maria Christina. Ya de adolescente mantuvo una relación desenfadada y demitificadora con el sexo, lo que le valió ser apodada como “la zorra del instituto”, cosa a ella siempre le divirtió.

“Los hombres son tan inseguros. Piensan de que lo único que nos atrae de ellos son unos musculos marcados y una actitud fuerte, cuando es todo lo contrario.”

Aún muy joven, se casó con Mickey G., quien la introdujo en el mundillo a través de una serie de cintas caseras que impresionaron a los jerifaltes de la industria hard. Sin embargo, en el año 2001 todo cambio. Su habitual sonrisa chispeante se enroscó. Un mes de abril, anunció su retiro a causa de “un bloqueo mental” para arrojarse en manos de grupos cristianos ortodoxos que le exigieron no volver a tener sexo con nadie jamás.

El 29 de septiembre de 2008 dejó de respirar. Los miembros de la congregación a la que pertenecía, se esforzaron en hacer saber que aquello había sido un desgraciado accidente. Sin embargo, su hermano dejó entrever, en su página de MySpace,  que se había quitado la vida voluntariamente. Qué triste final para tanto brillo.

Un método similar para decir adiós fue el elegido por Marilyn Chambers hace pocos días. Probablemente, la mayor estrella surgida del mundo azul.

Hija de un ejecutivo publicitario de Providence, Marilyn Briggs (su nombre real) siempre se sintió atraida por el mundo de las lentejuelas. Su ansia por ser modelo se encontró con la oposición de sus padres durante su adolescencia. Por ello, cumplidos los 18 años se marchó a California en busca de la contracultura y la psicodelia que por entonces se imponía.

Sus primeros años en San Francisco transcurrieron entre el humo de la marihuana que fumaba junto a su novio y las noches como camarera en un bar topless. Aquel trabajo basura le permitió subsistir hasta que en 1970 consiguió un pequeño papel en “La Gatita y el Búho”, de Herbert Ross. Un pequeño éxito que sirvió para espolearla hasta que, cansada de optar a papeles que siempre interpretaban otras, aceptó participar en una de aquellas cintas de educación sexual tan habituales en los años setenta.

Trabajó como modelo y llegó a ser relativamente popular gracias al anuncio del jabón Ivory Snow. Trabajos que le permitieron sobrevivir hasta que un día se decidió a  contestar un anuncio de prensa que solicitaba aspirantes para un papel en una película que se titularía “Tras la puerta verde”. Sus directores, los hermanos Mitchell, fascinados por el candor de la Chambers, le ofrecieron el papel protagonista que ella rechazó en un primer momento. La última oferta de los hermanos (2.500 dólares y un porcentaje de la hipotética taquilla) tampoco la convenció hasta que Jim Mitchell le dijo que aquella película haría historia con o sin ella. Entonces aceptó con la condición de poder elegir a sus compañeros de rodaje.

El pasado 12 de abril, su hija McKenna encontró su cuerpo sin vida en la casa prefabricada en la que vivía. No dejó nota de despedida. Tal vez, su mejor epitafio sea aquello que dijo en una ocasión:

“Todo el mundo se desnuda y hace el amor en su vida diaria. No veo el motivo por el que debería sentirme avergonzada”

La única presencia europea en este monográfico es ella…

Se trata de la francesa, Karen Bach (Karen Lancaume); eXpectacular chica morena que protagonizó “Base Moi”, uno de esos habituales “escándalos” coyunturales que brinda el cine comercial.

A principios de 2005 visitó a unos amigos parisinos. Apareció muerta la mañana siguiente, víctima de una sobredosis al parecer intencionada. A falta de un regalo con que agasajar a sus anfitriones, les dejó una nota de despedida en la que garabateó un simple: “Trop pénible”…

Demasiado doloroso, sí. Nadie dijo que fuera fácil.

Megan Leigh, preciosa y rubia actriz muy popular en los años ochenta, fue más críptica a la hora de decir adiós.

Eternamente atormentada por la desaprovación materna a su estilo de vida, gastó todo el dinero conseguido durante sus años como actriz porno en la compra de una suntuosa casa valorada en medio millón de dólares. Una vez hubo terminado todos los trámites, a principios de junio de 1990, envió las llaves a su madre y compró una Beretta de segunda mano con el dinero restante. Su cuerpo fue encontrado pocos días más tarde, el 16 de junio, junto a una nota de despedida en la que, además de pedir perdón a su madre una y otra vez, divagaba acerca de irresolubles problemas personales y sentimentales.

Según parece, su madre no rechazó el presente.

Y si el mundo está lleno de hipócritas, también lo está de insatisfechos.

Chester Anuszak, más conocido como Jon Dough, nunca pareció tener bastante. En una entrevista, incluida en una de sus primeras películas, se adelantó en el tiempo al Lester Burnham de “American Beauty”: “Cuando era un adolescente fantaseaba con hacermelo con las chicas que aparecian en las películas porno que escondía mi padre. Pero ahora sé que todo eso no era más que una mentira. Disfrutaba más entonces, masturbandome, que ahora, follando con una chica distinta cada día. Para mí, el mejor momento del día es cuando vuelvo a casa abro una cerveza y veo deportes por televisión”. La fantasía de Al Bundy hecha realidad. Si bien, esa supuesta apatía con relación al sexo no le impidió cubrir una longeva carrera de más de veinte años.

Finalmente, sus problemas con las drogas terminaron por ganarle la batalla. Una sobredosis se lo llevó la noche del 27 de agosto de 2006. Fue metódico en su hora final; dejó dos cartas: una para su esposa y otra para su hija de cuatro años, que no podrá abrir hasta haber cumplido la mayoría de edad.

Alex Jordan, pizpireta actriz de principios de los noventa, era conocida por su carácter alegre y desenfadado. Por ello, por inesperada, su muerte conmocionó a la familia azul un 2 de julio de 2005.

Amaneció ahorcada en un armario de su casa californiana. No se encontraron notas de despedida ni se hallaron indicios de las motivaciones que la llevaron a su personal cadalso. Por esa razón, se especuló con un posible asesinato que nunca pudo demostrarse.

El mismo halo de misterio envolvió la extraña muerte de Megan Serbian, rebautizada para el universo hardcore como Naughtia Childs.

El siete de enero de 2002, Serbian practicó el vuelo libre lanzandose desde el cuarto piso de un edificio de apartamentos de L.A. Oficialmente, se atribuyó su acción al LSD que la actriz consumía en aquel instante junto a unos amigos. Sin embargo, la investigación policial determinó que el punto de caida del cuerpo no se correspondía con el impulso que supuestamente debió tomar para efectuar su salto final. Ante la falta de pruebas el caso se cerró, pese a los esfuerzos de un detective del LAPD que siguió investigando por su cuenta, apiadado por las ansias de justicia de los padres de Megan.

Lo cierto, a día de hoy, es que los tipos que la acompañaban en el día fatídico, todos ellos relacionados con el mundo del rap angelino (mundo en el que ella estaba involucrada como productora y ocasional cantante), quedaron en libertad sin cargos.

Pero fue la muerte de Colleen Applegate la que marcó para siempre a la industria azul.

Hay una escena en “Tierra Prometida”, descorazonadora película sobre sueños rotos dirigida por el otrora prometedor Michael Hoffman, en la que un débil Kiefer Sutherland vuelve a su pueblo natal convertido en camello de baratillo. Se fue de aquel perdido agujero del interior de los States como un recién licenciado repleto de ilusiones, y regresó del brazo de una prostituta deslenguada (Meg Ryan). La escena en cuestión ocurre la noche antes de llegar al pueblo. Ryan se encierra en el baño durante horas, provocando la intranquilidad de Sutherland. Al salir, ha recortado su pelo y eliminado el tinte que lo cubría. Al día siguiente, dejará su top demasiado escotado y su minifalda de cuero en el armario para comprar lo que ella define como un traje decente con el que presentarse ante sus suegros.

La misma escena debió ocurrir la noche previa al día de Acción de Gracias de 1983, cuando Colleen Applegate, ahora convertida en Shauna Grant, regresó a su conservador pueblo natal del brazo de su novio, Bobby Hollander, productor pornográfico que la superaba veinte años en edad. Eliminó el carmín de su rostro, además de cualquier otro rastro de maquillaje, se vistió como si fuese a asistir a una ceremonia religiosa e insistió a su novio de que hiciera lo propio. De poco sirvió, pues su familia la recibió con la frialdad propia del desterrado.

Para más inri, durante su visita sus fotos porno fueron exhibidas ante su puerta por los garrulos locales, provocando una situación insostenible que degeneró en una visita abortada a las pocas horas de ser iniciada.

Colleen Marie Applegate nació en Bellflower (California) en el seno de una conservadora y católica familia de clase media. Poco tiempo después, sus padres se mudaron a Farmington (Minnesota), lugar en el que creció como modélica estudiante y cheerleader del equipo de football del instituto local. Desde su adolescencia, su eterea belleza no pasó desapercibida, como tampoco lo hicieron sus constantes problemas emocionales (protagonizó un intento de suicidio a los quince años). Su estancia en el pequeño pueblo del medio-oeste no se alargaría por mucho tiempo; pocos días después de lograr su mayoría de edad, se fugó con su novio en busca de una nueva vida en Los Angeles.

Una vez en California, los problemas para conseguir empleo llevaron a Colleen a posar para revistas masculinas. Primer paso que la llevaría a sumergirse de lleno en el emergente mundo del porno de principios de los ochenta.

Convertida en estrella en tiempo record merced a su deslumbrante físico, su popularidad creció hasta el punto de compartir estrado con Francis Ford Coppola (oh, viejo sátiro) en la entrega de los premios del cine para adultos de 1983. Por entonces, la embriagadora corriente que la envolvía era demasiado intensa para su frágil equilibrio emocional, lo que terminó por dirigir sus pasos hacia la cocaina, de la cual, se dice, consumía tremebundas cantidades diarias. Solía presentarse en los rodajes colocada, siempre acompañada de un pequeño frasco color rosa repleto de polvo blanco. Tal fue la magnitud de su adicción que sus compañeros de trabajo la apodaron “Applecoke”.

A sus perennes problemas de conciencia, derivados de su fe católica y la mala relación con su familia, se sumó, poco más tarde, una destructiva relación con el actor Jamie Gillis, basada en juegos sadomasoquistas y mentales que terminaron por desequilibrar su siempre inestable mente.

En diciembre de 1983, un año después de su llegada al universo azul, Shauna Grant anunciaba su retiro, asqueada, según sus propias palabras, con el mundo del porno. Sin embargo, su caracter autodestructivo y su complejo de Electra siguieron funcionando. Inició una relación con Jake Ehrlich, camello de poca monta, veinticuatro años mayor que ella. Su degradación, tanto física como mental, se aceleró culminando la madrugada del 21 de marzo de 1984. Una carabina del calibre 22 hizo el resto. Sólo unos días antes, sus padres habían respondido a su llamada de auxilio ofreciéndole costearle un tratamiento de desintoxicación, además de unos estudios universitarios que nunca llegó a cursar.

Fue enterrada en la iglesia católica de St. Michael, en la ciudad que la vio crecer, Farmington. Ningún miembro del mundo del porno asistió a su funeral.

Su muerte provocó una demonización inmediata del submundo del hardcore. La administración Reagan endureció su acoso, provocando el cierre de muchas productoras. La opinión pública se indigno ante el relato (adulterado) de su triste vida en varios documentales y en una película para la televisión (“Shattered Inocence”) que explotaron su figura tanto o más de lo que lo hizo el mundo del porno.

En una de las múltiples páginas web dedicadas a su memoria, se afirma que la última frase escrita en su diario personal fue “Sólo quería que alguien me quisiera…”. Sea o no real dicha frase, Colleen consiguió su objetivo de modo indirecto, pues se cuentan por cientos de miles los pornográfos, mitómanos y pajilleros varios que se declaran platónicamente enamorados de ella ahora que no está.

Y lo cierto es que raro es el día en que la sobria lápida que decora su tumba amanezca sin una flor recien cortada postrada en su regazo.

El posteo me ha quedado largo de narices. Mis disculpas.

8 pensamientos en “Dead Porn Stars…

  1. Un clásico, tu posteo.
    El mundo del boxeo y el del porno son dos asuntos que permiten excesos semánticos. Semen. Sangre. Sudor. Dos cuerpos que se entrelazan y se entregan. Tal vez sea la misma cosa. En todo caso, una delicia de texto, my friend. Good old times never die.

    Me han dado ganas de rever (años ha fue) Behind the green door…. La busco antes de que la Sinde de fin al rapidshare y a todos sus primos…

  2. Un clásico, tu posteo.
    El mundo del boxeo y el del porno son dos asuntos que permiten excesos semánticos. Semen. Sangre. Sudor. Dos cuerpos que se entrelazan y se entregan. Tal vez sea la misma cosa. En todo caso, una delicia de texto, my friend. Good old times never die.

    Me han dado ganas de rever (años ha fue) Behind the green door…. La busco antes de que la Sinde de fin al rapidshare y a todos sus primos…

  3. y seguiran ocurriendo este tipo de muertes , ya que este ambiente del porno da para eso, el entorno de la pornografia esta ligado a las drogas , el abuso hacia las mujeres, solo el dinero ganado es lo importante aqui… que pena ya que aunque son mujeres y hombres con sus distintos problemas, buscan mas en este horrible trabajo..a la larga

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s